Racismo y manipulación
Hace una década Alemania se veía sacudida por algaradas racistas contra albergues de inmigrantes, especialmente turcos y de países del Este europeo, atraídos por la legislación que ampara a supuestos refugiados “políticos”.
Las características de esos incidentes son calcados de los que sacuden nuestro país desde hace veinte años: oleadas de inmigrantes que no pueden absorber los mercados locales, grupos de delincuentes o de violentos que agreden a la población local, reacción violenta de esta, presencia de grupos de extrema-derecha (nazis), acusaciones de “racismo” de las ONGs que trabajan con los inmigrantes, intervención y escalada de reivindicaciones de los inmigrantes, intervención de las instituciones estatales, problema sin solucionar para la población local, etc... Los casos más publicitados en España han sido los de El Ejido, Tarrasa y Martos. El primero fue el que más escándalo mediático provocó.
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El Ejido
El Ejido es un pueblo de la provincia de Almería volcado en la agricultura de invernaderos. El día 6 de febrero de 2000, a las once, muere apuñalada en un mercadillo una chica de 26 años, casada y madre, al intentar evitar un robo por parte de un marroquí de 20 años. El anterior día 22 un agricultor moría a manos de otro marroquí. Se llevó a cabo una manifestación de repulsa de 10.000 personas.
A
la 1,00 comienza una manifestación y con la noche llega la violencia,
ataques a comercios árabes y agresiones a las autoridades regionales
desplazadas al pueblo. Comienzan las reacciones de las ONGs (Atime,
Movimiento contra la Intolerancia, Almería
Acoge).
Al día siguiente reacciona la prensa, especialmente “El País”, y los partidos políticos (PSOE, CCOO...). Se publican multitud de estadísticas sobre el “racismo” de la sociedad española: “El 10 % de los escolares españoles muestran actitudes xenófobas muy arraigadas”. “Los inmigrantes repatriaron 106.000 millones a sus países de origen en 1999”.
El día 8, La COAG, por boca de su secretario de organización, Antonio Oliver, y diversos empresarios acusan a los marroquíes de violaciones, delincuencia y niegan el “racismo”. Se manifiestan sólo contra los árabes, excluyendo a rumanos o negros. El mismo día los inmigrantes bloquean carreteras, y al siguiente declaran una huelga con piquetes. La policía detiene a 17 participantes en los primeros incidentes.
PSOE,
CyU, IU y CCOO se enfrentan al PP municipal. El día 11 se produce una
agresión de un piquete a un agricultor. Las pérdidas ya llegan
a 8.000 millones de pesetas. El Gobierno empadrona a 5.000 irregulares, les
promete casas y abre la posibilidad de indemnizaciones.
La huelga se acaba el día 14 pero continúa la ofensiva diplomática
marroquí.
“El País” y “El Mundo” inician una particular cruzada contra el PP, que se opone a las negociación y la el 17 el Gobierno “pide disculpas” a Marruecos.
El día 22 los inmigrantes exigen ser propietarios de sus viviendas, el 24 se pactan las indemnizaciones.
Martos
El caso de Martos, en Jaén, en 1986, como en el de Mancha Real o Torredongimeno, ejemplifican casos similares pero de menor extensión: vecinos del pueblo atacan e incendian grupos de viviendas marginales gitanas espoleados por las continuas agresiones y robos de este grupo de familias, y cuyo detonante es la agresión de uno de estos a un vecino por negarle un cigarrillo.
Las ONGs, partidos y medios de comunicación se apresuraron a calificarlo de agresión racista.
Tarrasa
En Tarrasa, en julio de 1999, los robos y altercados de un grupo de jóvenes magrebíes en el barrio de Can Anglada movilizan a los vecinos a una manifestación a la que acuden “cabezas rapadas” neo-nazis que provocan incidentes, y la movilización posterior de la extrema-izquierda (copada por los nacionalistas catalanes).
Esta situación se enmarca en un contexto de trastornos y esquizofrenias en el nacionalismo catalán. Así las declaraciones xenófobas “identitarias” de la esposa de Jorge Pujol, Marta Ferrusola, y de Heriberto Barrera, de la vieja guardia de ERC, en marzo de 2001, ponen de manifiesto la contradicción nunca explicitada entre la ideología real y las declaraciones “progresistas” y “políticamente correctas” del nacionalismo.
También revelan la falsedad del “oasis” catalán y de su paz política impuesta con la opresión y la corrupción corporativa nacionalista.
Este hecho se puso de manifiesto más claramente en los incidentes de Bañolas, el 19 de julio de 1999, en el que fueron incendiadas unas viviendas de inmigrantes subsaharianos y una mezquita en Gerona.
El grado de alarma y manipulación del nacionalismo catalán llegó a su máximo nivel con la información del hecho en TV3, la tv autonómica controlada por el nacionalismo y una de las más manipuladores de Europa ( según organismos internacionales de control de medios ): entrevistaron a una vecina que despotricaba histérica contra los inmigrantes y que debía de ser una de las pocas “castellanohablantes” del lugar. Así los catalanes nacionalistas quedaban a salvo de la mancha racista. Este "tema" lo han representado muchas otras veces.
