Auge y caída del militante político
El militante político es un activista del ámbito político que se caracteriza por la defensa de una ideología y su supuesta coherencia con ella, lo que le dota de una determinada interpretación de la vida y sociedad, concepto total que va más allá de unas propuestas concretas y aisladas en temas económicos o morales.
Este personaje social, producto de la sociedad moderna, es hoy patrimonio exclusivo de la izquierda, e incluso su base única, aunque falsa en la defensa de sus parámetros ideológicos.
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La figura del militante político surge durante la Revolución Francesa, que inaugura la participación de las masas en la vida política y de estratos medios de la población hasta entonces excluidos.
Las masas participan como tales en los acontecimientos políticos, pero como en toda revolución, son las minorías organizadas y disciplinadas las que las dirigen.
Es precisamente la existencia de esas minorías, no pertenecientes a las masas, la que define la edad moderna.
Anteriormente
existían revueltas periódicas, los “motines
de subsistencias” de las sociedades rurales, motivadas
por violaciones de los derechos del común o precios abusivos. Eran caóticos,
muchas veces capitaneados por las mujeres, y venían precedidos por amenazas
escritas: “A quien queréis mantenéis
vivo y a quien queréis matáis de hambre y a quien queréis
engordáis y a quien queréis lo destruís y ahora vuestros
corazones se llenan de soberbia y sabéis que no hay una ley de pobres
que no sea alterada. Yo voy a hacerme justicia...”.
“London Gazette”, nº
10.287, enero de 1763 ( en “Tradición,
revuelta y conciencia de clase”. E.P. Thompson, 1979)
Los herederos de algunas de esas organizaciones rurales de resistentes e incendiarios que han tenido continuidad en los siglos XIX-XX (IRB-IRA irlandés, Mafia italiana) han sabido cambiar el modelo de "miembro" y adoptar el del moderno "militante político".
En
la Revolución Francesa esas minorías militantes, organizadas en
los clubes de pensamiento político, entre los que destacarían
los jacobinos (prototipo y antecesores de los bolcheviques
y su revolución), si bien no estaban compuestos exclusivamente por la
clase media profesional (abogados y periodistas), ya que en el transcurso de
la revolución las cuotas de ingreso fueron rebajadas, el resto de los
integrantes eran pequeños propietarios y comerciantes.
Un siglo después, los jóvenes de la oposición de izquierda del SPD (socialdemócratas alemanes), por boca de Hans Müller en su “La lucha de clases en la socialdemocracia alemana” de 1892, manifestaba su descontento por la absoluta hegemonía de “los elementos pequeño-burgueses” en la dirección (entre ellos los propios funcionarios del partido).
Ello
no significa que estas minorías tuvieran un plan, una “conspiración
masónica” para derrocar las instituciones. Tanto los
jacobinos franceses como los comunistas rusos se
transformaron en el curso de los acontecimientos, partiendo de premisas filosóficas
los primeros y de un determinismo histórico los segundos que contradecían
su fe activista.
Y esta contradicción es precisamente la clave de su éxito y de su mito posterior: el revolucionario ideológico (o filosófico) vive para y en la revolución.
Lo que hizo a los jacobinos un cuerpo cohesionado (no un partido puesto que aún no existían las facciones como tales ni ellos admitían la fragmentación social en clases) y un antecedente de la revolución bolchevique, a diferencia de otros clubes como los girondinos, fue su dinámica revolucionaria. El mismo proceso que convirtió a la minoría de intelectuales bolcheviques (“revolucionarios profesionales”) en un partido cuyas consignas calaban en las masas e influían en su simple y errático curso.
Ese “vivir en y para” la revolución separó a los jacobinos del discurso principal liberal, y a los comunistas de un socialismo políticamente no totalitario.
Este concepto dinámico, dependiente de los acontecimientos y de la actuación de los individuos en ellos, es de hecho el verdadero marcador de los grupos. Lo que ocurre es que las interpretaciones que se hacen posteriormente crean y redefinen, a través de manipulaciones del lenguaje y de los hechos, a estos mismos grupos y hechos.
Lo que se nombra se crea, sin que eso haya tenido una existencia anterior real.
Eso ocurre con conceptos como clase o nación, y en disciplinas como la sociología, la historia, la psicología o la antropología, en las que la interpretación, la tesis, lo es todo.
¿Cuáles fueron las características de ese revolucionario?:
De
ahí la proliferación de “extremismos
en los extremismos” y “segundas
revoluciones” latentes en todos estos procesos (los herbertistas
en la Revolución Francesa, los troskistas
en la bolchevique y las SA entre los nazis alemanes).
