de Rebelión Digital
Rafael Foradada
Enero de 2011
Es quizá, “suspiros de España”, el más famoso de los pasodobles españoles. Fue compuesto por el maestro Antonio Álvarez Alonso en el año 1902, en la ciudad española de Cartagena. El día del Corpus Christi del mencionado año, fue estrenado por la Banda de Música del Tercer Regimiento de Infantería de Marina (actualmente Tercio de Levante), dirigida por Ramón Roig y Torné. Las ordenanzas militares de aquella época, impidieron al maestro Roig, ceder la dirección para el estreno a su creador y buen amigo Antonio Álvarez Alonso, por la condición civil de éste.
Simbolizó y simboliza la nostalgia del país perdido, con motivo de los exilios ocasionados por la Guerra Civil Española y otras causas. Entre esas otras causas creo encontrarme. Nostalgia por aquella España que pudo llegar a ser, pero no fue por el atentado del 11-M de 2004. Fueron ocho años de gobierno, anteriores al atentado, en los que , si bien no todo fueron aciertos, España mejoró; lo cual se notó y lo notamos. Internacionalmente respetada y considerada, camino de convertirse en un país importante a nivel mundial, cuya credibilidad era valorada y sus opiniones tenidas en cuenta. Todo ello se esfumó a causa de la manipulación y tergiversación que el PSOE, en aquellos tres días marcados ya por y para la historia, hizo del atentado. La jornada de reflexión fue un asalto, no sólo a las sedes del PP, sino también al buen criterio y conciencia de los españoles, a su civismo y libertad de elección; asalto al que casi media España supo resistir y rechazar, pero a la que algo más de media fue vencida en su libertad de elección y de responsabilidades personales, porque fueron otros los que, evidentemente, decidieron por ella
Más de media España, de su sociedad, claudicó, se entregó y se rindió ante aquel entramado tan amoral como totalitario, pero efectivo de conseguir el poder como fuese. Y lo consiguieron porque, esa media España, huyó de sus responsabilidades y prefirió entregarse a la manipulación y tergiversación de los hechos, de un atentado aún por esclarecer, y no al sereno análisis de lo acontecido aquellos días y los ocho años anteriores. España, una vez más, fue incomprensiblemente fiel con su aspecto más oscuro de la historia, casi trágico, y prefirió, una vez más, acudir a su cita con la tragedia, con la ruina en la que ya estamos, conducidos por Rodríguez Zapatero, a la de la senda de la prosperidad nacional y reconocimientos internacionales. Hoy en día, gracias al PSOE de ZP, ya no tenemos, entre otras perdidas, ni una cosa ni otra.
Me siento como exiliado en mi propio país, nostálgico de aquel país que pudo seguir siendo, pero que al final no fue, haciéndomelo casi irreconocible: atracado en su valores y creencias más enraizadas, estafada en su infantil e inmadura confianza, perturbada y engañada en sus costumbres y festividades de siempre. Suspiros de aquella España en la que parecía que podíamos estar todos, en paz y armonía, no exenta de problemas, pero en mejor concordia que ahora, practicando un autentico talante y, sobre todo, talento; cuya orfandad ahora todos padecemos, siendo sustituido por el enfrentamiento y revanchismo de los asaltantes al poder que son incapaces de ofrecer otra cosa y que hasta podrían, al igual que en periodos cercanos de nuestra historia, quemar aquellas urnas que no les sigan siendo favorables.
Suspiros de España, tal vez distintos a aquellos otros suspiros que no hacían vibrar cuando nos lo cantaban Estrellita Castro o Concha Piquer, entre otras. Son mis suspiros de España, de esa España que “llevo muy dentro de mi, llevándola escondida”, y a la que aún confío ver resurgir.
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