de Minuto Digital
Yolanda Couceiro Morín
Junio de 2010

Yolanda Couceiro Morín
Me pueden acusar de muchas cosas, pero no de ser hipócrita. No me alegro por la muerte de nadie, pero estoy segura de que la muerte de Saramago no me obliga a luto alguno. Tampoco voy a brindar con cava, eso lo reservo para Carrillo, como hacía el difunto desde su atalaya comunista cuando el finado era del bando contrario.
Con Saramago ha desaparecido uno de esos típicos extranjeros radicales, de izquierdas por supuesto, que se sienten en la obligación de venir a España para explicarnos qué es eso de la libertad y cómo debemos aplicarla… a base de fusilamientos si hace falta.
En España hemos sufrido ’saramagos’ desde siempre. Saramago era una especie de retaguardia de aquellas Brigadas Internacionales que durante la Guerra Civil se sintieron en la obligación de cepillarse a cuantos españoles no entendieran la ‘libertad soviética’.
Saramago no guardaba ni las habituales normas de educación que marca la condición de invitado. Se coló en nuestra casa, nos decía qué teníamos que hacer y buscó acomodo, bajo el signo de la ceja, entre la izquierda más casposa, parasitaria y cutre de España.
Quería tanto a España, que en uno de sus aduladores viajes a Venezuela dijo:
‘Los indios eran los dueños de la tierra. Cuando llegaron Colón y Pedro Álvarez Cabral aquí había gente. En cinco siglos de humillación les robamos las creencias, la tierra, los dioses, les robamos todo’.
Sobre Europa, el difunto afirmaba:
“En Europa estamos asistiendo al resurgir de la derecha con insignias fascistas. ¿Y todo en nombre de qué? De que no estamos contentos. Pero entonces hagamos una revolución.
Saramago paseaba su indecencia moral por el mundo, escondido detrás de su arte prostituido a favor de la política, ante los boquiabiertos incautos que estaban dispuestos a escuchar las obscenas opiniones políticas de un Nobel, por el mero hecho de ser Nobel. Nos hemos quitado un peso de encima.
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