Indigenismo: nuevo totalitarismo en Hispanoamérica
Buena parte de las divagaciones sobre la identidad hispano-americana han girado sobre el indigenismo, anteriormente en su vertiente cultural y hoy en la política.
Históricamente,
excepto en el caso mexicano, pocos indios se
unieron a las fuerzas independentistas, a las que identificaban acertadamente
como representantes de los intereses de los opresores y racistas amos criollos,
que pronto disolvieron las comunas agrícolas indígenas que la
Corona española protegía.
A una primera etapa, en los inicios del siglo XX, de desprecio racial hacia el indio, manifestada por intelectuales de toda Hispanoamérica (los argentinos Bungue e Ingenieros, los bolivianos Argueda y Antelo, o los peruanos García Calderón, Prado y Cornejo), siguió otra de exaltación bucólica y mítica del romanticismo y el decadentismo, aprovechada como medio de legitimación por el nacionalismo estatal.
Este indigenismo fue utilizado también, de modo confuso y contradictorio, por nacionalistas de corte racista criollo (antisemitas y antiinmigración), que atribuían a la población criolla el “espíritu indio”.
Los
regímenes populistas de corte totalitario de los años
50 (Bolivia, Perú, México), aún utilizarían
el elemento de la identidad india como forma de control social y legitimación.
Haya de la Torre (fundador del populista APRA), Mariategui, Vicente Villarán y Manuel González Prada y Ulloa en Perú, Franz Tamayo y Gustavo Navarro en Bolivia, y los neo-aztequistas fray Servando Teresa de Mier y Carlos María de Bustamante en México, configuran los principales nombres y los países más afectados por este movimiento hasta hoy mismo.
En
los años 70 surgirían movimientos
indigenistas con las características que hoy conocemos:
racismo antiblanco (anticriollo), mitificación
social (“socialismo indígena”), falso ecologismo (culto
al sol, a la naturaleza..., procedente de las antiguas religiones), totalitarismo
político..., muy del gusto de la izquierda imbuida de “tercermundismo”
que aún colea.
Su estrategia es la crítica al “monismo” legal y el ataque al Estado y a la Nación, en un mimetismo claro de los nacionalismos vinculados especialmente a la izquierda . Hablan de cultura, un término más polisémico y maleable, frente a la simple reivindicación de las costumbres o el derecho consuetudinario (bloque de costumbres estable, homogéneo y persistente), que consideran de uso “colonial”, “tutelar” y “represivo”.
Pretenden deslegitimar al Estado y conseguir el reconocimiento legal en base a la reelaboración del concepto de “derecho consuetudinario” y las costumbres, como forma de penetrar y paralizar el campo político y legal, como han hecho los nacionalismos separatistas o el islamismo subversivo.
Esta
reelaboración la usan como forma de “recuperar”
(construir) identidades, como la “maya”, hace
poco inexistente entre los indígenas de Guatemala, justificando esta
labor de ingeniería político-cultural
con argumentos voluntaristas y constructivistas sobre las características
culturales. Utilizan términos como “interacción”
y “relacional”.
El indigenismo, por último, oculta el carácter de clase marginada del indio tras el manto de la reivindicación “cultural” falsa (instrumentos y folclore indígenas son, mayoritariamente, procedentes de la utilización indígena del contacto con los europeos) y el deseo de mantener esa marginación presentándola como “pureza” y “tradición”. El mismo proceso iniciado por los nacionalismos disolventes en España y el resto de Europa.
Son posturas reaccionarias con ropajes “progresistas”. El principal enemigo del indio siguen siendo las oligarquías nacionales. Intentar apartarlo de la aportación española, y sobre todo de la lengua (como hicieron los jesuitas para poder controlarlos), es condenarlo.
Estos movimientos ocultan y mienten sobre la realidad del pasado precolombino: sociedades teocráticas prehistóricas, castas guerreras bárbaras, economía de subdesarrollo, esclavitud, guerras de exterminio y sacrificios humanos (200.000 anuales entre los aztecas), estricta jerarquización y reglamentación sociales, totalitarismo estatal...
