El infierno del idealismo
El idealismo considera que las ideas, aunque hagan referencia a la realidad concreta, tienen una consistencia objetiva y general.
Si en filosofía un idealista es el que considera que la realidad es consecuencia de la actividad del sujeto, habitualmente, llamamos idealista a los que quieren realizar un ideal, encarnando en la realidad unos valores morales y políticos.
El idealismo tiende a la invención de un orden social nuevo recreado a través de la imaginación. Fue por lo tanto pasto de teólogos, filósofos e intelectuales.
El idealismo está relacionado así con la ideología, en la que la apariencia de racionalidad puede ser más sugerente y persistente que la lógica, resistiéndola a través de un inmenso y disimulado poder de mistificación.
Hoy está no sólo bien considerado en la teoría, sino incluso revalorizado ante la anomia ideológica de la izquierda, pero el idealismo, las utopías, han sido creaciones y han generado siempre guerras, sangre y dictaduras.---- oo0oo ----
Si los
primeros utopistas fueron intelectuales que especulaban con soluciones irreales
y dogmáticas para la organización social (Campanella, Moro, Saint-Simon,
Fourier...), pronto la utopía tuvo ocasión de mostrar su lado
más oscuro y real. “El anhelo
revolucionario de realizar el Reino de Dios es el factor clásico de toda
cultura progresiva…” -Friedrich Schlegel-.
Antes de la llegada de la era de las ideologías con la revolución
francesa, diversos movimientos mesiánicos
que proclamaban el milenarismo, la realización
(“restauración”) del Reino de Dios en la Tierra, encarnaban
el idealismo filosófico. Justificaban con la religión sus agitaciones
políticas, fundamentalmente por obra de la idea protestante de predestinación
individual y de las alteraciones sociales que provocó.
Los
primeros fueron los husitas, seguidores
de Jan Hus, difusor de las ideas del inglés
Wycleff, profesor y rector de la Universidad de Praga (1369-1415), hereje excomulgado
por su predicación revolucionaria, precursor del luteranismo un siglo
antes de su aparición, que provocó graves disturbios y perdió
el apoyo de la Universidad y el rey, pese a lo que se le permitió defender
sus tesis en el Concilio de Constanza.
Tras su ejecución se desencadenaron las guerras husitas, de 1420 a 1431,
que acabaron con la derrota de los taboritas,
el ala radical, acaudillados por Zizka. Sus tesis básicas
eran la abolición del poder temporal del clero, la predicación
libre y el castigo para los pecados mortales. Todo, administrado casi
al margen de la jerarquía eclesiástica y civil.
Los taboritas proclamaron el exterminio físico
de nobles y caballeros y la instauración de la propiedad común,
pero sin prever la organización del trabajo, con lo que al acabarse las
provisiones se dedicaron a robar a los que no pertenecían a la secta.
Como en todos los movimientos mesiánicos,
la aceptación de la predestinación generaba una "comunidad
de elegidos" que excluía al resto e instituía una nueva jerarquía
social rígida, impuesta a través de la guerra y la violencia.
Un totalitarismo dictatorial muy similar al del comunismo del siglo XX.
Precisamente por ello son considerados por la
izquierda como precursores de las ideas emancipadoras y colectivistas.
Posteriormente encontramos a los anabaptistas.
Se trató de exaltados religiosos luteranos que el 21 de enero de 1525
en Zurich negaron el bautizo infantil; liderados por David, Aelianus y Paccius,
"los profetas de Zwickau", proclamaron la eliminación
de los “ateos” y los poderosos. Fue Thomas Müntzer,
sacerdote nacido en Stolberg (Turingia) en 1489, apóstata del catolicismo
y del luteranismo, quien decidió llevarlo a cabo a finales de julio de
1524 desde su iglesia de Mühlhausen bajo el estandarte del arco iris. Su
ejército de 8.000 campesinos creyó, fatalmente, su promesa de
que su capote detendría las balas de cañón en la batalla
de Frankenhausen el 15 de mayo de 1525.
Más
fama tuvo el intento anabaptista de Jan Matthys
y Jan Bockelson (Juan de Leyden) en la ciudad de
Münster, en 1534. Expulsaron a católicos y luteranos, confiscando
sus bienes, e implantaron el colectivismo de dinero, joyas, y después,
de los alojamientos (estilo maoísta); tras morir Matthys, Bockelson se
proclamó “Mesías de los Últimos
Días” e implantó la poligamia por el exceso de mujeres
(debido a los hombres huidos), tal y como hizo Mahoma.
Reunió un harén de quince esposas,
una corte de doscientas personas y se rodeó de lujos, precisamente por
proclamarse “muerto para el mundo y la carne”,
asegurando al pueblo que ellos pronto llegarían a la misma situación.
