La teoría de la conspiración es una estructura ideológica por la que todo movimiento, dinámica o alteración de tipo social, económico o político queda explicada con un culpable único, poderoso y permanente.
Según la teoría de la conspiración el curso de la Historia (y de las sociedades) está condicionado y dirigido por un reducido grupo de personajes poderosos, y sin escrúpulos, cuyo objetivo es controlar primero y después dominar un país tras otro y finalmente a toda la humanidad. Se trataría de crear un "nuevo orden mundial" al servicio de sus intereses.
Según los propagadores de ésta teoría todos los males que nos sobrevienen son consecuencia del plan urdido por esos "dueños del mundo" que operan en la sombra. Se acusaba de tal "conspiración", anteriormente, a los "judeo-capitalistas", a los judeo-bolcheviques" y actualmente a los "americano-sionistas" y a los señores de la "globalización".
Esta concepción es sostenida por la progresía, la extrema izquierda, los nacionalistas, los populistas y los movimientos antiglobalización, es decir todos los que se auto-arrogan, en exclusiva, el hablar en nombre de "los pueblos".
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Los hermetistas El antisemitismo La Internacional Negra del terror Conclusión
Los
hermetistas
Las teorías de la conspiración
aparecieron a principios del siglo XVII, con los cambios sociales y políticos
que darían lugar a la Ilustración. Antes, en la sociedad del
Antiguo Régimen, toda disidencia se daba en el plano exclusivamente
religioso o cultural.
Se
publicaron numerosos manifiestos satíricos contra las monarquías
y la Iglesia católica, especialmente contra los jesuitas, obras individuales
que obtienen difusión. Es en 1614 cuando se publica la “Reforma
general y común del entero universo, seguido
de la Fama Fraternitatis de la Honorable Confraternidad de la Rosa-Cruz, dirigido
a todos los sabios y soberanos de Europa, junto con una breve respuesta del
Señor Haselmeyer quien por ese motivo ha sido arrojado a la cárcel
por los Jesuitas y encadenado en una galera. Ahora impreso y puesto en conocimiento
de todos los espíritus sinceros. Publicado en Kassel por Wilhem Wessel”.
Y a partir de entonces se multiplican y la misteriosa secta, que nadie veía,
parecía propagarse. La reforma protestante les es adjudicada a ellos,
al figurar en el escudo de Lutero una rosa y una cruz. También la revolución
puritana inglesa.
Robert Fludd publica varios opúsculos apologéticos afirmando
su existencia. La Gran Fraternidad Blanca,
compuesta por 36 invisibles sabios, Señores
del Mundo que transmiten un núcleo de sabiduría
milenaria, hermética, a través del tiempo, del que los Caballeros
Templarios no serían más que una fase o derivación.
Todo esto era inexistente, una necesidad de
creencia ante la llegada de nuevos tiempos y nuevas sociedades, una pura
“leyenda urbana”.
Es en el siglo XVII, en Gran Bretaña, donde en las logias de albañiles
empiezan a ingresar miembros de la nobleza, incluso reyes, y otros no pertenecientes
al oficio, transformándolas en sociedades de pensamiento, iniciando
el camino del “conocimiento secreto”
y del juego de las sectas: el 16 de octubre de 1646 Elie Ashmole, el miembro
más activo del Círculo Católico de Londres ingresa en
una logia londinense. Fundará al año siguiente el “Colegio
Invisible”, del que nacerá 17 años después
la “Royal Society”,
y de esta la Masonería moderna. Esta nace el 24 de junio de 1717, con
la fundación de la Gran Logia de Londres. La primera logia francesa
se crea en 1725.
La condenación ex-cathedra surgirá en mayo de 1738, renovada
en junio de 1751, con motivo de estas Constituciones anticristianas establecidas
en la Gran Logia de Londres por James Anderson, un turbio personaje que al
parecer no fue oficialmente masón nunca; por admitir gentes de otras
religiones (protestantes, y judíos desde 1723), por el secretismo y
por proponer una “venganza”, ambos asociados a aspectos políticos
subversivos.
Habían existido condenas anteriores: 1189, 1326, 1648 y 1665. Y actualmente,
en 1983.