Se trata de una mezcla entre el gusto por la
acción y el espíritu redentor (y autoredentor).
Los clubes jacobinos se transformaron durante la dictadura en viveros de la nueva burocracia y de intermediación entre esta y el “partido”, a la vez que receptores y emisores de las opiniones de los miembros y del centro parisino. Su camino hacia esa dictadura fue semántico: la sustitución de la “voluntad de todos” por la “voluntad general”, colectiva y virtuosa, interpretada por esa minoría militante, convertida en “minoría virtuosa”.
Porque la “soberanía popular” ejercida contra los “fuera de la sociedad” (aristócratas y “contrarrevolucionarios”) sólo puede ser ejercida de modo directo por el pueblo (imposible en una sociedad compleja y, en todo caso, de modo ineficaz) o bien como un solo poder, como lo haría un rey o un dictador.
Esto fue lo que hicieron los jacobinos, crear una “tiranía de la libertad”. Pero, a diferencia de Stalin, no la personificaron en un dictador (Robespierre no se consideró tal), puesto que seguían fieles nominalmente a los principios ilustrados.
Del mismo modo, el comunismo ejerció una “dictadura del proletariado” que, una vez eliminados los enemigos reales y supuestos y nivelada la sociedad brutalmente en el “socialismo”, sólo podía aplicarse sobre el mismo proletariado.
En
efecto, tal y como lo han expresado los desmitificadores
(interesados) del “proletariado
como clase”, provenientes de la
izquierda radical (Negri, Panzieri,
Gorz): “Los
dirigentes (marxistas) se consideraban como los funcionarios del Proletariado,
y el Proletariado era considerado como una entidad mística con la que
los proletarios no podían tener otro tipo de relación que el de
los soldados con el ejército: el del servicio”.
(André Gorz en “Adiós
al proletariado”, 1980).
El militante político que llega al siglo XX tiene unas características distintas del correspondiente al siglo XIX: ya no es un conspirador ni miembro de una secta secreta (masonería, iluminados, carbonarios...), sino que, con la aparición de los partidos de masas, llegados con el sufragio universal, integrará el prototipo del militante partidario moderno, íntimamente ligado al revolucionarismo de izquierdas (socialista o anarquista), y del que el derechista radical será siempre un reflejo.
¿Qué actitud tiene el militante ante las constantes manipulaciones y represión por parte de las nuevas élites intelectuales que nutren el poder?: sumisión absoluta.
Primero porque al sacralizar “la revolución” sacrifica la meta (la libertad, la igualdad, el socialismo) o las pospone indefinidamente (después de la guerra, por culpa del enemigo...).
En segundo lugar porque al preferir ese proceso, la adopción de una moralidad queda descartada: el radical, el terrorista, se convierten con la llegada al poder en eficaces e implacables represores y corruptos (Fouché, Lenin, Stalin, Danton, Desmoulins, Hitler, Mao).
Esta dicotomía es la que se dio de modo acusado en la Rusia comunista. El historiador que mejor ha descrito el proceso de constitución de esa “nueva clase” formada por militantes (convencidos o no) reconvertidos en burócratas ha sido Marc Ferro (director de Estudios de la Escuela Práctica de Altos Estudios de París. Codirector de la revista de historia Annales):
“Esta nueva clase nace entre 1917 y 1930 de cuatro elementos originales.
Los procedentes de medios populares miembros de comités y soviets, son obreros residentes en la ciudad, sindicalistas, suboficiales, etc.
Los procedentes también de medios populares, recién venidos del campo: antiguos guardias rojos que a menudo ingresaron en el Ejército Rojo, luego se convirtieron en miembros de los Comités de los Pobres en provincias o en policías.
Los procedentes de la intelligentsia, miembros de la Administración del antiguo Estado, oficiales que se han pasado al nuevo régimen y demás “spets” (especialistas) .
La vieja guardia bolchevique, miembros también de la intelligentsia, y más viejos que los del grupo segundo...
Las purgas y los procesos benefician principalmente a esas nuevas clases burocráticas, a las que se incorporará un quinto grupo desde 1927, la llamada burocracia de las nacionalidades, nada bolchevique en su origen. Esta burocracia de las nacionalidades se alía en el Caúcaso y en Asia central con los elementos populares en su lucha contra los grupos procedentes de la intelligentsia.”
