La refundación de lo político
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Cuando se habla de política surge inevitablemente la conexión con la “cuestión social”. Este hecho, por lo demás importante, está unido estrechamente al nacimiento del mundo político moderno.
Está también
muy unido al surgimiento de la izquierda: “...
el joven Marx llegó a estar convencido de que la razón por la
cual la Revolución Francesa había fracasado en fundar la libertad
no había sido otra cosa que su fracaso en resolver la cuestión
social... La lección que sacó de la Revolución Francesa
fue que la pobreza también puede constituir una
fuerza política de primer orden...”
(“Sobre la revolución”,
Hannah Arendt, 1963)
Marx funda la “economía política”, la economía con fines revolucionarios. Sin embargo, su teoría no se sustenta en ninguna base científica (lo que ya tratamos en otros artículos) sino en sus expectativas políticas. Su teoría de la “clase dominante” es sólo válida para las primeras etapas del desarrollo capitalista, cuando la pobreza en grado agudo aparece como resultado del proceso de industrialización y su corolario (emigración campo-ciudad, leyes represivas contra “vagos y maleantes” para incentivarla, encuadramiento social a través de la unificación de leyes y normas, regulaciones estatales...).
La
misma Hannah Arendt califica la intención
de resolver la cuestión social a través de la política
de “inútil y peligroso”.
Porque el deseo de crear el Paraíso en la Tierra
es el “espejismo en el desierto de
la miseria”; la abundancia y el consumo son los
ideales de los pobres, pero nada tienen que ver con la “justicia
social” ni mucho menos con la libertad, un concepto liberal
que no aportaba nada tangible a las clases populares y las desposeía
de los recios privilegios en el “Antiguo Régimen”
pre-industrial.
Cuando el pueblo, a través de mil vericuetos y situaciones aleatorias, interviene abruptamente en el campo político, lo hace motivado no por unas metas de este tipo, sino sustancialmente sociales, que le afectan de manera directa (abolición de supervivencias feudales, como foros o censos, pero también devolución de bienes comunales desamortizados y privatizados, y supresión de quintas y consumos, reparto de las tierras de la abolición señorial y que siguen en las mismas manos como privadas, etc).
No hay en ello ningún objetivo “democrático” ni “republicano”, adjetivos que ponen los intelectuales (y analistas posteriores) afectos a tales ideologías. La “cuestión social” aparece como algo distinto a las cuestiones sociales reales, como un producto elaborado por esos sectores políticos concretos.
El pueblo, unas veces se hará eco de las luchas políticas en curso reivindicando tanto la república como la monarquía más tradicional y católica, ambos símbolos para él de una defensa de derechos comunitarios ancestrales que poco entienden de metas políticas. Y ambos también, idealizados baluartes (de rasgos mesiánicos a menudo) contra un mundo protocapitalista basado en un derecho liberal que sólo le perjudicaba.
Por lo tanto, esas clases populares desean sólo una mediación del Estado en la economía que les proteja y restaure parcialmente sus antiguos derechos sociales. Quiere seguridades, las mismas que exigía en los motines de subsistencias del Antiguo Régimen.
La
izquierda, no obstante haberse emancipado a través
de su desierto programático (nacionalizaciones, reparto fiscal, igualitarismo
social...), la caída del modelo soviético de “socialismo
real” y la inserción en la partidocracia y sus
corruptelas, necesita desesperadamente de la
cuestión social como asidero único donde adquirir identidad
política, puesto que ya no la tiene. Pero jamás
ha tenido una solución para ella. Como ya hemos citado en otros lugares,
el Estado como patrón absoluto no lo fue. Las intervenciones políticas
en la economía de modo caciquil o puritano tampoco.
La izquierda puede así seguir manteniendo el mito de un bando poseedor de “la justicia y la libertad” que nunca fue, y que la mayoría de las veces supuso precisamente lo contrario.
Se trata de una política planteada en términos absolutos, bien/mal, justo/injusto, libre/opresivo, muy plástica, muy visual, casi cinematográfica, pero falsa. La política es el sentido de las posibilidades y limitaciones, que la izquierda encontró, tras la II Guerra Mundial, en el keynesianismo del “Estado del Bienestar”, hoy finiquitado por la crisis económica.