En el siglo siguiente será la Masonería
la que tomará el relevo de la centralidad en la teoría de la
conspiración, que será atacada por la Iglesia (bula papal de
Clemente XII en 1738) y relacionada con las sociedades secretas de conspiradores
políticos. El documento masónico más antiguo data de
1601.
En
este ambiente elitista se mezcla a los templarios y rosacruces con los masones
y en 1756 se habla por primera vez de los Superiores
Desconocidos, en el seno de la Estricta
Observancia Templaria fundada por von Hund. En 1785 Cagliostro
funda el Rito Antiguo y Primitivo masónico
de Menfis, que multiplica a 90 los originales 3 grados y los 32 del rito escocés,
lo que sirve para acrecentar el misterio y profundidad del supuesto “secreto”.
Nobles y militares ingresan en las logias. En 1787 hay más de 700 sólo
en Francia. A finales de siglo ya están infiltradas por revolucionarios
socialistas.
Babeuf, protocomunista jacobino, es rechazado, pero lo logra su compañero
Buonarotti, y su discípulo Blanqui, y Proudhon y Reclús, apóstoles
del anarquismo.
Cuando llega el siglo XIX, los gobiernos europeos
están alarmados por la proliferación de grupos secretos. Y tenían
motivos. En 1868 el fundador del anarquismo, el noble ruso
Mijail Bakunin, crea la Alianza Socialdemocrática,
futura I Internacional Obrera,
copia de los Iluminados de Baviera, secta jacobina ilegalizada en 1777 ante
el descubrimiento de sus planes revolucionarios y criminales.
Esta rama de revolucionarios llegará a predominar frente a la esotérica
y a la ascendente racionalista. Gracias a su labor, en febrero de 1880 nacerá
la masonería simbólica libre,
de la escisión de 36 logias francesas.
En
1877 el Gran Oriente francés masónico se proclama laico y radical.
Y siete años después el Papa León XIII condena a la masonería
en su encíclica “Humanum Genus”.
Es entonces cuando los racionalistas y revolucionarios se unen masivamente
a ella y la abandonan los católicos. La fiebre continuará en
el XX, con el resurgir de la “Anticus
Mysticus Ordo Rosae Crucis”, la “Rosicrucian
Fellowsihp”, la “Fraternitas
Hermética” y otras en los EEUU, y en Europa la
“Orden del Temple de la Rosa-Cruz”
o el “Gran Priorato de las Galias”.
La masonería dice disponer de un secreto,
relacionado en realidad con todos los temas que interesaban a los miembros
diversos que formaban las logias: desde la alquimia al racionalismo, de los
templarios y la Cábala a las conspiraciones políticas. La masonería
se nos muestra así como un cajón de sastre al servicio de las
maquinaciones o ilusiones de quien le interesa ingresar en un ambiente multiforme
y sólo formalmente secreto.
Dice apoyarse en un saber muy antiguo, del que formarían parte los
clásicos medievales y griegos, pero si se citan en sus opúsculos
es simplemente porque estos son posteriores a ellos, y no anteriores. Huelga
decir que ninguna prueba citada en estos ha podido ser confirmada.
A
finales de siglo, en 1798, el padre francés Barruel publica, como reacción
a la revolución francesa, sus “Memorias
para servir a la historia del jacobinismo”, donde
acusa a este de haberse originado como sociedad secreta tras la desaparición
de los templarios con el fin de destruir la monarquía y el papado,
habiéndose apoderado de la masonería y teniendo como jefes a
los Iluminados de Baviera. Un
verdadero compendio de los miedos de la época.
Sólo faltaba añadir uno. Las ideas ilustradas que se hallan,
supuestamente, tras la política napoleónica, alcanzan también
a los judíos. Napoleón mantuvo contactos notorios con la judería
francesa, y los extremistas lo han acusado de ser masón. Ha nacido
el “complot judeomasónico”
en el seno de la anti-ilustración. Será el escritor perteneciente
a la nobleza, Gougenot des Mousseaux
el que, en 1869, publicará “El
judío, el judaísmo y la judeización de los pueblos cristianos”,
donde se les acusa de satánicos y relacionados con la masonería
y los templarios.
Todo esto ha sido obra de grupos muy reducidos en los que una personalidad
aislada pero con iniciativa, contactos o carisma puede encontrar fácilmente
eco, al estar ya en ciernes la sociedad de la información y las masas
(la revolución francesa será la revolución de los periodistas
y los abogados).
