La perversión de la democracia
Definamos la democracia: sistema basado en la
libre competencia entre distintas facciones políticas cuyos miembros
son elegidos como representantes de los ciudadanos por estos mismos de modo
individual.
La
clave de este sistema no es el principio de “un
hombre, un voto”, como pudiera parecer, principio que otros sistemas
totalitarios también tienen, sino la
existencia de partidos que representan ideologías o visiones globales
de la sociedad, supuestamente ya presentes en ella.
La falsedad de esta afirmación está en la última parte de la frase. Porque las ideologías y los intelectuales que las elaboran no están presentes en la sociedad ni son sustentadas por sectores de la población de antemano, sino que son interpretaciones complejas e interesadas, supuestamente coherentes, inculcadas en la sociedad (sobrevivientes en sus contradicciones y defectos) por esos grupos minoritarios y elitistas.
Al ser puestas en circulación crean situaciones nuevas y son adoptadas por sectores diversos en sus aspiraciones y luchas. De hecho los intelectuales han sido definidos como los suministradores de legitimidad a grupos sociales. Lo que hoy parece descartada es la identificación estricta entre poder económico y poder político, una teoría básica de la izquierda y del marxismo.
Evidentemente,
la clave hoy del sistema democrático no es el votante, es la estructura
partidista. Con la legitimidad que le da la representación del ciudadano,
el partido puede realizar la demagogia que quiera manejando el poder de amplificación
que le dan los modernos medios de comunicación; puede acordar la alianza
que desee sin aparentar contradecirse; puede manipular el lenguaje y obscurecerlo
a voluntad; puede justificar intereses oligárquicos o partidistas con
recursos ideológicos; puede incluso reformar o torcer su ideología
cuanto desee.
El partido no tiene obligación alguna porque los sistemas políticos actuales (democracia, oligárquico, comunista, totalitario) le otorgan la primacía absoluta del área política, de la interpretación de las posibilidades del sistema, que en lo social está representado por el Estado y en lo económico por las empresas.
Últimamente,
la desvirtuación más llamativa de la democracia han sido los
Nuevos Movimientos Sociales (NMS): ecologistas, etnistas,
feminismo posibilista, antirracismo, multiculturalismo, presencia social homosexual,
movimientos religiosos, antiglobalización, antimultinacionales, antialgo,
antitodo, y, sobre todo, nacionalistas separatistas, en una amalgama
arribista y a menudo contradictoria.
Estos grupos exigen representación y reconocimiento de su identidad al margen de los sujetos políticos (partidos , individuos o clases sociales), lo cual es una extensión ilegítima de la representación política y la convierte en una democracia corporativa.
En efecto, el corporativismo es una forma de acuerdo institucional entre los intereses de grupos organizados en asociaciones en el seno de la sociedad civil y las estructuras de decisión del Estado.
Cuando el corporativismo se instala como forma política en el seno del Estado acontece la muerte de cualquier resquicio de forma democrática (y no digamos esencia) en él. Aunque al funcionar la maquinaria ideológica de legitimación del régimen y sus actores (que la actitud arribista del PSOE ha puesto en peligro constantemente en el último cuarto de siglo y antes, durante la II República), no pone en peligro el discurso y las apariencias, hoy reverdecido por la nueva inquisición de lo “políticamente correcto” (pc) generada por los NMS.
El absoluto control del proceso mediático, la apelación puramente retórica a vagos conceptos democráticos o sociales, y la corporativización añadida que suponen los privilegios otorgados a los NMS como contrapeso a la decadencia real de las ideologías del siglo XIX (socialismo, conservadurismo, comunismo, fascismo), suponen una descomposición del sistema político liberal surgido hace dos siglos.
En este contexto se encuadra también la actividad de los sindicatos o de las asociaciones cívicas (vecinales, comerciantes...) que prosperan con una sumisión difusa a la ideología dominante “pc” y una inserción regulada en los procesos de toma de decisiones institucionales que satisface sus demandas cotidianas y refuerza su poder y su sentido.
Pero la paradoja principal está instalada en los medios de comunicación. Estos, a pesar de la concentración de capital y poder que suponen, no necesitan estar directamente controlados por un poder político para funcionar como fábricas de ideología.
Estamos ante una "ideología multifuncional", que promueve tanto el adocenamiento “basura” como las normas “pc” en uso o críticas partidistas e interesadas. Pero todo ello en provecho propio, como un verdadero poder autogestionado y autosuficiente.
Esta crítica a la degeneración y envilecimiento de la democracia ya fue descrita por pensadores y sociólogos de principios del siglo XX:
Schumpeter
negó la existencia de los conceptos de “voluntad
general” y “bien común”.
Consideró irreal la iniciativa que
se adjudica al electorado en teoría y, por el contrario, afirma la
primacía del caudillaje política en el engranaje democrático.
Todo depende de la fortaleza del equipo propagandístico de un candidato
o partido.La teoría del caudillaje, en sus diversas acepciones, permite la competencia entre varias opciones. La principal objeción a la teoría democrática es la presuposición de que la población tiene una opinión definida y racional sobre todas las cuestiones.
Aunque la democracia moderna ha demostrado mayor coherencia ideológica que sus críticos totalitarios del siglo XX, ello no invalida las críticas. El contrato social sobre el que fue fundado ha perdido su capacidad de cohesionar la sociedad y está siendo desbordado por las nuevas estructuras basadas en los comunitarismos extra-laborales.
La democracia se muestra como un sistema racional donde quedan excluidas las creencias, la fe. Pero la pura razón iluminista no es un elemento de socialización ni de gregarismo, lo que ya indicó Rousseau, pre-romántico y teórico de la democracia.
La legitimidad de la democracia está siendo asaltada ahora mismo por las nuevas creencias, por los nuevos integrismos, que utilizan a la democracia como simple escudo dialéctico.
Restaurar los valores democráticos supone destruir los nuevos corporativismos y las ilegalidades en las que se fundan los etnismos, ecologismos, sexismos, integrismos y nacionalismos.