El Carmelo
En
el caso del socavón del Carmelo, en Barcelona, un barrio eminentemente
obrero y por lo tanto de “castellanohablantes”
(españoles), en las primeras imágenes
de protestas entrevistaban a afectados de ese perfil, de habla popular.
Pero al entablarse conversaciones para las indemnizaciones, se hacían a catalanes en esa lengua, con una imagen de mayor empaque social y cultural para estos. Resuelto el problema, traspasado al ámbito político por el escándalo de las comisiones del 3%, todo volvía a su cauce: en la tv catalana sólo salen catalanes, y los “otros” sólo aparecen para las imágenes negativas. Manipulación, ingeniería social, propaganda subliminal.
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La
aparición y auge como tribu urbana, también
“identitaria”, de los “cabezas
rapadas” (“skinheads”)
neo-nazis, verdaderos “tontos útiles”,
(como siempre lo es la extrema-derecha) como
contrapartida perfecta del sistema de lo “políticamente correcto”
y chivos expiatorios de la falta de enemigos internos de este
(aparte de los extremistas en el seno del movimiento antiglobalización,
los ecologistas, las ONGs, etc), ha producido una acentuación
del carácter ideológico del tema de la inmigración suplantando
a los imperativos económicos, reales, del sistema (el
llamado “ejército de reserva”
laboral), y relegando, como siempre, a las verdaderas necesidades de la población
local (orden, seguridad, presión fiscal...).
La operación de encubrimiento ideológico llegó a su cima con el 11-M, ataque islámico al corazón de España (“Al Andalus” en la terminología musulmana militante), que nada tuvo que ver con la guerra de Irak, como han demostrado las investigaciones del diario “El Mundo”, y sí mucho con la pinza terrorista ETA-Islam y la ayuda política del frente nacionalista ERC-PNV-HB-PSC-CyU, ante un gobierno socialista no sólo débil sino renegado.
No estamos ante un racismo de la “diferencia” ni siquiera ante un racismo de crisis económica en competencia por los puestos de trabajo, sino ante un acto de defensa frente a una ofensiva en la que sólo participan los musulmanes fanatizados por el integrismo que viven sus sociedades y su religión, y la manipulación de sus servicios secretos y regímenes (Marruecos, Irán , Arabia Saudí...).
Nada existió jamás de aquella ridícula expresión franquista de “la tradicional amistad con los pueblos árabes”, puesto que por parte de ellos jamás se manifestó, ni siquiera por los saharauis tras la ayuda personal de muchos mandos militares para que pudieran resistir el avance marroquí en 1975, por no hablar de la guerra de Ifni en el 56.
Si
examinamos la trayectoria y características de los terroristas, tanto
del 11-S como del 11-M, veremos el verdadero carácter y potencial del
peligro islámico para nuestra nación. No se trata de fundamentalistas
separados de su comunidad de origen por su rigorismo y elitismo, sino de individuos
participantes en la sociedad de acogida, siquiera de modo tangencial, y vinculados
a su comunidad de origen, de clase alta en el caso de los saudíes del
11-S, y de delincuentes vulgares (los ejecutantes) en el del 11-M.
Fanatizados
por su propia posición en la sociedad occidental y rebelándose
contra su papel en ésta a través del “retorno” a
un Islam supuestamente original, los presupuestos integristas modernos les
proporcionan una identidad y una justificación.
Cualquiera puede convertirse en un suicida terrorista sin que ningún perfil previo pueda preveer su aparición. No lo lograron los israelíes que se enfrentaron tanto a las “familias bien” de Hamas como a los marginales desesperados de Yihad a los que la organización les asegura sueldo y casa a su viuda y huérfanos, algo muy importante en un medio de escasez y paro provocado por sus propios extremistas y dirigentes corruptos de la OLP.
En ese sentido, la "comunidad" musulmana existe como tal mucho más que otras, y sus características internas, basadas en una religión que es al mismo tiempo una política y una forma de vida ritualizada, la convierten en un vivero de militancia constante para los integristas. No hace falta decir que la existencia de esa comunidad rechaza por sí misma nuestra forma de vida, nuestra Historia y nuestra existencia como nación e incluso como cultura.
Por último, las políticas de las ONGs, destinadas a crear y mantener una clientela de peticionarios ante la Administración, que justifique su ideología y sus aspiraciones políticas de cuotas de poder, no hacen sino envenenar los conflictos y muchas veces crearlos, siendo el contrapunto exacto de las organizaciones racistas y neo-nazis, como ya quedó demostrado en los casos de El Ejido y Tarrasa.
Una sociedad enferma como la nuestra, y desmembrada políticamente por la corrupción y decadencia de los partidos, acosada además por los vampíricos nacionalismos disgregadores, no puede aceptar la “tolerancia de la intolerancia”, la permisividad bajo la excusa de la “diversidad”, de actitudes nada “culturales” como el del velo, la castración femenina, las violaciones y abusos o la venta de niñas, ahora amparadas por el torcido “progresismo” de una izquierda perdida.