El “síndrome de Estocolmo” es un estado psicológico por el que la víctima se identifica con los motivos y el destino del agresor; aplicado normalmente a una situación de secuestro o toma de rehenes.
Una parte de la población española residente en Cataluña y Vasconia, o descendiente de ella, sufre de ese síndrome del rehén.
Son una parte de las víctimas de la política nacionalista de represión del idioma y cultura españolas, y de los propios españoles como pueblo y como individuos, calificados con las peores características e insultos degradantes.
Este
sector, ya sea por ansia de integrarse en la ideología dominante en la
sociedad, por miedo, vergüenza o por ser rastrero por naturaleza, lo
peor de entre nosotros, adopta cínicamente la cultura
y el dialectillo inventado del enemigo, travestidos de milenarios y, como no,
de “demócratas”.
Y con ello adopta también sus odios y mentiras, contra su propia gente, contra ellos mismos, como los miembros de la “Asociación Nacional de Judíos Alemanes”, que apoyaban a Hitler pretendiendo que sólo estaba en contra de los “judíos del Este”; fatal autoengaño, fatal traición.
Es curioso observar como algunos de estos renegados, habitualmente hablantes en español, cambian en presencia de un catalanista, llegando incluso a negar la enseñanza de nuestra lengua a sus propios hijos.
El nacionalismo es un dios sangriento que exige sacrificios humanos, incluso los de los niños, como las Juventudes Hitlerianas.
Las normas sociales las construyen fuerzas históricas, económicas y políticas, no proceden de la naturaleza.
Pero el nacionalismo no conlleva normas producto de una evolución determinada sino que las impone bruscamente. El nacionalismo inventa su nación y su pasado, crea su cultura falsificando elementos existentes o forjando otros.
El nacionalismo es una revolución, no refleja ninguna tradición. Pero es un refugio de afirmaciones categóricas en medio de un mundo que cambia demasiado deprisa, y una válvula de escape política.
La población no es, casi nunca, protagonista activo de los cambios sociales. O manipulan su papel (caso de la revolución rusa) o son simples comparsas de intenciones inconfesables (caso “Prestige”, movimiento “No a la guerra”, etc).
La tónica general hoy en el mundo desarrollado es la sumisión o el individualismo. Hay mucho que perder y poco a ganar. Siempre son minorías conscientes y actuantes las que transforman.
Y la expansión de los nacionalismos y de los potentes medios de comunicación acelera esa docilidad ante los actores políticos y sus manipulaciones.
Estos nacionalismos se han apropiado, gracias a la alianza traicionera de la izquierda, del mito de la lucha antifranquista, en la que jamás estuvieron (estuvo integrada por anarquistas y comunistas y fue muy minoritaria), ocultando su trato de favor franquista desde los años 50.
La democracia se ha transformado en la permanente
transgresión de unos partidos sin ideología real que defender
y en la construcción de la tiranía y disgregación de los
nacionalismos.
¡Reaccionemos!