Lo que antes propugnaba se basaba en “nacionalizar de golpe para evitar la reacción burguesa”, una idea primitiva de la economía enraizada en la falsa dependencia de la política con respecto al mundo económico.
Ese
mundo dicotomizado ya no existe, y la propia práctica de la izquierda
lo atestigua: ¿Qué decir de un PC italiano que quiere hacer
la “revolución liberal”, o de una extrema-izquierda
centrada en salvar osos y ocupar casas para el “lumpen de lujo”
neo-hippy?.
Hoy vemos como los “derechos” de todo tipo de minorías (en realidad grupúsculos privilegiados) se expanden irracionalmente, como parte del proceso que comenzó en 1968 (Francia) y se perfiló en 1977-79 (Italia): “Ensanchar desmesuradamente las virtudes del Estado asistencial.” (“Lotta Continua”, 7-10-1979, Franco Piperno, líder de la Autonomía Obrera romana).
Los derechos son tratados como privilegios destinados a los grupos militantes minoritarios, mientras el sistema político y social es corroido en su base legal y los conceptos políticos verdaderamente básicos (libertades, igualdad ante la ley) son hurtados a la mayoría.
“La
libertad es indudablemente un valor más alto que la justicia y resulta
fácil comprender por qué. La justicia siempre se vincula a valores
diferentes a ella misma... La libertad puede ser el valor al que se vincule
la justicia, pero no viceversa. La justicia no puede ser el valor al que deba
vincularse la libertad, pues la justicia no puede aportar criterios para la
libertad”.
(“Crítica de la Ilustración”,
Agnes Heller, 1984).
Que esta afirmación la haga una reconocida escritora marxista, miembro de la Escuela de Budapest y discípula del reconocido teórico Georg Lukács tiene un valor añadido indudable.
La
política de la izquierda es meramente caciquil. Ocupar parasitariamente
el Estado, aliarse con quien sea y mantener una agitación permanente,
sin metas ni alternativa, que le coloca peligrosamente con un pie en el bando
de la subversión profesional: “La
desintegración del gobierno parlamentario... ha puesto de relieve en
repetidas ocasiones que hasta partidos que apoyaban el status quo en realidad
minaban el régimen desde el momento en que rebasaban sus limitaciones
institucionales.”
(“Sobre la revolución”,
Hannah Arendt, 1963).
En sus orígenes, la defensa de la libertad en la era moderna (la Revolución
Francesa) tampoco fue pura y desinteresada. La dialéctica de la libertad,
uno de los principios más decisivos de la política moderna (y
más manipulados e imprecisos) nació de los jacobinos como “tiranía
de la libertad” (Marat y
Robespierre).
No
era un conjunto de derechos para todos, un espacio abierto, sus límites
eran los de la “virtud”,
un concepto moral absoluto. La “voluntad
general” virtuosa del “pueblo”
sustituye a la “voluntad de todos”,
democrática, y sólo podía ser interpretada por la minoría
virtuosa, y los que exigían otras libertades se mostraban como no-virtuosos
y se les debía aplicar la “justicia
sumaria”, el terror:
“En
esta concepción, la libertad no es un valor absoluto, sino más
bien un medio (para lograr algo)... útil en un cierto tipo de gobierno,
dañino en otros... En esta interpretación se utiliza el principio
de la democracia contra el de libertad..., la democracia aparece como un principio
opresivo de consenso forzado”.
(“La revolución congelada. Ensayo sobre
el jacobinismo”, Ferenc Feher,
1989).
¿No son estos los ecos de la revolución rusa y las vacías propuestas “populares” de la izquierda de hoy?
Lógicamente, el “gobierno revolucionario” jacobino suspendió el ejercicio de la “soberanía popular” (en un acto de “democracia dirigida” o “democracia totalitaria”) por el que la Convención era tiranizada por la Asamblea dominada por los jacobinos para “protegerla de los extremistas”.
De este modo se negaba la acusación de dictadura cesarista y la “soberanía popular” se hacía viable al ser utilizada como una fusión de todos los poderes (ejecutivo, legislativo y judicial):
“...
la soberanía popular haría nuevamente política la ley,
e ilegal la política, como lo fue durante el reinado del príncipe
absoluto. En sus manos, la soberanía popular se convirtió en
una poderosa máquina que inspiraba temor. El Estado se convirtió
en el creador de todas las relaciones sociales, de la sociedad civil misma”.