Cuando los comunistas sinceros, críticos o no, fueron encarcelados, siguieron conservando todas las características de su fe y considerándose miembros leales del partido y del líder Stalin.
Es
el medio el que prima aquí, y no el fin, pero no es fácil distinguirlo
entre los rituales y la retórica hueca. Los hijos de la revolución
son devorados por ella y prevalece siempre la élite del poder rodeada
de la caterva de intelectuales aduladores.
Por ello a la casta intelectual se la ha considerado como “fábrica de ideología” para una clase social. La figura del intelectual ideológico irá íntimamente unida a la del militante revolucionario. Esta “división del trabajo”, verdadera explotación laboral, con su jerarquía y ortodoxia, entre pensador y activista ha sido crudamente narrada por Pío Moa, ex-miembro de los GRAPO-PC (r) (“De un tiempo y de un país”, 2002) y Alejandro Diz, ex-militante del FRAP-PC (m-l) (“La sombra del FRAP", 1977).
La época de la preguerra, la II Guerra Mundial y la posguerra es la de la “guerra fría” y de un férreo culto a la dictadura stalinista soviética en toda la izquierda, que durará hasta su fin.
Pero este vasallaje y anquilosamiento ideológico tendrá una consecuencia: la aparición de un nuevo actor social, el estudiantado.
Este sector de la población, protagonista de la “era de la juventud” (un montaje comercial muy lucrativo que hoy perdura en todo su apogeo) y de su propia revolución (“mayo del 68”), producto de la etapa del Estado del Bienestar (capitalista), va a terminar desplazando al sujeto social “clase obrera” por una “nueva clase” (el “obrero social" de la Autonomía Obrera italiana, de los Negri, Piperno y Scalzone) y terminará implantando la hegemonía en la izquierda de los Nuevos Movimiento Sociales (ecologistas, antirracistas, punkies, etnistas...), a los que hoy se agarran socialistas y comunistas como a un clavo ardiendo.
Ahora la clase media, los “niños bien” de la sociedad opulenta, de las universidades de élite y las técnicas, se alzarán como representantes de ellos mismos y de su mundo.
Aún utilizan términos marxistas y trapichean con esa ideología y con sus símbolos, pero la contradicción y el abandono se hacen cada vez más patentes: “Dejemos de llamarnos “autonomía obrera”. ¡Los obreros, los obreros, los obreros!... ¡Los cojones que se hinchan son los míos!”
(Bottazzi, “Contrapotere”, Brescia, 1977)
El militante sigue sin abandonar (no puede hacerlo jamás) la mística que acompaña a su figura. Pero esta sufre ciertos cambios. A la sustitución de la organización jerarquizada y ortodoxa por otra algo menos, le acompaña toda una cohorte de temas propios de la juventud de la clase media capitalista (ecología, antiautoritarismo, comunalismo...), que terminarán, pasada la juventud , integrándose cómodamente en el sistema, principalmente como altos gestores de las áreas económicas o culturales de éste.Como diría Ortega y Gasset, "han sustituido al príncipe por el principio", lo cual supone igualmente su autoinvalidación ideológica a medio plazo.
Pero
dejarán el marchamo de un comportamiento determinado
(“rebelde”),
explotado hasta la saciedad por el consumismo
juvenil.
Es en esta
época cuando surge el nuevo modelo de militante, monopolizado por la
izquierda: “Sabemos, por ejemplo, que
por lo general son adultos jóvenes cuyas edades fluctúan entre
los 18 y los 35 años, que fundamentalmente son hombres, pero incluyen
un gran número de mujeres que ocupan lugares de importancia, y que suelen
proceder de la clase media o clase media baja que ha experimentado movilidad
social... estudiantes universitarios, profesionales o burócratas”.
(“Alquimistas de la revolución",
Richard E. Rubinstein, 1987)
“Los
años que siguieron al fuerte avance obrero de 1968-1970, vieron, efectivamente,
cómo emergían y se afirmaban crecientes fenómenos de marginación
social. El número de asalariados activos disminuye, no aumenta. A la
vez crece el trabajo “precario”, a domicilio o “negro”,
ni controlado ni garantizado. Incluso las fuerzas del trabajo intelectual son
afectadas por la crisis y literalmente proletarizadas”.
(“El modelo italiano”, Marcelle
Padovani, 1982)
Los mismos sectores que precipitaron el triunfo del fascismo en los años 30:
“Así pues, fue la “clase media”, rural y urbana, la encargada de iniciar y sobrellevar el proceso de ascensión y triunfo del partido (nazi)... Ciertamente, durante épocas de crisis se observa en los elementos desesperados de la clase media una tendencia al fascismo que, en la clase trabajadora lo es hacia el comunismo...