Ocultan también las aportaciones europeas: animales (oveja, cerdo, caballo, cabra, perro, conejo...), medios técnicos (rueda, técnica del hierro y del vidrio...), especies agrícolas (casi todos los cereales, olivo, vid, caña de azúcar, arroz...), organización social, educación, escritura, idioma, unificación territorial...
No existieron “civilizaciones” precolombinas puesto que carecieron de derecho, de ética, de organización política y social, con sociedades en decadencia, teocráticas y sanguinarias, tradicionalistas y pasivas.
Si la sociedad inca ha sido la que más ha atraído a los “progresistas” y marxistas diversos, ha sido precisamente por su similitud con las dictaduras comunistas.
Toltecas, tlaxcaltecas, aimaras y docenas de tribus sometidas y esclavizadas recibieron a los españoles como libertadores, uniéndose por miles a ellos. Fueron los propios campesinos mayas los que destruyeron los templos, instrumentos de opresión de su casta sacerdotal. Por último, esa pasividad social y subdesarrollo económico, presente en varias sociedades indígenas, fue fatal al contacto con la organización social europea, mucho más que las enfermedades o la represión militar. España introdujo a América en la Historia y en el tiempo de la civilización. Países como la “ilustrada” Gran Bretaña la introdujeron en el exterminio que predecía el del nazismo alemán.
En realidad, los movimientos indigenistas representan el control sobre la población indígena y el mantenimiento del atraso a través de propuestas de homogeneización por abajo y la manipulación y positivación de conceptos y mitos reaccionarios y arcaicos.
Políticamente,
el indigenismo es otro balón de oxígeno para una izquierda desideologizada
y ávida de exotismos totalitarios. La teórica
católico-marxista Martha Hanecker fue
la primera en propugnar la utilización de los indígenas como
carne de cañón. Ya existe una coordinación, creada en
Venezuela, entre chavistas de ese país, el Movimiento
Al Socialismo boliviano de Evo Morales,
el Movimiento Indígena Pachacutek del
mismo país, el Frente de Defensa de la Nación
Aymara peruano, el Movimiento de los Sin Tierra
brasileño y los “piqueteros”
argentinos, sobre todo.
Por otra parte, el nacimiento del indigenismo se encuentra en las apetencias imperialistas norteamericanas, en concreto con la separación de Texas de México. Fue el embajador USA en México, Poinsett, en 1824, el que inauguró esta estrategia. Vasconcelos ya advirtió de la manipulación del indigenismo con fines antiespañoles y anticatólicos por parte de los protestantes e intelectuales de EEUU y anglosajones. La identidad hispana existió y existe, constituida por un importante número de rasgos comunes, y anclada en una experiencia común a todo el territorio, cuyo origen último es el hecho fundamental de compartir idioma, religión y origen histórico.
Tampoco entre la población existieron ni existen diferencias claras de identidad. La construcción de esas diferencias se haría posteriormente, en la etapa de las independencias, acuciadas por la construcción de unos Estados forjados alrededor de grandes centros urbanos controlados por oligarquías criollas, enseguida vendidas al capital extranjero, especialmente británico y luego USA.
Esas identidades locales inventadas por motivos políticos serían el principal obstáculo para el surgimiento de una identidad hispanoamericana común, más allá de los deseos políticos imperiales y egocéntricos de un Bolívar, criollo, totalitario, aristocratizante y genocida.
Han
sido los intelectuales, sobre todo escritores, quienes se han interrogado
más frecuentemente sobre la existencia de esa identidad común.
Algunos, como los globalistas que defienden tal identidad como opuesta a la
española o a la anglosajona (deseosos de sacudirse la referencia de
Madrid o Nueva York), no han hecho sino apuntalar la visión de un “producto
cultural hispanoamericano” a gusto de la visión esteriotipada
de Europa y los EEUU. En el lado opuesto estarían autores como
Vasconcelos, Reyes o Henríquez
Ureña, hispánicos.
