Renegados y colaboracionistas

El término “colaboracionista” surge con la ocupación alemana de casi toda Europa en 1939, durante la II Guerra Mundial, y su exigencia de que las autoridades y la población colaboraran en el “Nuevo Orden” nazi.

Se dio la colaboración en prácticamente todos los paises, e incluso regímenes vasallos: Pavelic en Croacia, Horthy en Hungría, Quesling en Noruega ...El caso más paradigmático, conocido, y problemático, fue Francia, con una parte ocupada y otra bajo la tutela de un gobierno colaboracionista, el del mariscal Pétain. Un colaboracionismo que fue ocultado por los subsiguientes gobiernos de la Liberación, del general De Gaulle, que incluyó a todos los ministros del colaboracionismo, también el recientemente juzgado Secretario M. Papon.

Lo mismo intentaron hacer los gobiernos alemanes de postguerra, ocultando la colaboración e indiferencia de la población para con la política nazi bajo el manto de la “dictadura de la Gestapo y las SS”.

Pétain, en contacto con los británicos, instó a colaborar sin convicción ninguna en su mensaje radiofónico del 24 de octubre de 1940. Tampoco la tenían los alemanes: en su “Mein Kampf”, Hitler describió a Francia como territorio de explotación, lo que reiteró posteriormente Goering.

Otros incidentes destruyeron las posibilidades de colaboración real: la fuga del general Giraud, el fusilamiento de rehenes a partir de agosto de 1941, la persecución antisemita desde marzo de 1942, el millón de prisioneros franceses trabajando en Alemania, los 845.000 obreros en la industria bélica alemana y los 250.000 en la propia Alemania. Pero la colaboración de destacados intelectuales y sectores de la población persistió hasta el fin de la guerra.

El colaboracionista es básicamente un conformista. Puede serlo de dos tipos:

La definición del primer tipo nos la da André Gide: “Tenemos que aprenderlo todo de Alemania, ella tiene que tomarlo todo de nosotros”.

El segundo tipo nos lo describe J.P. Sartre quien en 1945 escribe sobre el colaboracionismo en su artículo “¿Qué es un colaborador?”:

Tras haber establecido la fuerza como fuente del derecho y prerrogativa del amo, el colaboracionista recurre a la astucia. Reconoce su debilidad y este apóstol de la virilidad y las virtudes masculinas usa las armas de la debilidad, de la mujer. En todos los artículos de [...] encontramos curiosas metáforas que presentan las relaciones entre Francia y Alemania como un juego sexual en el cual Francia representa el papel de la mujer. Y no cabe duda de que la relación feudal entre el colaboracionista y su maestro tiene un aspecto sexual. En tanto que podemos hablar de una mentalidad colaboracionista hallamos que se trata de una cualidad femenina. El colaborador habla en nombre de la fuerza, pero él no es fuerte: es astuto, taimado; es furtivo descansando en la fuerza, e, incluso, encantador y seductor y confía en explotar la seducción que cree tiene la cultura francesa para los alemanes. Representa una rara mezcla de masoquismo y homosexualidad y, desde luego, los círculos homosexuales de París son un semillero de numerosos y brillantes reclutas”.

La colaboración no es del todo pasiva ni controlable. No se trata sólo de contemporanizar. Deja huella. Porque el espacio social en el que se mueve el individuo está conformado por actitudes uniformes, códigos y reglas implantados por el poder, en nuestro caso, por la dictadura y el chantaje del nacionalismo vasco-catalán, cuya seña más visible es la imposición y exclusividad de las lenguas locales erigidas como única legitimidad social y política y totem predilecto en sus espacios simbólicos.

No hay, por lo tanto, posibilidad de inocencia en la posición colaboracionista, no cabe alegar ignorancia. Al rendirse ante ese poder, el colaboracionista reconoce el predominio de la coacción en él, y al aplicársela a los demás se transforma en cómplice. Quizás más que el militante.

Tampoco es excusa la obligación ni la “integración”, ya que la mayoría de las situaciones de sociabilidad se dan en el trato personal, de modo individual. Y en ellas el colaboracionista se prueba a sí mismo su valía como tal.

De manera que el colaboracionista interioriza esta colaboración, y por fatalismo o por admiración, se transforma en el objeto de su servilismo. El colaboracionista termina hablando la lengua exigida por los nacionalistas con quien no le habla así e incluso la autoimpone en su intimidad familiar. Hace de ella su medio de relación social sin necesidad, porque lo acepta en su fuero interno, acepta ese dominio social.

Sin embargo, el renegado hace de ello su vida personal, y de ahí pasa a lo público y a lo político. El colaboracionista es aún más traidor y más repugnante porque lo es innecesariamente. Es un producto de la ocupación del espacio social por un poder intervencionista y totalizador: el nacionalismo.

El colaboracionista y el renegado se sienten plenos de ese poder. En las relaciones sociales cara a cara, una simple primera mirada basta para identificar al investido por ese poder, antes de que abra la boca. Lo que muestran con su empeño es la realidad del enfrentamiento, de la división y de la coacción. Los nacionalistas pretenden convertirla en normalidad y a aquellos en parte beligerante.

La mayoría de la población, con una percepción y conciencia de la realidad, fragmentarias, oscila en multitud de posiciones y matices según la situación. Resistentes y colaboracionistas puros se dan en pequeñas cantidades.

Para combatirles, basta con no renunciar a nuestra lengua ni a nuestra cultura, a lo nuestro. Ellos no soportan el sonido de nuestro idioma ni la visión de nuestros símbolos, porque les recuerda la falsedad y pequeñez de lo suyo. No hay “rebeldía” en sus actitudes por muchas algaradas que monten las juventudes de HB-ERC. Son las nuevas Juventudes Hitlerianas.

Nosotros y ellos. Con todas las consecuencias.

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