Asediada la plaza, los sitiados llegaron a consumir ratas, hierba y cadáveres,
para terminar derrotados.
Esta diferencia en la vida individual
(lujo, poder, monopolio de la violencia y del sexo) entre el mesías de
turno y los fieles será una característica de los movimientos
sectarios redentoristas y sociales del siglo XIX y XX (recordemos a los davidianos
estadounidenses, a los Niños de Dios o a los Hare Krishna). Es un preludio
del carácter del sistema social que resultaría del experimento
sectario.
La revolución inglesa de los puritanos
(1649) entraría en el campo de la revolución política con
éxito. Existieron diversas facciones de radicalismo variopinto:
Los “buscadores”
(“seekers”) fueron una anárquica
secta de milenaristas y nihilistas, rechazando tanto la jerarquía clerical
y la liturgia como la propia Biblia. Estuvieron extendidos entre los jóvenes
y los soldados y propugnaban el rechazo de la política. Su líder
fue el capellán militar William Erbery.
“cavadores” (“diggers”),
surgidos de un grupo de jornaleros que empezaron a cultivar tierras baldías
en la colina de Sant George en abril de 1649, propugnaban la abolición
de la propiedad privada. Su teórico fue el predicador Gerard Winstanley.
predicando
la libertad sexual sin límites (masculina) y la blasfemia, así
como la destructividad, rechazando el concepto de pecado y castigo. Sus teóricos
fueron Clarkson y Coope. El primero murió en la cárcel por deudas
y el segundo vivió obsesionado por el pecado, escribiendo “A
Fiery Roll”.La influencia de todos ellos en la revolución norteamericana fue muy importante, aunque los derroteros que tomarían esta y la francesa fueron divergentes, dando lugar a las ideologías liberal y socialista respectivamente.
En
la revolución inglesa están los dos bandos que participan de toda
alteración social: sectores populares y élites intelectuales ligadas
a sectores de la “clase dominante” desfavorecidos o en desacuerdo.
El milenarismo “progresista”
fue obra del estudiante bíblico anglicano Joseph
Mead, con importante influencia en las iglesias protestantes de Gran
Bretaña y EEUU. Detrás de él, pero sin la carga política,
a lo largo del siglo XIX aparecerían los: irvinianos,
adventistas, mormones,
mennonitas, apostólicos,
testigos de Jehová y pentecostalistas.
La religión tendría el papel más importante en el surgimiento
y desarrollo hasta hoy de la ultraderecha norteamericana, basada en el racismo
milenarista radical (de las Milicias a Naciones Arias).
Más alejados de la religión y cercanos a
la utopía social pura,
de corte comunista, realizable a través de la violencia,
estarían los teóricos del siglo XVIII. El abate Morelly,
autor de “Basiliada”
(1753) y “Código de la Naturaleza”,
Jean Meslier (1664-1729), párroco autor
de “Crítica de la religión
y el Estado”, y Gabriel Bonnot
Mably (1709-1785), de “Derechos
y deberes del ciudadano”.
Detrás de ellos, y ya en la revolución francesa, entraríamos
en el protocomunismo y la ideología revolucionaria
con Babeuf, Marechal y Clootz.
El
romanticismo alemán recogería el testigo filosófico del
idealismo antiracionalista, con Fichte (1762-1814), Schelling (1775-185) y Hegel
(1770-1831); el primero uno de los iniciadores del nacionalismo y el último
precursor de la “Idea Absoluta” y del idealismo marxista. El ideólogo
nazi, Joseph Goebbels, calificará su ideología de “romanticismo
de acero”.
Leonard Ragaz quizás sea el miembro más
representativo del “socialismo cristiano”.
Profesor de teología nacido en 1868, ingresó en el Partido Socialista
suizo en 1913, en Zurich, basando su teoría en el “Reino
sin Dios y Dios sin Reino”.
El "revolucionarismo izquierdista" tiene
siempre un alto grado de idealismo, por mucho que se cubran con el manto del
“materialismo”, heredado del milenarismo religioso tanto a través
del cristianismo como del judaísmo. Escribe Lucio
Colletti, ex-ideólogo del PC italiano y autor de obras básicas
sobre Hegel, en “El problema de la dialéctica.
La crisis teórica del marxismo”:
“En
el fondo del marxismo, subyace la idea de una sociedad orgánica, que
no necesita mecanismos que regulen la mediación social: ni el dinero,
ni la política, ni el Estado, nada. En este punto, la teoría ha
pagado el precio de su procedencia del humus de la cultura romántica
y utópica alemana. La Realpolitik marxista y leninista oculta en sus
entrañas en sueño romántico de la subordinación
de la política a la ética.”
Mayo del 68 y la Italia del 77 fueron explosiones de “creatividad social” (“indios metropolitanos”, "situacionistas"), emergencia de nuevos sujetos políticos, efímeros pero poderosos ("estudiantes", “obrero social”, “nueva clase”), y violencia ("Weathermen", "Autonomía difusa armada", “katangueses”).