La masonería pervirtió al liberalismo.
Su facción más subversiva participó activamente en la
pérdida de nuestros territorios americanos y en la colaboración
con la invasión napoleónica. Fue sostén de todo tipo
de revueltas y siempre terminó apoyando dictaduras y regímenes
oligárquicos en pos de una utopía elitista y totalitaria, precursora
de la propuesta por la izquierda.
También sus miembros estuvieron en la vorágine y caos de la
I y II República, tanto en la legislación anticlerical como
en la represión, influyendo en la radicalización del PSOE, hasta
tal punto que Stepanov, delegado de la Internacional Comunista (Komintern)
en España, denunció la infiltración de la masonería
en todos los estamentos del régimen del Frente Popular, incluidos el
Ejército y el propio PCE. El propio dirigente del ala izquierda socialista,
Largo Caballero, reconoció esta relación, especialmente útil
por la conexión de la masonería con mandos militares.
Asimismo, la reconstrucción de la masonería española
durante el franquismo correspondió a un catalanista destacado en el
campo financiero: Luís Ferrer Salat, hermano del ex-presidente de la
patronal CEOE, Carlos, ambos primos de José Vilarasau, presidente de
la Caja de Pensiones de Barcelona, pulpo financiero catalán que hoy
clava sus tentáculos en el sector energético español.
Este Luís fue miembro del Partido Nacionalista Catalán, de Estado
Catalán y de ERC por último.
Estas son las verdaderas conspiraciones, y no
las esotéricas. Los masones que ingresaban persiguiendo secretos misterios
quedaban a menudo defraudados por el afán económico, el arribismo
social o la subversión política del resto. O
bien eran pasto de estafadores y vividores, creadores de sectas totalitarias
basadas en “revelaciones” personalistas como los mormones, adventistas,
testigos de Jehová, o gnósticos y místicos de todo tipo
(Pike, Crowley...).
Durante la II República, numerosos republicanos y socialistas fueron
activos miembros de la masonería: 17 ministros, 17 directores generales,
20 generales... Diego Martínez Barrio, Alejandro Lerroux, Fernando
de los Ríos, Casares Quiroga, Largo Caballero, Manuel Azaña,
Luís Companys, Marcelino Domingo, Nicolau d’Olwer, Luis Jiménez
de Asúa, Emiliano Iglesias, Ricardo Samper, Álvarez del Vayo,
Pedro Rico, Luís Araquistáin, Rodolfo Llopis, Portela Valladares...
La presencia masónica se dio sobre todo en el PSOE, PCE, Partido Radical,
Partido Radical-Socialista, Acción Republicana (después Izquierda
Republicana, de Azaña) y ERC.
El antisemitismo
El antijudaismo viene de muy atrás en
el tiempo, producto de su carácter de minoría religiosa especializada
en el comercio o las finanzas, ante la prohibición de poseer tierras,
y su cercanía al poder debido a esta especialización que el
propio poder le adjudicaba. Numerosos descendientes de judíos, convertidos
a la religión oficial, pertenecían a la élite política
y nobiliaria.
El
antisemitismo surge como excusa ideológica de sectores de la nobleza
y de la baja nobleza, así como de movimientos populares.
No es una característica humana ni eterna, ni producto de explicaciones
psicológicas que niegan o afirman la validez del antisemitismo.
La excusa económica es ridícula en la etapa moderna del siglo
XIX. Cuando surge, la comunidad judía ya había perdido sus funciones
públicas y su influencia. Cuando Hitler llega al poder los bancos alemanes,
históricamente centro del “poder judío”, ya no eran
propiedad de estos. En Francia, cuando estalla el caso Dreyfus, bajo la Tercera
República, la comunidad judía francesa había desaparecido
de todas las posiciones importantes, aunque no de la escena política.
En Austria, la caída del Imperio supuso la decadencia de la influencia
judía, y fue entonces, bajo la República, cuando apareció
el antisemitismo que tanto influyó en Hitler.
Del mismo modo no tiene sentido hoy, cuando la economía está
liderada por grandes multinacionales que se fusionan con otras, dirigidas
por consejos de administración formados por profesionales que se limitan
a su papel de gerentes de grupos de accionistas anónimos y cambiantes.
