Inmigración: realidad o manipulación
Desde el estudio de John Graunt en 1667 sobre los cambios en la población urbana, es sabido que las ciudades tenían un exceso crónico de fallecimientos con respecto al número de nacimientos y cifras más bajas de natalidad que las áreas rurales. Los motivos eran tanto las epidemias como la insalubridad que provocaba la concentración.
La
concentración en las ciudades fue siempre signo de desarrollo económico
o centralidad administrativa, y por lo tanto la inmigración e integración
formaron parte del crecimiento urbano. La mezcla
y el conocimiento mutuo avanzan y al final, con el paso de las generaciones,
las solidaridades étnicas o culturales se diluyen y son sustituidas
por las solidaridades sociales o profesionales. Es el crisol urbano.
Existen los obstáculos relativos de la raza y la cultura. Aunque sean conceptos socialmente formados, para la población tienen una existencia real. Una vez establecido que los rasgos físicos se relacionan con atributos intelectuales y morales, pasan a existir en su percepción y creencias. Pero aún así no suponen un obstáculo a la convivencia si esa creencia no se aplica a la vida social de modo activo. Lo mismo ocurre en el caso de la etnia cultural, por la que un grupo de personas es definido y se define por rasgos como lengua, religión o costumbres.
La asimilación depende de varios factores. El primero es la actitud de los grupos, el deseo de asimilarse a la sociedad, sin, por ello, tener que abandonar necesariamente todas las características del grupo propio. Y en segundo lugar del volumen del grupo inmigrado. Cuanto mayor, más será percibido como una amenaza, más "derechos grupales" reclamará reduciendo las posibilidades de integración e incrementándose las de conflicto.
Lo peor que podía pasar con este tema ha ocurrido: su politización y manipulación. La cuestión de la emigración cubre, en todos los países, varios ámbitos: las leyes, la enseñanza, la lucha política, la cultura, la religión, la economía...
Su
politización provoca un efecto de centrifugación y reparto de
áreas de poder que obstaculizan su solución y la agravan, como
la iniciativa extremista del presidente socialista Zapatero de legalizar caóticamente
la inmigración ilegal, a sabiendas de las trampas que ya existen.
Las posturas extremas (“inmigración fuera” y “papeles para todos”) entran en el terreno ideológico y del fanatismo, y es inconcebible que un gobierno adopte una de ellas, como casi ha hecho el del PSOE (un gobierno débil, deslegitimado y rehén de nacionalismos radicales desleales para con el pueblo y la nación españoles).
En otros temas, como la delincuencia, si bien es cierto que el porcentaje de inmigrantes que delinquen son una ínfima parte de las estadísticas, no lo es menos que la protección indiscriminada que dispensan los partidos y ONGs a los colectivos inmigrantes generan en la población autóctona sentimientos de indefensión y agravio comparativo, acentuado por el agrupamiento de estos delincuentes en bandas y clanes fácilmente identificables.
Tampoco es cierto que los inmigrantes ocupen trabajos que pierden los autóctonos, ya que habitualmente son los más bajos, dependiendo su prosperidad de su capacidad de trabajo y dedicación. La siguiente noticia era publicada el 27 de abril de 2004:
“Los inmigrantes (el 75 %) ganan de media 717 euros al mes, un 55 % más que el salario mínimo... Aún están lejos de alcanzar el salario medio del trabajador español situado alrededor de los 1.550 euros al mes... La construcción y los trabajos que exigen menor preparación son los mejor remunerados... El mercado está fuertemente fragmentado en función del sexo, el tiempo de estancia y la pertenencia a un determinado colectivo... Los inmigrantes van prosperando en sus trabajos, pero sin moverse de estos dos sectores en auge (construcción y agricultura) y para los que apenas existe mano de obra española... El porcentaje de inmigrantes con estudios secundarios es mayor que el de los españoles, aunque les valen de muy poco a la hora de encontrar trabajo... Los marroquíes son los que mejor rentabilizan su capital humano puesto que ya se dedicaban a sus oficios en su país de origen, los hispanoamericanos son los que salen peor parados y los subsaharianos se dedican al autoempleo ambulante.. Los marroquíes y chinos permanecen y los subsaharianos se van, así como los latinoamericanos con excepción de los peruanos.”
