de Izquierda Hispánica

Contra el esencialismo nacionalista

Diego Cibrian

Noviembre de 2011

 

El nacionalismo político es una base tan enraizada en la política actual que casi resulta extraño a día de hoy tenerlo que defender. La idea de que la soberanía reside dentro de unos límites territoriales y se asienta sobre una ciudadanía atemporal de formales iguales derechos y deberes es tan básica, tan entrelazada con los Estados burgueses parlamentarios desde la Revolución Francesa, que el hecho de defenderla acontece únicamente por contrarrestar un intento deliberado de caminar hacia atrás en el tiempo: restaurar la soberanía “popular” a poderes de nivel regional/feudal desestructurando la base de derechos de ciudadanía y los servicios públicos, amén de la propia gobernabilidad del Estado, y traspasar las políticas fundamentales a poderes imperiales externos que no son una soberanía común (no hay un Estado federal europeo, ni hay un gobierno mundial de conjunto en la ONU o el FMI), como en el Antiguo Régimen o más atrás si cabe.


Podría resultar, aunque resulta casi impensable desde la perspectiva actual, que las burguesías alemanas, francesas e inglesas creen las bases económicas de una plataforma continental nueva, que impongan el idioma común anglosajón en las escuelas, y que a la larga no seamos más que una región periférica de un Estado imperial con capital en Berlín, Londres o París, si es que no se enfrentan antes por esa hegemonía. No existen esencias eternas en la política más que en los mundos de Platón. Biocenosis a menor escala que la actual han existido en todas partes, incluida esta península, hasta que una serie de imperios la envolvieron y configuraron otras estructuras que han devenido en Estados canónicos.


El camino de la historia es sumamente difícil de discernir, por lo que como actores en la historia podría parecernos que actuamos como paladines del jacobinismo frente a lo que percibimos ahora mismo (muchos lo hacemos) como reacción de las legiones del Sacro Imperio Romano Germánico, y quizás la historia dentro de siglos nos juzgue como una reacción que trataba de salvar la unidad e identidad de un Estado frente a otro mayor que se estaba configurando a la escala continental que exigen las bases de producción de la actualidad para que determinadas burguesías puedan competir en la carrera por la acumulación con unos EEUU, una Rusia, una China o una Iberoamérica emergente capitaneada por Brasil, México o quien sea.


En cualquier caso todo esto es hipotetizar y fantasear con el futuro.


Lo que no tiene sentido, ningún sentido, es seguir defendiendo la vuelta atrás neofeudal y subdividir a los propios Estados en entes administrativos menores, diviviendo a la ciudadanía, a la clase trabajadora, imposibilitando las propias bases institucionales de cohesión y cooperación que hacen efectivos los derechos que aspiramos a defender y conquistar, y convirtiendo soberanías por principio en algo inefectivo. Se puede entender en un lenguaje anarcoliberal que busca minar las bases políticas ciudadanas del Estado frente a determinados poderes económicos, pero no en personas que se suponen socialistas.


Por eso hace mucho daño el sentimentalismo patriotero de identificación con una “cultura nacional”, con una “esencia” de un ente político (sea un Estado efectivo o un ente fraccionario del anterior). Una eventual unidad iberoamericana que facilite la soberanía de dicho bloque frente a poderes burgueses depredadores externos (e internos) tiene que aspirar a derrotar todo esencialismo nacional-cultural a nivel tribal o estatal en sus distintos Estados para crear una hegemonía ideológica, unas condiciones subjetivas que faciliten el proceso. Del mismo modo, España por distintas cuestiones (estructura económica, dependencia industrial y energética externa, escala de acumulación, etc.) en sí misma ya no aspira a ser actor político relevante, por lo que su soberanía a día de hoy queda más y más mermada frente a otros actores, e incluso en Iberoamérica le quitan espacio a su burguesía (hasta Alemania se aproxima en la cantidad de inversión realizada en el contintente). Su fraccionamiento (el de España) importa de cara a discernir qué plataforma absorberá su soberanía diferenciada. Un fraccionamiento temprano implicaría una absorción depredadora europea a corto plazo con un futuro incierto en una Unión Europea cada vez más incierta. Si el proyecto de Sacro Imperio fracasa antes y España es absorbida por otra órbita como la iberoamericana, ese más que posible fraccionamiento (dado el poder de las burguesías catalana y vasca sobre el tejido productivo español) se vería integrado en una plataforma con mayor capacidad para dar vehículo y cohesionar a las fuerzas políticas de la península.


¿Y por qué importa la escala de soberanía de la plataforma política y su capacidad para sostener su existencia y su orden político a un socialista? Porque una eventual revolución debería poder sobrevivir a la dialéctica de Estados e Imperios. Una revolución comunista en Grecia fracasará, será derrotada por una reacción interna apoyada por las potencias extranjeras capitalistas, si no se tiene que llegar al extremo de actuar con la OTAN como en Serbia hace una década o como en Libia hace nada. En cambio una revolución a la escala continental eslava, asiática, americana o europea sería mucho más difícil de derrotar, e incluso podría derrotar a sus enemigos imponiendo una hegemonía socialista a escala casi universal, de forma más o menos estable, como ahora mismo hace EEUU con su particular orden.


Hay que decir también que la mera defensa del orden y conservación de una forma política por su “esencia”, por su herencia histórica, porque sí, sin otro objetivo relativo a cuestiones de soberanía o de servicio al conjunto de una clase, sin tener en cuenta los procesos de dialéctica histórica en el pasado y de cara al futuro, es puro sentimentalismo romántico, una falsa conciencia ideológica que sirve a la lucha entre burguesías, como bien puede ser la catalana y la vasca frente a la de Madrid y resto de España – o viceversa – por conservar sus beneficios frente al fisco y acaparar influencias políticas de cara a penetrar en los sectores estratégicos de la economía española, al igual que acceder a mercados exteriores; o puede ser un canto a la unidad de clases, como en el caso del fascismo aprovechando contextos de conflicto agravado entre Estados, frente a quienes señalan y azuzan la lucha entre ellas.

 

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