Los capitanes de industria han desaparecido casi todos, en Europa, América
y Japón, y los Bill Gates actuales nada tienen que ver con las finanzas
mundiales.
Es la riqueza que no lleva aparejada una función social o poder visibles
(o aislamiento social sin representación política) la que provoca
una deslegitimación y genera resentimiento. En el caso de la España
del siglo XIV, como ya hemos explicado, fue la actitud crítica y marginadora
de la cristiandad del resto de Europa la que forzó la expulsión
de la judería española, después de que hubiera logrado
también la expulsión de otros países.
Aparecen
a finales del siglo XIX los “Protocolos
de los Sabios de Sión”,
una serie de 24 declaraciones atribuidas a un Sanedrín hebreo que componen
un supuesto programa político y social de dominio mundial. Esta “conspiración
mundial” engloba todo tipo de movimientos, desde incentivar la
libertad de prensa para luego implantar la represión informativa, a
criticar el liberalismo para después impulsar un programa de control
de las multinacionales. Propugnan la revolución y pretenden fomentar
la igualdad, etc.
De hecho, sus datos hacen referencia a situaciones determinadas de la política
francesa de finales del siglo XIX, en concreto como críticas de las
iniciativas sociales liberales. Los Protocolos ya circulaban, con diversos
nombres, desde 1884, y muchas de sus referencias no son específicamente
antisemitas, sino antimasónicas y, en todo caso, contradictorias, como
si hubieran sido superpuestas.
Pasaron a Rusia donde sirvieron de arma en la lucha de facciones (Papus/Nilus)
en el entorno del zar Nicolás II, y fueron publicados en 1905 por los
fundadores de la “Unión del Pueblo
Ruso”, la Centuria Negra,
la extrema-derecha controlada por el poder zarista, bajo el título
de “Lo Grande en lo Pequeño: el
Anticristo es una posibilidad política inminente”,
y ampliamente difundido en la Iglesia Ortodoxa.
También los utiliza un miembro de esta organización extremista,
funcionario e infiltrado de la policía secreta (Okrana) en los grupos
revolucionarios rusos, experto en provocaciones y falsificaciones, Pierre
Ivanovitch Rakovsky.
Pero los orígenes de los Protocolos no
son estos. Ya en 1921 el diario “Times” publica una investigación
por la que demuestran que su origen es una obra de Maurice Joly titulada
“Dialogue aux enfers entre Montesquieu
et Machiavel”, publicado
en Bruselas y que era un panfleto liberal contra Napoleón III. A su
vez este libro era copia de otra obra del escritor francés Eugene Sue
donde se atacaba a los jesuitas: “Los
misterios del pueblo”.
Cuando los bolcheviques llegan al poder en la estela de la revuelta contra
la guerra de 1914, el antisemitismo se dispara. Una parte de los revolucionarios
eran judíos, que nada tenían que agradecer a un régimen
que provocaba algaradas antisemitas, y que además tenían la
educación para ser intelectuales. Con todo, había menos judíos
entre los bolcheviques que en otros partidos revolucionarios, como los social-revolucionarios.
Vuelve a surgir la teoría de que los “judeo-bolcheviques”
impulsan y controlan tanto el capitalismo como el comunismo, que volverá
a aparecer en el nazismo alemán adonde llegó a través
de emigrados rusos y alemanes como el autonombrado ideólogo del nazismo,
Alfred Rosenberg. Poco les importó que el porcentaje de judíos
rusos en la emigración fuera desproporcionado.
Los opúsculos antisemitas se multiplican a finales del siglo XIX cuando
se publican en Rusia los Protocolos como muestra del plan de “la
alianza de los masones con los judíos”. Posteriormente
serían atribuidos a la Alianza Israelita
Universal, y cuando desapareció esta en 1920, al Congreso
Sionista Mundial.
El antisionismo ha sido el sustituto del antisemitismo
religioso y político, tanto para la extrema-derecha como, especialmente,
para la izquierda de toda tendencia y grado. El
ataque irracional al Estado israelí, frente al fanatismo criminal y
falto de escrúpulos de sus oponentes árabes y palestinos, un
conflicto pequeño y lejano para el mundo occidental, es una buena muestra
de la visceralidad y manipulación de la izquierda, asociada al antinorteamericanismo.
