LA OFENSIVA NACIONALISTA
Se dice que la Historia está condenada a repetirse. Según todos
los signos, y aunque no creamos en el determinismo, es así.
La situación que vivimos tras el 11-M y el triunfo del PSO¿E?
es calcada de la acontecida bajo la II República.
El 11-M es una tragedia provocada sobre la que llueven tergiversaciones y
ocultamientos. Uno grande (ETA-ERC-PNV), otros pequeños (corruptelas
en las Fuerzas de Seguridad del Estado, y el ansia de legitimación
del gobierno socialista).
Algo parecido fue la insurrección de 1934, verdadero golpe contra la
II República por parte de una izquierda revolucionaria y de los separatistas
catalanes, a la que han logrado manipular de tal modo que ha quedado como
“legítima” ante el triunfo de la derechista CEDA en las
elecciones.
Lo mismo cabe decir del linchamiento antidemocrático
que está sufriendo el PP. Ya con el caso “Prestige”
(Plataforma nacionalista gallega “Nunca Más”),
y con el 11-M, donde, virtualmente, se ha llegado a justificar a los terroristas
y sus supuestos móviles.
El acoso mediático es similar también
al de entonces. Es descarado el partidismo interesado, manipulador
y falsificador, del grupo PRISA (“El
País”, “Cadena
Ser”, “Tele5”,
“Canal+”)
y las justificaciones a los deseos e ilegalidades de
los separatistas vasco-catalanes.
¡Tenemos un gobierno que
ataca su propia autoridad!.
El
dominio casi absoluto de los medios de comunicación es abrumador, y
si nos referimos a los que tienen mayor penetración, los que exigen
menos del usuario, los audiovisuales, nos encontramos con ejemplos paradigmáticos
del "lobo disfrazado con piel de cordero", donde bajo la apariencia
aséptica de programas de distinta naturaleza ( y más que dudosa
calidad y dignidad) se materializa la estrategia nacionalista de descalificación,
acoso y agresión a todo cuanto representa nuestro país y su
unidad, así por ejemplo la manipulación de Tele5
es simplemente escandalosa (“Crónicas
Marcianas”, “Pecado
Original”), y los guiños a las consignas nacionalistas
son constantes, incluso en series como “Policías”,
“Los Serrano” y
sobre todo “Siete Vidas”,
copados por actores, guionistas o directivos de producción vasquistas
o catalanistas.
En “CM” han aparecido
pancartas entre el público de “Cataluña
no es España”, y la campaña que los
esperpentos de “Hotel Glam”
hicieron contra el PP por el “Prestige” o por Irak fue aberrante.
Los guiños catalanistas de Mercedes Milá, presentadora de “Gran
Hermano” son constantes, y la introducción, nada
casual, de regionalismos en este programa a través de la presencia
de banderas y dialectos de varios de sus concursantes también.
Para competir con el repugnante programa de Tele5 (CM),
Antena3 ha contratado al reconocido separatista catalán Andrés
Buenafuente, especialista en reírse de cualquier aspecto de la sociedad
española y no tocar a la totalitaria sociedad catalana.
Es evidente la alianza entre ciertas empresas
mediáticas de capital vasco-catalán, la izquierda destructiva
del PSO"E"-IU, la izquierda marginal que aprovecha toda movilización,
y los separatistas de toda catadura, capitaneados por CyU y ERC-PNV.
Ello configura un ambiente coactivo, presente
hace ya tiempo en las zonas vasca y catalana, donde el silencio ante desmanes
e injusticias es omnipresente, produciendo apatía y desinterés.
Como en la Alemania nazi.
El acoso al PP es debido a su carácter
de partido “de orden”, más que por su carácter ideológico,
hoy muy débil en todos los partidos. El PSOE lo demoniza en su provecho,
sin interesarle la degradación institucional y nacional. Los separatistas,
que ya controlan sus territorios, desean eliminarle como último (y
débil) baluarte político nacional español.
Exactamente igual que el trato dado a la CEDA, la derecha leal a la República,
cuando accedió (parcialmente) al poder tras su victoria en 1934, por
parte de una izquierda abocada a la revolución y aliada a los separatistas.
Es
evidente el triunfo de la tergiversación de la Historia por parte de
la izquierda, amparada en una inexistente
“resistencia” antifranquista,
constantemente jaleada en sus medios, así como de la implantación
coactiva y descalificadora de un determinado lenguaje para definir al adversario
político.
Otra víctima de aquella época
fueron los católicos, hoy atacados en todos sus fundamentos vivenciales
(familia, ética, matrimonio, entorno) por la alianza “progre-multiculti-eco-homosex”,
que sin embargo, enaltece una religión reaccionaria, retrógrada,
e intolerante como el Islam.
La Iglesia, cobarde como la derecha,
no hace más que ceder y estructura un discurso salpicado en exceso
de fe y evangelización y poco de dinámicas sociales y represión
política. Mientras, es fragmentada interiormente
por la infiltración separatista.
Esta infiltración alcanza, en extremos
inimaginables, a todos los ámbitos e instituciones. Personalidades
tanto de la derecha como de la izquierda utilizan la fragmentación
para reforzar su poder local, a nivel municipal o autonómico.
Otros se rinden ante su palabrería política y los apoyan. La
aberración autonómica, ultra-costosa, construida para integrarles,
está siendo el vehículo de la disolución nacional y política.
Hitler y Lenin ya utilizaron los medios democráticos del sistema para
derribarlo.
Los cretinos de la extrema-izquierda y la extrema-derecha
están también infectados de este virus de las reivindicaciones
separatistas, disfrazado de “internacionalismo” y “europeismo”
(¿?).
