Santiago Carrillo
Santiago
Carrillo nació en Gijón el 18 de enero de 1915, siendo su padre
un importante dirigente socialista, amigo de Largo Caballero. Entró
en la imprenta del diario “El Socialista” a la edad de trece años,
y al año siguiente fue ayudante de redacción por influencia
del dirigente Andrés Saborit, del que se decía que hacía
“votar a los muertos”, es decir, un especialista en pucherazos
electorales.
Este mismo año de 1930 es nombrado por Saborit encargado de las noticias
municipales. Es nombrado también miembro del Comité Local de
las Juventudes Socialistas madrileñas. El día 15 de diciembre
participa en su primera acción callejera: atacar a vendedores del diario
derechista “El Debate”.
En la escuela de verano socialista de 1933 manifiesta ya su tendencia comunista
al atacar a los dirigentes moderados del partido, apoderándose del
control de la Federación de Juventudes Socialistas al ser nombrado
su secretario en abril de 1934. Sostenía por entonces posiciones insurrecciónales
y bolchevizantes más radicales que las del propio PCE.
Carrillo fue encarcelado del 7 de octubre de 1934 al 17 de febrero de 1936
por su participación en la insurrección de Asturias, mostrando
en aquellas jornadas rasgos de cobardía, según testimonios publicados
por el diario “El Socialista” en 1936. Allí tomó
contacto con destacados comunistas.
A través de él, ya convertido en agente del “Komintern”,
la Internacional Comunista, se logra el 4 de abril de 1936, la unificación
formal de las Juventudes Socialista y Comunista, que tanto enfureció
a Prieto y alarmó a Largo Caballero, provocando las dimisiones de los
secretarios juveniles de Valencia y Asturias.
Por aquél entonces ya sostenía Carrillo la táctica comunista
de presentarse como defensores de la “república democrática”,
que tan buenos resultados les dio entonces y después, y así
lo expresó en el congreso juvenil celebrado en enero de 1937 en Valencia:
“No
somos juventudes marxistas. Luchamos por una república parlamentaria
democrática”.
Los anarquistas le respondieron con ironía desde su periódico
“Solidaridad Obrera”: “Si las juventudes socialistas unificadas
no son ni socialistas ni comunistas ni marxistas, ¿qué son?”.
Con el estallido de la sublevación del 18 de julio, Carrillo tarda
un mes en regresar a España. El 6 de noviembre solicita su ingreso
en el PCE, siendo nombrado Consejero de Orden Público de la Junta de
Defensa de Madrid, un organismo que gobernaba de hecho la capital por encima
del gobierno republicano.
Tres días antes había acontecido la primera “saca”,
fusilamiento masivo de presos sin juicio previo, en la cárcel de Porlier,
con fuerzas comunistas bajo el mando de Enrique Castro Delgado y órdenes
del “Komintern”.
Con la colaboración de Ángel Galarza Gago, Ministro socialista
de Gobernación, y Segundo Serrano Poncela, del Consejo de la Dirección
General de Seguridad, fue el ejecutor de las “sacas” que vaciaban
las cárceles Módelo, San Antón, Porlier y Ventas, camino
de las fosas comunes de Paracuellos del Jarama casi todos.
Estos datos han sido puestos de relieve por testigos de la categoría
del encargado de negocios de la Embajada Noruega, Félix Schlayer, y
de varias delegaciones diplomáticas, destacándose las hispanoamericanas.
Tanto
Carrillo como los dirigentes implicados, así como las más altas
autoridades de la República, mintieron y protegieron estos crímenes,
cuando no los azuzaron en sus publicaciones.
El 7 de noviembre, día de la primera saca, Schlayer y el delegado de
la Cruz Roja mantuvieron una reunión con Carrillo en la que este les
dio seguridades sobre la vida de los prisioneros.
Así, el 14 de noviembre la Junta de Defensa desmiente los rumores de
fusilamientos en masa. Eso cuando el día 10 se había informado
en la reunión del consejo de Orden Público el fusilamiento en
Torrejón de Ardoz y Paracuellos de los presos transportados en cinco
autobuses grandes.
Las “sacas” masivas terminaron cuando fue nombrado Delegado General
de Prisiones el anarquista Melchor Rodríguez, el 4 de diciembre.
Posteriormente fue nombrado miembro del Comité Central del PCE (1937)
y en 1939 rompió con su padre por considerar este perdida la guerra.
En 1960 fue nombrado Secretario General del PCE, siendo gran amigo del dictador
rumano Ceaucescu y de Stalin.
A su regreso a España en 1976 fue elegido diputado de 1977 a 1986,
abandonando la Secretaría del PCE en 1982 y el Partido en 1985, creando
otro (Partido de los Trabajadores-Unidad Comunista), de lánguida vida,
que acabaría integrándose, con él, en el PSOE en 1991.
En entrevistas públicas que se le hicieron en los años 80 justificó
la primera “saca” como prevención de una columna interna
de sublevados entre los militares presos en Madrid (¿y los que no eran
militares?, ¿y los que sólo eran católicos, y las monjas?),
desacreditando todas las leyes de guerra internacionales y el derecho de gentes,
y en cuanto a las restantes, manifestó haberse enterado a través
de Schlayer.
Insinuó que las responsabilidades recaerían sobre el escritor
socialista Serrano Poncela, responsable del Consejo de la DGS en la Junta
de Defensa (que durante el franquismo vio publicados sus libros en España),
pero lo cierto es que era su subordinado con el que departía casi a
diario.
El
caso de Carrillo es el de la fuerza de la propaganda, que tan buenos frutos
ha dado a los mentirosos y tergiversadores, en este caso el PCE y el PSOE,
en los años de la Guerra Civil y la República, en los de la
Transición Política (un gran lavado de imagen, sólo comparable
al de los nacionalistas vasco-catalanes) y actualmente, en su papel de bonachón
político retirado, icono de la democracia (¿!).
Otros han logrado lo mismo: Alberti, el depurador
de intelectuales, la misma fanática “Pasionaria”...