Otros han sabido definir ese territorio cultural como fronterizo y mestizo. Es el caso de Carlos Fuentes y su definición de “un lugar de la Mancha” como el espacio español-hispanoamericano. Borges, con su inserción en la cultura occidental como renovadores de ella, o la de Alejo Carpentier, con su definición de lo hispanoamericano como lo “real maravilloso”, fundada en una simultaneidad de códigos y tiempos opuestos.
El concepto de América siempre ha estado presente en la búsqueda y definición de la identidad española y la configuración de su futuro. Estuvo muy presente en las luchas entre tradicionalistas y liberales y persiste hoy.
Los
regeneracionistas percibían
en América un elemento más en la revitalización de España,
fortaleciendo y defendiendo la identidad común hispanoamericana. Así
diría Altamira en 1921: “el
futuro de las relaciones hispanoamericanas ha de darse, no como la conjunción
de un prototipo inmóvil (y con esto solo, necesariamente defectuoso),
ofrecido por un pueblo viejo que dio lo suyo, y el constante hacer de los
pueblos nuevos, sino de una coincidencia de movimiento ascendente en que lo
único que importa salvar es el troquel, la modalidad, la orientación
característica de la psicología del grupo, a través de
las varias e infinitas aplicaciones que las condiciones de los tiempos y de
los lugares impondrán a unos y a otros”.
El indigenismo supone congelar cualquier progreso y posibilidad de avance de los maltratados pueblos indígenas en aras de unas minorías políticas radicales y unas élites arribistas y totalitarias, de un triste racismo y oscuros móviles, y apartarlos de la herencia hispana que comparten con el resto de la nación a la que pertenezcan.
Así, los aymaras del MIP boliviano se oponen a la construcción de fábricas y gaseoductos (la riqueza de este producto en Bolivia es de 54,9 trillones de pies cúbicos) argumentando que es una ofensa a “los dioses” y propugnan vivir de la agricultura y la ganadería. Los paleo-ecologistas estarán contentos. En junio de 2004 lincharon a un alcalde por tomarlo por un “pishtako”, un espíritu maligno que chupa la sangre, en un ritual sacrifical inca, quemándolo vivo. Este grupo está dirigido por profesores universitarios, como el FZLN mexicano, como “Sendero Luminoso” en Perú, como casi todos los movimientos “indígenas” y guerrilleros. Todos ellos afirman: “No quedará un hombre blanco”.
La
última asonada indigenista la ha protagonizado el líder del
Movimiento Etnocacerista Peruano,
Antauro Humala, un ex-mayor del Ejército,
que siendo subteniente con 22 años cometió barbaridades contra
la población indígena en la lucha contra el maoísta “Sendero
Luminoso” en la zona de Acobamba, en 1986-7, denunciado
por la Comisión de la Verdad y la Reconciliación. Entonces se
hacía llamar “Corpus Christi”
y hoy “Mesías”.
En 1990 se convirtió al indigenismo,
predicando el exterminio de políticos y la reconstrucción del
imperio inca, por lo que fue licenciado del Ejército en 1998 ante un
cúmulo de escándalos y rarezas, aconsejando su visita al psiquiatra.
El actual presidente les indultó de su rebelión contra el golpe de Fujimori en 2000. Pero en enero de 2005 volvió a rebelarse al frente de 300 ex-veteranos de la guerra con Ecuador y reservistas, convenciendo a su hermano Ollanta, delegado militar en Seúl (y antes en París, donde llevaba una vida de lujo) de que se le uniera.
Su movimiento, racista, antichileno, tiene como símbolo una cruz inca y un cóndor, copia adaptada de la esvástica y águila nazis, y propugna además la legalización de la hoja de coca, a lo que se oponen los propios cocaleros. Su rebelión acabó al día siguiente, siendo capturado.
Este es el tipo de ideología “políticamente correcta” que nutre a la nueva izquierda y a los nuevos revolucionarios. Como las anteriores, el fascismo, el comunismo, y los presentes nacionalismos o ecologismo, sólo puede generar mentira, dictadura y miseria.