La
Internacional Negra del terror
Desde la crisis del petróleo en 1973, el mundo occidental sufre una serie
de alteraciones y cambios. En el campo político, se
da un crecimiento de los extremismos de izquierda y de derecha ante la perspectiva
de crecimiento de la izquierda parlamentaria comunista en el
contexto de dicha crisis.
Tras el mayo del 68 francés y la victoria gaullista posterior, es en
Italia, con el PC más fuerte de Europa, y más volcado en el parlamentarismo,
donde se va a librar esa batalla política.
A
finales de 1969 estallan bombas en Milán y Roma, en 1970 se desarticula
un supuesto golpe de Estado capitaneado por el dirigente neofascista, príncipe
Juno Valerio Borghese, en el 74 estalla la bomba en el tren “Italicus”
y diez años después otra en la estación de Bolonia. Es
la “estrategia de la tensión”,
atribuida a los fascistas desde la publicación del artículo del
diario “Corriere della Sera”
el 14 de noviembre de 1973. Hablaba de una organización secreta estructurada
en “legiones”, “La
Rosa de los Vientos”, célula de los “Justicieros
de Italia”, organización a su vez perteneciente
al “Comité de Acción para
el Despertar Nacional”.
Hoy se sabe que los neofascistas colaboraron,
por convicción anticomunista o manipulados, con los servicios
secretos italianos, el SIFAR-SID y el SISMI en operaciones destinadas no tanto
a desestabilizar al Estado como a que este reaccionase y se reforzase.
Fue
desarticulada la logia masónica Propaganda-2,
formada por altos cargos y dirigida por Licio Gelli, relacionada con las llamadas
“logias masónicas de la OTAN”,
e implicada en estos hechos y que muestra que las conexiones con las más
altas instancias del Estado priman sobre los grupos fascistas como “Avanguardia
Nazionale”, “Ordine
Nuovo” o los “Núclei
Armati Revoluzionari”, acusados hoy por sus miembros más
ultramontanos de marionetas.
Una explicación muy similar fue dada por disidentes neofascistas españoles
del golpe de Estado del 23-F.
En concreto, el líder de AN, Stefano Delle Chiaie, fue absuelto en 1989
de todos los cargos por su participación en los atentados de masas de
los que se le acusaba.
Otro plan de manipulación del terrorismo
neofascista sería el 3K,
por el que agentes de la Stasi, la antigua policía política de
la Alemania comunista, estarían incentivando y provocando algaradas racistas
en Alemania, como parte de un programa destinado a favorecer intereses económicos
y políticos norteamericanos e italianos.
Intereses corporativos bien definidos y nada ideológicos
son el trasfondo de las fantásticas teorías conspirativas que
arrancan del siglo XVII hasta hoy.
Estas
conspiraciones se basan en las publicitadas “Internacionales
Negras”, organizaciones de coordinación
de los grupos neofascistas y nazis a nivel europeo o mundial.
Derrotados estos regímenes en 1945, existieron redes de escape para los
que huían, como ODESSA,
Die Spinne o el Socorro
Negro Internacional, que desaparecieron en 1947 como tales.
En 1951 se hizo el Congreso de Malmoe,
en Suecia, del Movimiento Social Europeo,
capitaneado por el italiano MSI.
Pocos meses después se escindirían los racistas que crearían
el NOE (Nuevo Orden Europeo),
de Binet y Amaudruz, llamada la internacional
social-racista.
Existirían
otras tentativas internacionales, la más conocida de las cuales fue la
Liga Europea del Norte, animada por el Partido
Nacional Británico, en 1958, y finalmente “Joven
Europa” en 1963, que duraría apenas cinco años.
Los neonazis crearían a finales de los años 50 la Internación
Nórdica Proletaria, y por iniciativa de los nazis de
EEUU, la Unión Mundial Nacional-Socialista
(WUNS), en 1962. Todas las racistas
se caracterizan por atacar a las actuales naciones (¡excepto Alemania
y EEUU!) y promover su “balcanización”
en “etnias”,
al estilo de los separatistas.