Así pues, el NSDAP (partido nazi) no se convirtió, como pretendía
su ideología, en un movimiento popular de gran amplitud, pero sí
en un poderoso partido, receptáculo de las clases medias”.
(“La dictadura alemana”, Kart
Dietrich Bracher, 1973)
Son
minorías que pretenden representar a mayorías sociales absolutas,
mayorías de quienes censuran que si no se rebelan es por el “velo
de la ideología dominante” que les aburguesa
y desmoviliza, a través, fundamentalmente, del "consumismo",
el gran tema de la contracultura izquierdista
de los años 70.
El gobierno de una sociedad compleja sigue siendo para ellos “una camarilla, una pequeña facción aislada que sólo representa sus propios intereses y no cuenta con el apoyo de ninguna clase social”. De hecho esa visión del gobierno es similar a la que tienen de ellos mismos y es la del marxismo de finales del siglo XIX.
La declaración londinense del general De Gaulle sintetiza la actitud elitista y egocéntrica del militante político, muy acusada en la época de crisis económica de los 70-80: “La minoría que ahora organiza la violencia contra el estado se convertirá en mayoría. Yo hablo y actúo en nombre de esa futura mayoría”.
El nuevo prototipo de militante tiene “nuevos trajes del presidente Mao” como los tuvo la generación anterior. De hecho son trajes antiguos, muy similares a los de los antiguos hippies y los “krakers” holandeses o “squatters” británicos de los años 80. Como un tío-vivo, en que por muchas vueltas que dé siempre aparecen las mismas figuras.
Las claves de la aparición de esta tipología son siempre las mismas: aparición y culto a la juventud (los fascismos de los años 30, el “hombre nuevo” del comunismo y la “nueva izquierda” del 68), crisis económica (años 20 y años 70), debilitamiento de las certezas ideológicas y descenso de capas de la clase media.
No obstante, la extrema-derecha no logrará, después de la derrota histórica de los fascismos en 1945, reproducir como la extrema-izquierda una “comunidad política” de convivencia en su seno. Terminarán los más radicales por construir grupos autónomos de “camaradas” con la intención de ser “contenido y continente” de su ideología y actuación políticas.
Es evidente esta degradación del militante político, aunque desde la época de los “narodniki” rusos no ha cambiado mucho, pero su último escalón es su conversión al nacionalismo separatista.
La teoría de Lenin, el autor de “El imperialismo, fase superior del capitalismo”, advierte persistentemente contra “el intento de pintar con colores comunistas la liberación democrático-burguesa”.
Para
un izquierdista consecuente no existe un “pueblo
enemigo”. Su enemigo es de clase. Quien tiene un
"pueblo enemigo"
es nacionalista. Este trasvase ideológico,
realizado sobre todo a través del contagio del reaccionario y rapaz movimiento
palestino, se ha hecho acudiendo a la teoría del "aburguesamiento
de la clase obrera europea" y resucitando la de naciones explotadoras/naciones
explotadas.
Curiosamente (o no) esta teoría es original de los fascismos de los años 20: Hitler ya la utilizó (“la plutocracia”) y el fascista italiano, Corradini, la sistematizó : “naciones proletarias/naciones plutocráticas”.
Cuando la izquierda no ha logrado sublevar a la “clase obrera” se ha lanzado en brazos del racismo nacionalista, legitimándolo con su lenguaje “progresista”.
Es la última infamia y la conversión final del militante político en un simple... nazi.
¿Y cuál ha sido la meta de estos tipos recurrentes de militantes políticos en su devenir histórico?. Siempre el mismo: reconstruir una hipotética comunidad social sobre bases políticas desde el propio ámbito militante.
Los grandes partidos comunistas del oeste europeo (Francia e Italia), reprodujeron en su actividad y entramado organizativo una verdadera comunidad orgánica: clubes sociales, grupos juveniles, campamentos de verano, cursos de formación, centros culturales, guarderías...
Una sociedad en miniatura unida por vínculos de fe, de creencias. Esta es la meta del militante: construir en su actividad un entramado en el que vivir su fe, e intentar extenderla por la propaganda o la violencia. Grupos ecologistas u “ocupas”, defensores de las ballenas o radicales de derechas o izquierdas...
A la sociedad real, que él deja al margen, le puede costar muy caro su victoria o su predominio.