(Ibid.)
Es la “institucionalización de la revolución” y la muerte de la “democracia directa” de las secciones, sociedades populares, consejos o “soviets”, el mismo guión que siguieron los “jacobinos rusos”, los bolcheviques.
“Los partidos, o mejor dicho, las facciones, que desempeñaron un papel tan desastroso en la Revolución Francesa para convertirse después en las bases sobre las que se levantaría el sistema continental de partidos, tuvieron su origen en la Asamblea, y las ambiciones y fanatismos a que dieron lugar... no fueron ni entendidos ni compartidos por el pueblo.
... se convirtió en una cuestión de vida o muerte para ellas lograr el dominio sobre las restantes, y la única forma de conseguirlo era organizar las masas fuera del Parlamento y aterrorizar a la Asamblea con esta presión que procedía del exterior.
...Vemos aquí cómo en los propios orígenes del sistema
de partidos, la dictadura de partido único surgió de un sistema
multipartidista”.
(“Sobre la revolución”,
Hannah Arendt, 1963).
Es
por esta jugarreta, por esta elipse lingüística, que recuerda
hoy a las de los nacionalistas separatistas en España (“nación
de naciones”, “relación asimétrica”...),
que dictadores como Stalin o Castro aparecen revestidos de la legitimidad
de la ideología. Y por ella las tiranías y errores de la política
izquierdista y de todas las utopías aparecen presentados como emanaciones
de “la libertad y la justicia”.
La contradicción irresoluble entre la teórica “soberanía popular” y la necesidad práctica de la representación política acompañó siempre a la democracia, y está también en el origen de sus variaciones (democracia directa, dirigida, autoritaria, socialista, partidista...).
Por no hablar de los dos grandes frenos naturales del sistema a la participación ciudadana: el desinterés debido a esta separación entre la élite gobernante y los gobernados, y la incapacidad de entender la complejidad y los entresijos de los temas sociales y económicos de Estado.
Sólo queda entonces la demagogia y la fanatización como medios de movilización política.
Rousseau ya afirmaba que “la voluntad (del pueblo) no puede ser representada”, así que, frente a la “tiranía de la libertad” jacobina (o bolchevique), la partidocracia y su corrupción e inestabilidad permanente fuente del asalto de los nacionalismos y las minorías... ¿qué nos queda?.
Con toda seguridad, la democracia sólo puede desarrollarse entre hombres libres, como continente de una sociedad donde los medios de control y manipulación masivos (de comunicación) no sean necesarios, ni la cuestión social, siempre presente, dependa de vaivenes e intereses políticos y no de los económicos reales, donde el interés particular legítimo prime sobre el clientelismo partidista, y las opciones políticas sean verdaderamente facciones del pueblo y no de la nueva oligarquía política o pasto de los nacionalismos y de los grupos de presión sociales o económicos, en realidad minorías ideológicas como siempre.
La tragedia que constituye el relato de la Revolución Francesa es que ninguna de sus varias Asambleas tuvo la autoridad suficiente para generar un proceso constituyente (por eso dijo Napoleón “yo soy el proceso constituyente”), ya que todas eran inconstitucionales por principio. Principio de las ideologías, origen de las utopías: fin de la democracia, muerte de la libertad.
Ley y Poder no son lo mismo y no surgen del mismo origen. La “voluntad general” de Rousseau y Robespierre, de la que se hace surgir la Ley, es una transposición del “derecho divino” de la monarquía absoluta. Cuando esta “voluntad general” se encarna en un Partido o en un Tirano, a través de la delegada y suprimida “voluntad popular”, la masacre y la dictadura tienen un campo ilimitado:
“...
el de un nacionalismo que hablaba el lenguaje de la revolución y el
de los revolucionarios que movían a las masas con consignas nacionalistas”.
(“Sobre la revolución”,
Hannah Arendt, 1963).
La nación, receptora de los derechos del pueblo y de la Historia que le precede, se convierte en manos de la falsedad nacionalista en el regreso a la tribu, a la pre-historia y a la inexistencia de derechos, que ejemplificaría el régimen nazi de Hitler, y a la perversión de las funciones del Estado.