Vemos que la integración de grupos como el marroquí, veterano de la inmigración en España, no debería de revestir dificultad si no fuera por su islamismo y las maniobras de su gobierno. En el Magreb viven ya 50 millones que serán 90 dentro de sólo 15 años, con unos problemas de aceptación de la modernidad y de desigualdad social y subdesarrollo que hacen que florezca el integrismo, como lo hizo en Argelia hace una década.
Además,
el mayor problema es la manipulación que efectúan las ONGs y
sobre todo los partidos (que ceden al chantaje de lo “políticamente
correcto” y del que, naturalmente, se aprovechan las asociaciones de
emigrantes).
Cometiendo el mismo error que el resto de Europa, el PSOE está dando poder de representación a determinadas entidades sin percatarse que está concediendo derechos y modificaciones legales a un colectivo diverso (los musulmanes paquistaníes no quieren ser representados por los imanes marroquíes) y que la población siente como agravios comparativos, empeoramiento de servicios e imposiciones, como la inclusión, incondicional, en los servicios sanitarios, la exigencia de mezquitas o el uso del velo en las escuelas, en un país como el nuestro que ha sido objetivo y campo de batalla del Islam. El Islam es una religión expansionista y dogmática por sí misma. El musulmán vive en su religión no sólo una creencia sino una sociedad, una cultura y unas costumbres arcáicas, desiguales y rígidas, que le abocan a una actitud política determinada.
Estas entidades además utilizan el poder adquirido de repente para controlar a su población de modo clientelar y absolutista (muy propensa a la infiltración integrista), no muy distinta a como lo hace el IRA y la ETA con sus poblaciones locales.
Tampoco se entiende socialmente la postura de la "izquierda" y los diversos “nuevos movimientos sociales”, tan progres y antieclesiásticos, de apoyar esclavitudes como los de la mujer musulmana o controles de la población como el de los imanes, los derechos especiales y cambios legales que suponen una fragmentación social, una ghettización y una regresión social y política sin parangón en la tan denostada Historia europea.
Es precisamente el reconocimiento de los derechos “étnicos” y “colectivos”, al modo nacionalista-separatista, el que provoca la deshumanización del inmigrante, muy similar a la practicada por el racismo. En realidad es un proceso ideológico que el propio inmigrante, como persona individual que desea simplemente trabajar y vivir, no entiende.
Esta actitud sólo puede servir para fortalecer actitudes de rechazo y ghettización, como los que se dan en Francia, Italia, Alemania, Holanda o Gran Bretaña, con una juventud inmigrante o de 2ª generación que rechaza a los países de acogida su cultura y derechos para recluirse en identidades cerradas e intransigentes, pero sobre todo agresivas y combativas con el entorno.
La
manipulación de los medios de comunicación,
cada vez más degradados y que por ello necesitan autolegitimarse con
lo “políticamente correcto”, juegan
un papel muy importante en la construcción de una imagen “patera”
para todos los inmigrantes que es humillante y despreciativa para la mayoría.
Este proceso forma parte del desconocimiento real y profundo de las condiciones de vida de la población, tanto autóctona como inmigrante, por parte de los intelectuales y demás profesionales de la manipulación y creación de la opinión pública.
La presión para crear una “sociedad plural” es absurda en su propio planteamiento porque lo plural no se crea, no es un valor, es una aceptación de algo que se forma sólo, no como un proceso provocado, como las políticas nacionalistas que sufrimos, verdaderas dictaduras artificiales, agobiantes, opresivas y represivas.
El inmigrante no es un representante de su país, su raza o su religión, es un inmigrante económico y como tal ha de ser aceptado. No desea ser objeto de fantasías, teorías o ataques “identitarios”. Las identidades son fragmentarias, complejas, contradictorias y múltiples en el mismo individuo (sexo, edad, cultura, gustos...), y sólo forzándolas, totalizándolas (como hace el racismo, el nacionalismo o el integrismo religioso) se vuelven un bloque excluyente y monolítico.