No se entiende el constante machaconeo contra el “españolismo”
con la mezcla de “europeidad”
sin sentido y de nacionalismo localista, que nada tiene de “descentralizado”
y está siendo 15 veces más costoso que un Estado central fuerte.
Diarios
teóricamente deportivos como el “Sport”
lanzan consignas claramente políticas y sectarias, y de modo más
sibilino, también “La Vanguardia”
o “El Periódico”,
distribuyen adhesivos con las letras “cat”
para el coche. La ocupación de la presidencia de la Federación
Internacional de Jockey-patines por un nacionalista catalán le permitió
estructurar una operación alevosa e ilegítima para crear una
selección “nacional”
catalana, etc...
El predominio de las legitimaciones
culturales proviene no sólo de los nacionalistas, es impulsado por
las recientes evidencias de las incompatibilidades entre economía y
política, y ocurre lo mismo entre economía y cultura.
La colaboración entre izquierda y nacionalismos
va más allá de los cálculos electorales.
Si la mayoría que disfrutaron los socialistas en la anterior legislatura
generó roces, hoy es ya una alianza sólida, como en los años
30, a pesar de los hechos negativos en términos de desigualdades, vulneración
de derechos, “asimetrías” institucionales, agravios comparativos,
etc.
Este régimen está podrido y la
democracia se ha convertido en farsa y tiranía que derribarán
cuando la hayan vaciado por completo y el cascajo que quede no les sea de
ninguna utilidad.
En este contexto, la política pierde
sus referentes clásicos y cae en todo tipo de ridículos y aberraciones.
Hemos visto a progresistas defendiendo a radicales islámicos y atacando
a católicos, a nacionalistas proclamándose europeístas
y a racistas aliándose con ultraizquierdistas.
Pero las mayores aberraciones provienen, como
no, de los aberrantes nacionalistas, expertos en acusar a los demás
de hacer lo que ellos hacen en la realidad, y en encubrir sus abusos e ilegalidades
con bonitas palabras (“democracia”, “pluralidad”...)
que ellos niegan a los demás con descalificaciones.
Por otra parte, sería extremadamente
ingenuo creer que los problemas acabarían deshaciéndonos de
esos territorios nuestros para dárselos a esa gentuza. Lo que ellos
pretenden no es sólo la independencia sino reventar y desunir al resto
para seguir explotándolo.
Históricamente, el móvil económico ha estado muy presente en la formación y desarrollo de los nacionalismos: la economía como saqueo y coacción. Para no hablar del efecto dominó que tendría en el resto tales procesos secesionistas, plagados de provocaciones e ilegalidades manifiestas, tanto en el aspecto territorial como en el de los derechos civiles.
Cuando
un ladrón, un extraño, entra en tu casa, no le cedes parte de
ella, lo echas a patadas. La solución es expulsar, a los que pretenden
robarnos, oprimirnos y destruir nuestro país, prohibiendo nuestro idioma,
nuestras costumbres y nuestros antiquísimos símbolos.
Y lo mismo vale para nuestros enemigos históricos,
traicioneros desde siempre, los de las túnicas y el velo, los que se
aliaron con los nacionalistas para el 11-M y que utilizan sus mismas tácticas
y exigencias.
No olvidemos que la deslealtad y el aprovechamiento (que no ninguna “diferencia
nacional”) han sido constantes en las élites y sectores privilegiados
catalanes, y vascos, en todas las épocas (nada hay de auténtico
en sus supuestas e inventadas a toda prisa "culturitas", sus orígenes
afrancesados, extranjerizantes, son evidentes, empezando por su "idioma",
así como reinventado de dialectos de valle es el vasco).
No hay más alternativa, porque ellos
ya dicen que "no pararán nunca".
Los ladrones siempre quieren más.
Aquellos que somos conscientes, sin tapujos de ninguna ideología, muertas ya todas, tenemos la obligación de alzar nuestra voz y nuestro puño porque en este momento nosotros somos la nación y el pueblo, y debemos enfrentarnos a nuestro propio destino.
Sólo
nos queda estructurar la resistencia, solos, con nuestras propias, claras
e irrenunciables metas de crear un régimen estable de unidad nacional
estructurada, que falta en la Historia española y es causa de nuestros
problemas en los últimos dos siglos. Por culpa de ellos y de los que
los admiten.
Navegar con este aparejo en todos los ámbitos políticos y conquistar
el Estado. Nuestra aspiración es seguir SIENDO, ya que siempre fuimos.
Nada menos. Porque no nos dejan los que nada son ni fueron jamás, los
enanos mentales y los grupitos de intereses puntuales y prosaicos, esos
que hablan de estabilidad con los desestabilizadores, de paz con los que nos
agreden y de libertad con los opresores.
Porque debemos ser conscientes
de que el campo político es muy estrecho y deshabitado, a pesar de
estar poblado por los fantasmas de los grandes conceptos de las ideologías
de los últimos siglos.
Sólo un puñado de políticos e intelectuales afectos a
ellos lo manejan, el resto son burócratas, grupos de intereses sociales,
sectores económicos que sufren sus chantajes, militantes fanatizados
o con aspiraciones o frustraciones que compensar, etc, pero ninguno de ellos
son significativos ni tienen verdadero rango político, son meros peones.
Las “revoluciones”
como la rusa o la francesa las hicieron pequeños grupos de intelectuales
políticos, minorías con ideas fijas y constantes.
Hoy basta con entender los movimientos que generan las dinámicas sociales
y no dar crédito a las manipulaciones.
Faltan, evidentemente, las grandes metas, que
parece que sólo poseen los nacionalistas y los islamistas asesinos.