De hecho, el propio concepto de soberanía (¿sobre qué?) es peligroso para la democracia. La “soberanía del pueblo”, o sea la autoridad ilimitada, puede destruir fácilmente la de los individuos.
En efecto, después de las dictaduras comunistas, que muchos negaron que lo fueran, y de la reacción que condujo a los fascismos, el mayor peligro tiránico, totalitario, son hoy los nacionalismos disgregadores.
El deseo de absolutos (derechos “humanos”, “universales”, “de los animales”, “igualdad”...) es el punto de convergencia de las ideologías, los resultados dictatoriales, las incongruencias y el cinismo, tanto de los nacionalismos como de la izquierda.
Estos
absolutos impiden la constitución
de una democracia, unos derechos ciudadanos y una igualdad ante la ley e instauran
una marginalidad y opresión práctica de la mayoría.
Tras el lenguaje formalmente “democrático”, manipulado y podrido, del tinglado partidocrático, ya no se respetan ni siquiera las bases de la democracia formal (“un hombre, un voto”, “igualdad ante la ley”...) en su retroceso ante las demandas de privilegios de los nacionalismos, como en la época de Hitler.
La libertad no es una utopía, es un conjunto de realidades que puede ser pisoteado con argucias legales (Hitler gobernó sin llegar a derogar la Constitución de la República de Weimar, suspendida por una ley de emergencia creada precisamente para defender a esa República). Sólo tiene sentido como realidad personal y colectiva. En boca de nacionalistas, comunistas, fascistas o progresistas quiere decir su libertad y nuestra opresión.
El actual (2005) gobierno de "izquierdistas" y separatistas, en España, es la negación de la democracia: surgido de una masacre, ilegítimo, ilegal, antidemocrático, caótico, despótico, antinacional y anticonstitucional.
No hay más que analizar sus actuaciones: ataques a la oposición como tal, apoyo a propuestas con partidos desleales con el régimen y el marco constitucional y nacional, alianzas con ellos en situaciones de crisis para derribar al gobierno sin tener alternativa...
Todas ellas son comparables con la actitud del Partido Comunista Alemán en los años 20 que llevó directamente a Hitler al poder. Los comunistas alemanes no veían diferencias entre los nazis y los “partidos burgueses”, y dirigían sus ataques obsesivamente al Partido Socialista, e incluso se aliaron con los nazis en huelgas y disturbios.
El gobierno socialista actual (2005) ha llegado al extremo de apoyar las pretensiones de la oposición subversiva (ERC, PNV, ETA, CyU, HB), de presentarse como defensores del orden y la democracia, siendo ellos los causantes de todas las alteraciones y problemas de la democracia, y ofreciendo como alternativa ceder a sus pretensiones ilegítimas, opresivas e ilegales.
Es la misma “revolución legal” que permitió a las bandas nazis presentarse como partido de orden y legitimarse en su asalto al poder. Es además un debilitamiento de la capacidad de las fuerzas realmente democráticas para contrarrestar este proceso ilegítimo, al ser presentados como responsables de la violencia que puedan provocar los subversivos si no se les acepta, y al incluir el gobierno a estos antidemocráticos en el seno del poder.
Un gobierno no puede contentar a todos.
Las oposiciones desleales siempre pretenden que las autoridades democráticas traicionen sus propios principios, hablan como si fueran defensores de la libertad, se presentarán como los más firmes defensores de las libertades civiles, para ellos, pero las niegan a los demás y encima se autocalifican de víctimas.
¿Y no es esto lo que permanentemente hacen los nacionalistas vascos y catalanes para justificar su dictadura y la neutralización de la oposición a ellos?.
Como en 1808, es legítimo rebelarse contra esta situación, contra la dictadura del nacionalismo vasco-catalán, el colaboracionismo de los partidos con los subversivos, antidemocráticos y antinacionales, la desvirtuación de la democracia por el trapicheo de la partidocracia, contra la aberración autonómica y regionalista, y contra el saqueo masivo y abierto de la economía por todos ellos.
Pero debe de haber una manera de poder hacer política, de utilizar
las tácticas y estrategias diversas, en sus varios niveles, sin caer
en el cambalache partidocrático, en su corporativismo, ni en el utopismo
de las ideologías surgidas de las castas intelectuales y los grupos
de presión (comunismo, fascismo, ecologismo, marginalismo, progresismo...).