Una
vez más las elevadas dosis de utopía e idealismo surgían
de núcleos elitistas y reducidos para seducir a sectores sociales automarginales.
Estas
alteraciones revolucionarias no condujeron, nunca, pese a los halagos y deseos
de la izquierda y su extremo, a ningún avance social ni a un reparto
de poder más favorable a las llamadas clases populares.
No aportaron ningún aumento del poder municipal o parlamentario, ni un cambio en el reparto de cuotas de poder entre la nobleza, ni una recuperación de antiguos grados de privilegios populares, ni una rebaja de la presión fiscal, ni un resurgimiento del concepto de bien público opuesto al de Estado, ni siquiera la emergencia de nuevas posiciones y agrupamientos de grupos locales. Se trata de movimientos muy alejados de rebeliones populares como las Jacqueries, la Fronda, la Masaniello, los Comuneros o Fuenteovejuna.
Una
verdadera utopía sangrienta
la montaron los khmer-rojos camboyanos,
fanáticos nacional-comunistas (dos de las peores utopías totalitarias),
de obediencia maoísta, que en su afán por implantar el “año
cero” de un régimen primitivista, de corte
rural y colectivista, provocaron el traslado de millones de civiles de las ciudades,
mataron y torturaron a más de un millón y destruyeron todo vestigio
de civilización y sociedad.
La izquierda occidental hizo oídos sordos
a esta tragedia del siglo XX. Un ejemplo de lo que pueden dar de sí el
utopismo social y su entusiasta militancia. Recuérdese
que, Pol-Pot, el líder comunista camboyano,
desarrolló su teoría genocida durante sus estudios en París,
bajo la guía del PCF.
Estas ideas siguen siendo defendidas hoy por grupos “nacional-bolcheviques”
(fascistas del ala izquierda) como “Resistencia”,
que en su viaje alucinante a la utopía política se aleja del nacionalismo
para reivindicar un europeísmo racial, la alianza con los “revolucionarios”
terroristas islámicos y un colectivismo a lo khmer-rojo y a lo ocupa.
Las ideas “postindustriales”
en auge en los años 80 no se iniciaron en la izquierda.
En la derecha, Daniel Bell escribió “El
fin de la ideología” en 1960, “El
advenimiento de la sociedad post-industrial” en 1971
y “Las contradicciones culturales del
capitalismo” en 1976, H. Kahn
“El próximo boom”
ya en 1983, y, “anarcoliberales”
como Robert Nozick: “Anarquía,
Estado y Utopía” en 1974 abogaba por las mismas
metas de la izquierda en clave individualista y propietaria, rabiosamente antiestatal,
con temas que después tratará la izquierda como respuesta, como
la desaparición del proletariado y la clase capitalistas y el ascenso
de la tecnocracia.
En la década de los 60, Murray Bookchin
publicó “El anarquismo de la
post-escasez” que fue el mascarón de proa
de muchos autores que junto a los postmarxistas de la “Escuela
de Frankfurt” ponen las bases de la revitalización del “socialismo
utópico y radical”. Surgió el Centro de
Estudios Postindustriales y el Grupo Kapitalestate en los EEUU, en los que afloraron
los teóricos más punteros (Hirschhorn, Wright, O´Connor...)
bajo la tutela de Claus Offe, abordando los principales temas de la
crítica post-industrial de izquierdas en los 80: el
antiobrerismo (“la nueva clase”),
la naturaleza de la cultura, la ecología,
el papel de la social-democracia y los cambios en el capitalismo,
así como el significado de la llamada postmodernidad.
Se trataba de postestructuralistas como Jean
Braudrillard, analistas de los nuevos movimientos sociales como Alain
Touraine, postmarxistas como André Gorz
(“Adios al proletariado”,
1980), Alvin Toffler, otro ex-marxista ahora centrista-derechista,
editor asociado de la revista “Fortune”
y autor de las famosas obras “El shock
del futuro” y “La
tercera ola”, o Rudolf Bahro,
ecologista-fundamentalista y primitivista, es decir, partidario de desmantelar
la industria y retroceder al Neolítico.
Su calificación de utopistas no es gratuita:
Gorz habla de “utopía dualista”,
Bahro de “socialismo utópico populista”,
Toffler de “practopía”,
Touraine considera la utopía “indispensable”.
En base a sus propias propuestas, el pensamiento utópico de los nuevos
movimientos sociales presenta los siguientes paradigmas:
Dado que un sistema económico desmonetarizado y autosuficiente debería
resolver de modo definitivo los siguientes problemas
básicos:
Y sin entrar en las complejidades de temas sociales como el rol de la familia,
las relaciones Norte-Sur, la esfera pública, etc, a nivel económico
no han logrado explicar cómo sus alternativas:
El
ámbito revolucionario y mesiánico parece sólo apto para
la redefinición de identidades y el cuestionamiento de
legitimidades y simbologías, es decir, la inserción de nuevos
actores en el campo de la acción política, definidos por su ideología,
no por su verdadera posición social.