A finales de los años 70 se creó la WACL,
Alianza Mundial Anticomunista, por la FEMACO, Federación Mexicana Anticomunista,
de ideología anticomunista a secas, y que ha sido acusada de ser una
rama de la CIA. Se ha dedicado a promover federaciones anticomunistas en el
mundo.
Una
fantasmal “Alianza Mundial de Nacional-Revolucionarios”
fue creada en 1975, formada por organizaciones que no existían y otras
minúsculas que no confirmaron su pertenencia a ella, promovida por el
líder extremista de los exiliados cubanos de Miami, Rosado.
Ningún autor serio admite hoy la realidad
de estas internacionales fuera del deseo de sus promotores, excepto como medios
de financiación, de intercambio de información y de refugio de
militantes huidos, como la organización “Cobra”
en Francia. El resto es carne de periodismo político sensacionalista.
Si todas estas maniobras y operaciones han salido a la luz se debe a que el
número de participantes en ellas era reducido y su realización
chocaba con otras políticas y otros sectores del Estado. También
porque los tan temidos servicios secretos se han revelado no tan eficaces y
omnipotentes como la prensa los ha presentado, a tenor de lo visto tras la caída
del comunismo soviético y su KGB (hoy FSB) y el virtual autodesmantelamiento
de la CIA en su crisis de noviembre de 2004. Un ejemplo local español
lo tendríamos en la desastrosa operación de los GAL bajo gobierno
socialista del PSOE.
Por
otra parte, el fin de organizaciones terroristas de izquierda como las Brigadas
Rojas italianas, Primera Línea, Núcleos
Armados Proletarios o la Autonomía Obrera,
o la Fracción del Ejército Rojo alemán,
ha puesto en evidencia su aislamiento e independencia con respecto a servicios
secretos comunistas como la KGB. Estas organizaciones crecen en su entorno político
autónomamente y siguen su propia evolución sin “manos
negras” internacionales que los teledirijan.
A nivel nacional, el activismo fascista de los años 70 generó
múltiples hechos violentos protagonizados por grupos juveniles como Fuerza
Joven o el Frente de la Juventud
que terminaron por ser desarticulados por la policía o disueltos ante
su falta de perspectivas políticas. No hubo “tramas
negras” más allá de los propios deseos de
esas minorías activistas y de sus concretos apoyos en medios residuales
de la seguridad estatal.
De
hecho un conocido dirigente neofascista ha acusado a los servicios secretos
españoles de provocar el golpe del 23-F copiándolo de un plan
antiguo que debía ser protagonizado por extremistas de derechas, con
el fin de provocar un revulsivo y asentar la democracia, desarticulando el posible
peligro de estos grupos y conspiraciones golpistas más importantes.
También se quiso ver manos negras en la
existencia de los terroristas GRAPO-PC(r), un grupo maoísta bien conocido
en los medios de la izquierda extra-parlamentaria clandestinos de los años
60, entonces llamado OMLE.
Conclusión
Todo
esto no significa, sino al contrario, que no existan intereses que monten operaciones
clandestinas desde el Estado o desde diversas instancias políticas o
económicas. Pero no hay permanencia en el tiempo de ellas ni saberes
ocultos que transmitir. Como la propia Historia, son contingentes y puntuales
en cada etapa de su devenir.
Un ejemplo de ello sería la conspiración
nacionalista del 11-M, la masacre de Atocha, en el que han participado como
peones un grupo de islamistas radicales surgidos del mundo de la marginalidad
delincuente, la organización nacionalista ETA como proveedora y organizadora,
y los beneficiarios políticos (y algo más ) de ERC-PNV.
Y si de conspiraciones realistas hablamos habría
que citar a los ecologistas, los grupos de presión de los “nuevos
movimientos sociales” corporativos, como las minorías sexuales
o raciales y las ONGs, que cuentan con la colaboración de la prensa y
cuantiosas subvenciones oficiales, y que expanden su ideología y visión
sin impedimentos, de modo sectario y falsario.
La Historia está compuesta de diversas tendencias y hechos, políticos,
sociales y económicos, y en ellos y en sus conjunciones se desarrollan
los diversos planes y acciones de personas y grupos, más subversivas
o más transparentes, con mayor habilidad o mayor fracaso, pero no hay
líneas eternas en el devenir humano. Todas
las instituciones que permanecen se adaptan y terminan siendo hijas de su época.