Para ello debemos deshacernos de todo aquello que hoy conforma la Historia de la Política y que es en realidad falso o erróneo, desde el concepto de “revolución” hasta el de los supuestos “sujetos” de la acción política.
La realidad de un sujeto o de un hecho no significa su existencia anterior ni indefinida. Y esto vale para casi todos los sujetos sociales:
“... las identidades han sido múltiples a lo largo de los últimos siglos, que se solapan y entrecruzan en un entramado complejo de pertenencias y solidaridades, dependiendo su activación de la selección de temas provocada particularmente por el poder, o en general, por la coyuntura política, económica o social.”
“Los partidos políticos –junto con los sindicatos, las iglesias, las fábricas y las escuelas- forjan identidades colectivas, insinúan compromisos, definen intereses en cuyo nombre se hacen posibles las acciones colectivas, ofrecen elecciones al individuo y las niegan.”
“Las
clases no están dadas exclusivamente por ninguna
posición objetiva porque son efectos de las luchas y estas luchas
no están determinadas exclusivamente por las relaciones de producción.”
(“Capitalismo y socialdemocracia”,
Adam Przeworski, 1985)
“...muchas
personas incautas tienden en nuestros días a creer que sus vidas están
dominadas no sólo por factores materiales relativamente estables sino
incluso por factores más poderosos y siniestros, y mucho menos inteligibles:
las luchas impersonales de las clases sociales, que pueden no ser deseadas
por los mismos miembros de dichas clases, el choque de las fuerzas sociales,
las incidencias de las épocas de depresión y prosperidad, que,
al igual que los fenómenos de la naturaleza, apenas pueden ser controladas
por aquellos cuyas vidas dependen de ellas...”
(“Cuatro ensayos sobre la libertad”,
Isaiah Berlin, 1969)
No pretendemos afirmar que las “condiciones
objetivas” no influyan, sino que son el marco en el
que se mueven grupos y entidades.
De modo que el discurso y la agitación, el grupo y su idea, crean su objeto y su movimiento, que adquieren carta de naturaleza. Cuando el general DeGaulle declaró: “La minoría que ahora organiza la violencia contra el Estado se convertirá en la mayoría. Yo hablo y actúo en nombre de esa futura mayoría.”, decía la verdad, aunque si hubiera perdido la guerra hubiera sido olvidado sin remisión.
Evidentemente la población, el individuo, perciben lo que ha sido construido socialmente como "dado" de modo natural e intemporal. Cuando un grupo nacionalista nombra su nación supuesta, en realidad la está creando, y cuando define su cultura y mitos, en realidad los inventa, no los recrea sino que los crea. Y lo mismo vale para el concepto de clase social. Conceptos como “pueblo” o “clase” están hoy superados tanto por la complejidad social como por su utilización marginal y demagógica por el mundo político, como ya hemos descrito.
El antiguo clasismo marxista, trasunto del populismo de la Revolución Francesa, se basa en los mismos preceptos de este. En el creer que la suma de las partes es superior a la totalidad de ellas. Es el concepto “robespierrista” de la “voluntad general”, distinta a la “voluntad de todos” democrática. La primera genera a su vez la “opinión pública” opuesta a la “libre opinión” de cada cual. Es la “gran sociedad popular de todo el pueblo francés” que Robespierre opuso (cuando logró el poder) a las “sociedades populares” (verdaderos comités distintos de los partidos políticos –jacobinos, girondinos...- creados en la Asamblea), antes “manifestaciones de la libertad y del espíritu público” para él.
Todos
estos conceptos nada son sin un actor político que los interprete a
su gusto e imponga esta interpretación desde el poder y su aparato
coactivo utilizado del modo más extremo: es el totalitarismo, encarnado
en el comunismo, el fascismo y los nacionalismos separatistas de hoy.
Este deseo de hacer política teniendo como meta una utopía donde la política misma sea eliminada es la definición del totalitarismo que comparten comunismo y nacionalismos disgregadores.
Como muestra final de hipocresía y cinismo político, los adeptos al clasismo y populismo de diverso pelaje son siempre los señoritos intelectuales, de clase media, elitistas, oligárquicos y minoritarios, que nutren las sectas políticas extremistas y que van cambiando y reestructurando su discurso periódicamente. Lo que estos proponen en sus diversas modalidades, es una rebeldía y una austeridad que son lo opuesto a lo querido por la mayoría de la población, el “pueblo” o la “clase”.