La revolución entonces se define y alimenta a sí misma, creando
un ámbito propio del que saldrá una organización social
forzada, necesariamente represiva, cuya relación con los presupuestos
utópicos será sólo dialéctica, formal. El
idealismo como inhumanismo.
Los idealismos no sólo no han
solucionado ningún problema real, ya que se basan en irrealidades, sino
que son un excelente medio de engaño y manipulación de masas (del
comunismo a la masonería, de las sectas a los radicales políticos),
oscilando entre la estafa y el fanatismo o ambas.
Ya en 1980, Murray Bookchin, pionero del movimiento
ecologista, denunciaba la transformación
de este en un eco-negocio en su “Carta
abierta al movimiento ecologista”:
“...La ecología está siendo
usada contra la sensibilidad ecológica; las prácticas y las formas
ecológicas de organización están siendo usadas para “conquistar”
amplias audiencias, no para educarlas...
...Muchos de los autodenominados “fundadores” del movimiento antinuclear
se han convertido en lo que A. Kopkind ha definido como “managerial radicals”,
es decir, en los manipuladores de un consenso político que opera dentro
del sistema so pretexto de oponerse al mismo...
...en nombre de las “opciones energéticas blandas”, de una
“descentralización” espúrea y de unas estructuras
tipo partido inherentemente jerárquicas, recrean los peores hábitos
y formas que fomentan la pasividad, la obediencia y la vulnerabilidad del público
ante los mass-media”.
Después
vino el timo de la “contaminación” que iba a provocar el
hundimiento de la plataforma de la “Exxon”, que llegó a provocar
atentados a gasolineras y que se demostró falsa y manipulada por
“Greenpeace”: el timo verde. Y después las
subvenciones a las ONGs y sus paseos vacacionales por Sudamérica y África...
Hoy han sido abandonados realmente los
presupuestos económicos, sustituidos por los temas interclasistas e idealistas
de los “nuevos movimientos sociales” (ecologistas, minorías
raciales y sexuales, ONGs...). Conforman el pensamiento “políticamente
correcto” que se ha infiltrado en todos los ámbitos sociales, especialmente
en los medios de comunicación, y es profundamente represivo y reaccionario.
Todos ellos son, a la vez, aliados y sustitutos ideológicos de la izquierda,
aún más reaccionaria, burocrática y demagógica por
su alianza con los nacionalismos, disolventes, jerarquizantes y totalitarios.
Su extremo es aún más milenarista y retrógrado,
antiprogresista y anticientífico. Sus representados no son una mayoría
social sino una suma de minorías rabiosas con el deseo de extender sus
privilegios y debilitar las instituciones (pero engordándolas numéricamente
y saqueándolas) frente a enemigos reales como son los nacionalismos,
el terrorismo y el islamismo. Les nutren sectores parasitarios y no-productivos,
burocráticos o marginalistas que, de hecho, desprecian a los trabajadores
de base.
El idealismo y las ideologías
nada tienen que ver con reformas sociales o deseos de progreso y bienestar,
sino con utopías infundadas, deseos de poder, manipulación de
masas y producción de dictaduras. La “liberación”
de necesidades teorizadas pasa, por lo visto, por la austeridad forzada del
campo de concentración y la extensión generalizada de la miseria.
Los avances sociales se han dado en otros lugares,
en el marco de la evolución de la sociedad en un orden que quizás
no sea perfecto pero es HUMANO.
En los campos económico y científico, los idealismos, han generado
sólo fracaso, tergiversación y daño. Han pretendido encajar
al ser humano y su entorno real en sus fantasías, hasta hoy mismo, en
el que la ofensiva de una izquierda desarbolada contra los viejos fantasmas
de la “derecha” y la “Iglesia” están revalorizándolos
a los ojos de los sectores más estables de la población, frente
a las imágenes de los manicomios soviéticos, los campos nazis,
los hospitales de la eutanasia estatalizada, las familias gays tradicionalistas,
la expansión de la cultura de la droga y el ocio para beneficio de las
mafias, y en general, la excepción elevada a la categoría de rango
“políticamente correcto” por encima de la mayoría.
Estas no son “alternativas” a los
problemas reales e importantes que sí tienen la sociedad y que reclaman
solución inmediata y realista, y no ideológica ni ética.
El brillo de la utopía revolucionaria continúa
restallando para suplir las frustraciones e ignorancias de los hombres, y es
hoy el principal obstáculo para entender nuestra sociedad y lograr cambiarla.