“La conciencia colectiva no existe ni ontológica ni orgánicamente... no puede emitir sentimientos, pensamientos ni voliciones; estas son propiedades del individuo.”
(“El asedio a la modernidad. Crítica del relativismo cultural”, Juan José Sebreli, 1992).
Por otra parte, los analistas
de clase más lúcidos ya no consideran a esta como un ser: “Entiendo
por clase un fenómeno histórico que unifica una serie de eventos
distintos y aparentemente sin conexión... La clase es una relación
y no una cosa. Ella no existe, ni para tener un interés o una conciencia
ideal...”
(“La formación de la clase obrera en
Inglaterra”, E.P. Thompson,
1969).
Si el sujeto político no es el pueblo ni la clase, ni supuestas identidades encarnadas en ellos, el objeto a encarnarlo, la “revolución” (un cambio social radical) y sus servidores, son también una falacia:
“El
papel que los revolucionarios profesionales desempeñaron en todas las
revoluciones modernas es importante y muy significativo, pero desde luego
no consistió en la preparación de las mismas. Los revolucionarios
contemplaban y analizaban la desintegración progresiva del Estado y
de la sociedad, pero era poco lo que hacían, o lo que podían
hacer, para precipitarla y dirigirla.”
(Hannah Arendt, ibid.)
Los grandes análisis sociológicos y políticos sobre las causas de las convulsiones sociales se convierten en palabrería hueca. Sobre los más importantes cambios políticos del siglo XX (el nazismo alemán, el fascismo italiano, el comunismo ruso) se han manejado múltiples causas (crisis económica, el controvertido Tratado de Versalles, la agitación izquierdista...), pero los porqués concretos no han sido señalados:
En Alemania, no había una necesidad ineludible de una dictadura derechista, ni una tendencia general a ella. El punto clave fue la debilidad de Hindenburg, su edad, combinado con la infiltración del caciquismo en los grandes partidos democráticos alemanes (SPD, DVP), tanto de los intereses económicos como políticos desleales o poco leales con el régimen. Para Hitler fue sencillo maniobrar para neutralizarlos uno por uno, una táctica básica del acceso al poder de las oposiciones desleales al régimen.
En Italia, la oleada de violencia revolucionaria izquierdista no sólo creó la respuesta fascista sino que impulsó al gobierno a aceptar su contraviolencia y su posterior entrada en el gobierno, entonces ya débil y deslegitimado. Pero el verdadero hecho que generó el Estado totalitario fascista fue el asesinato por radicales fascistas del diputado socialista Matteotti, y la posterior violencia de los jefes locales, que obligó a Mussolini a dar los primeros pasos para construirlo, en sólo un periodo de siete meses, integrando tanto las exigencias de sus escuadristas como de la derecha clásica, políticamente neutralizada.
En la mitificada revolución rusa, la debilidad del propio gobierno revolucionario, formado sobre todo por mencheviques (socialistas democráticos), y su distanciamiento de la derecha constitucional y de la autoritaria, fue fundamental para que los bolcheviques se aprovecharan de esta debilidad y lo derrocaran, eliminando después a sus aliados de la izquierda revolucionaria (como hizo Jomeiny), a los que fueron dividiendo y enfrentando a lo largo del proceso.Todo esto fue la obra personal de Lenin, en contra de las posiciones iniciales democráticas del Comité Central del Partido bolchevique, y en contra de la propia doctrina marxista (las “Tesis de Abril”).
El desánimo y la acción frenética se turnan en los grupos militantes marcados por los condicionamientos ideológicos. Como creía un líder fascista francés, al final concluyen en que nada puede hacerse para que llegue la “revolución”, sólo esperar y estar preparados a que las crisis y contradicciones del sistema provoquen el estallido del descontento.
Es una visión veraz que comparten otros:
“Pero,
evidentemente, éramos conscientes de la contradicción que existía
entre la exigencia que nos imponíamos de imitar el heroísmo
de nuestros mayores y la pasividad con que éstos –y la sociedad
vasca en general- soportaban la dictadura de Franco... Estábamos seguros
de que nuestra lucha no tendría la mínima eficacia, de que nos
iban a matar. Era, en cierto modo, nuestra forma de vengarnos de la indiferencia
política de los otros nacionalistas.
Contra
lo que suele pensarse, nuestra intención no era hostigar al franquismo
para que éste desatara la represión sobre el pueblo. Todo lo
contrario: queríamos que la represión cayera sólo sobre
nuestras cabezas... Todos queríamos inmolarnos, y no porque el pueblo
vasco lo mereciera, sino precisamente porque no lo merecía. Ni que
decir tiene que carecíamos de todo apoyo...”
(“Un cadáver en el jardín”,
J. Juaristi, entrevista a Mario
Onaindía, socialista ex-miembro de ETA).
Actitudes personales surgidas como reacción a situaciones de miseria política son presentadas como heroicas y, sobre todo, como estratégicas cuando realmente no lo son. Del mismo modo que el nacionalismo realmente crea la nación por cuyo “resurgir” lucha, la lucha crea la causa, desvela el enfrentamiento si es real la opresión, o lo genera al combatir.
Tener claro esto es fundamental para encarar la estrategia y los avatares de la dinámica política.
La confusión en las metas o su mezcla con utopías provoca el inevitable fracaso. El actor social es el propio grupo, la meta única es hostigar al enemigo en cualquier campo y desalojarlo del poder, derruyendo su régimen. Ninguna zarandaja “revolucionaria” autocontemplativa ni referencias externas al grupo y su meta. Repetimos insistentemente: asaltar el Estado, no destruirlo. El Estado es un continente y no un contenido.
Para generar una lucha debemos previamente desvelar, definir el conflicto, hacerlo visible a través del surgimiento del propio bando. Lo que ha permanecido oculto debemos destaparlo con nuestra acción.
En segundo lugar debemos generar un lenguaje y unas pautas conceptuales, tanto políticas como económicas, en definitiva un discurso que incida en la política real, con un imaginario y unos símbolos cargados de un significado que deberemos engendrar nosotros mismos.
Es una lucha cuerpo a cuerpo, en la que el factor “militar” en sí no es el decisivo. Ni los argelinos del FLN ni los vietnamitas del Vietcong ganaron la guerra, pero su hostigamiento violento y político les hicieron ganar la partida. Las grandes masas guerrilleras urbanas de los Tupamaros uruguayos y los Montoneros o el ERP argentinos y sus actividades político-militares no lograron hacer tambalearse al Estado.
A la pregunta de cuál debe de ser el objeto de nuestra propaganda y acción, si las élites (sociales, culturales) o las “masas”, “socialización por arriba” o “por abajo”, la respuesta es que es una pregunta falsa, que depende más de los resultados autónomos de la propia acción que de objetivos prefijados, por lo demás de definición vaga, como ya hemos dicho.
Evidentemente surge la cuestión sobre porqué se combate en última instancia. Ya hemos dicho en otro lugar que nosotros SOMOS un pueblo y una nación y que por ello no necesitamos nacionalismo ni exaltaciones nacionalistas. El que es no necesita aparentar, es. Afrontamos la creación de un nuevo tipo de movilización y pensamiento políticos, acuciados por un peligro real y los actuales cambios sociales y geopolíticos.
( No nos dejamos avasallar tampoco por la red de lo “políticamente correcto” que impera en las movilizaciones sociales. Conocemos la superchería y los intereses que se esconden tras el montaje ecologista o la realidad del peligro del expansionismo islámico, las falsas dicotomías del feminismo, la antiglobalización, el antirracismo y el racismo, el poder ilegítimo de los grupos militantes de las minorías sexuales, los tópicos anticonservadores frente a la anomia política de demócratas y liberales... )
Todo ello no significa que en el actual momento político acuciante no tengamos que generar nuestro lenguaje y nuestros símbolos, nuestra reivindicación del pasado y del futuro, como señal frente a un enemigo insidioso e hipócrita y una confrontación que no hemos escogido nosotros. Incluso una exaltación de la lucha, una recuperación de antiguas certezas o de viejas creencias. Porque el ser humano necesita de ellas muchas veces, tanto como de las verdades materiales, ocultas en el conjunto de la compleja realidad.
Debemos reconocernos y agruparnos. Sin inventos ni mentiras; sin interpretaciones sesgadas.