La Restauración monárquica

El artífice de la Restauración monárquica en la persona de Alfonso XII es Cánovas del Castillo, dos veces ex ministro y antiguo miembro de la Unión Liberal. Su preocupación era construir un régimen basado en la estabilidad.

Creó para ello un sistema de turnos de los dos partidos principales, conservador-liberal (Sagasta), el control de las elecciones por sufragio censitario) a través del caciquismo (clientelismo político) como medio para evitar la debilidad de los partidos y la multiplicación de las facciones), la unión de todos los grupos de poder económico y la integración de todas las clases sociales en la monarquía, especialmente mediante la recuperación del espíritu del Sexenio junto a medidas claramente conservadoras, así como la solución (temporal) a la guerra carlista (1876) y cubana (1878) y el control del Ejército.

Una etapa, el primer tercio del siglo, en que se aprobarán medidas sociales aceleradamente, que otros países tardarán décadas en adoptar.

Durará hasta 1923, pero la declaración en la Constitución de soberanía compartida entre el parlamento y el rey, con la facultad de este de nombrar gobiernos y disolver Cortes, le implicará en la política cotidiana, con consecuencias negativas.

En definitiva, una visión de Estado, de equilibrio para los 16 millones de españoles de entonces. Los principales beneficiarios serán los industriales vasco-catalanes (Girona, Comillas, Arnús...), que se ven integrados en el bloque de poder con sólidas relaciones, con la deseada estabilidad y premiados con títulos de nobleza.

Además, la Ley de Relaciones Comerciales con las Antillas de 1882, da a la élite económica catalana el dominio del mercado colonial.

En cuanto a la oligarquía vasca, crea en 1894 la Liga Vizcaína de Productores, en 1897 el Sindicato Siderúrgico y en 1907 la definitiva Central Siderúrgica de Ventas, monopolio para el control del mercado, el acaparamiento de recursos estatales y el mantenimiento de una fuerte política proteccionista.

En esta época los beneficios de ambas oligarquías se disparan, aunque la monopolización y la falta de reinversión provocarán los problemas que estallarán en el siguiente siglo; se desarrollan las organizaciones obreras.

También entonces surgen los nacionalismos políticos, espoleados por el ultra-conservadurismo y la aparición de clases medias con ansias arribistas. Se crearán el PNV, la Unión Regionalista y la Liga.

En 1895 se reaviva la guerra en Cuba; Enviado el general Weyler, se ve obligado a aplicar medidas severas ante los métodos del enemigo, lo mismo que el general Polavieja en Filipinas, donde los radicales atacan ya a los autonomistas; igual que un siglo antes “el Pacificador”, general Morillo, ante las atrocidades de Bolivar y demás.

Al subir al poder Sagasta destituye a ambos, pero la negociación y la autonomía ya no son posibles. Primero porque, superados los miedos iniciales a perder el mercado cubano, los fabricantes vasco-catalanes abogarán por el abandono de la isla y la traición a las tropas y a la población leal (como la izquierda), con la misma fe con la que antes defendían la permanencia por sus beneficios económicos, de los que obtuvieron muchísimos con motivo de la guerra; acertarán, ya que después de la pérdida del 98 recuperarán las ventas. Las manifestaciones patrióticas arreciarían en España.

Segundo, porque el “partido de guerra” norteamericano se movilizó, dando lugar a la escalada de propaganda y amenazas, al hundimiento de nuestra flota frente a la superioridad técnica del enemigo, al sabotaje del navío USA “Maine”, seguramente por la guerrilla cubana, y a la invasión yanqui de la isla.

Lo mismo que en el caso de Sudamérica, 90 años antes, caerían en manos de un auténtico, rapaz y asesino imperialismo anglosajón. Desde entonces sí que serían colonias: Cuba, Puerto Rico, Filipinas, las Carolinas, Marianas y Palaos.

La siguiente etapa empieza con la Regencia de María Cristina hasta 1902, en que cumple la mayoría de edad Alfonso XIII. Es una etapa marcada por los intentos de renovación de los dos partidos del turno, que pierden sus líderes y ven ascender otros (Maura y Canalejas), por el auge republicano y su convergencia con el socialismo, por la aparición de un reformismo alternativo al régimen y por las manipulaciones de los nacionalismos, que junto con los diversos revolucionarismos, han participado en todos los intentos de subversión de la Nación.

Pero sobre todo, es época de la aparición estelar de los intelectuales del 98, que se inventarán la España eternamente problemática, continuación de la teoría de la decadencia, tan cara a los intelectuales críticos; una verdadera obra de demolición.

Todo ello explotará en 1936, mientras el primer gobierno del post-98, presidido por Silvela, lanza un proyecto regeneracionista de “revolución desde arriba” que reforme el Estado de modo definitivo, comenzando con una reforma tributaria.

Inmediatamente se le oponen todos los sectores de la oligarquía catalana y ella hace que sus dos “hombres de paja” en el gobierno (Durán y Polavieja) dimitan.

El hecho más destacado de la época, la intervención española en Marruecos no viene dada, como se ha dicho, por un puro deseo de competencia colonial con las grandes potencias (Francia y Gran Bretaña), sino, sobre todo, por la preocupación ante los intentos de penetración alemanes. En 1902 el gobierno rechaza el pacto propuesto por Francia, que nos hubiera dado el control de todo Marruecos, y sólo dos años después, por las causas apuntadas, se firma el pacto, pero ya sólo sobre la zona del Rif. Sucesivos tratados se firman en 1906 y 1912.

Motivos estratégicos ante la penetración de potencias en un territorio próximo e históricamente intervenido por España; detrás de ellos vendrían los económicos y civilizadores.

Este periodo acaba en 1909, con la “Semana Trágica” en Barcelona, una confusa revuelta contra las levas de quintos a Marruecos, espoleada por la agitación de la izquierda y que acaba con la aceptación por el rey de la dimisión de Maura. Su sucesor Canalejas, quizás el mayor reformador de la Historia española, continúa más firmemente la labor democratizadora, de reformas sociales y de acercamiento a la izquierda monárquica.

Este siglo XX verá, a través de la guerra marroquí, no tan popular como las anteriores por las implicaciones políticas y militares y por los errores (Annual...), el surgimiento de un reaccionarismo entre la oficialidad colonial (Marruecos fue la única colonia de la Historia española), llamada generación de 1915, y un sector intelectual (Ganivet, Maeztu, Pradera...).

Tras el gobierno de Dato llega Romanones, y cuando su ministro de Hacienda, Alba, presenta un impuesto sobre los beneficios extraordinarios de guerra, en 1916, la oposición de los industriales catalanes representados por Cambó lo aborta.

En el periodo de la I Guerra Mundial (1914-1917), la neutralidad española alumbra una etapa de expansión económica, basada en un modelo proteccionista (aranceles de 1896 a 1906), y una marginación de las oligarquías agrarias a favor de las industriales vasco-catalanas, apoyadas por el creciente intervencionismo estatal y con acusadas tendencias monopolistas.

No obstante, el carácter cicatero de tales industriales hará que no aumenten la productividad ni la tecnología, con consecuencias fatales.

Es precisamente durante la I Guerra Mundial cuando se da en la izquierda y el republicanismo un cambio notable favorable a los autonomismos nacionalistas por su coincidencia en la lucha contra la Monarquía y la Dictadura de Primo de Rivera. Proceso que se repetirá en el franquismo.

Las divisiones en el seno de los dos partidos turnistas, la agitación del catalanismo y la izquierda, que intentó una rebelión, el problema de Marruecos y la oposición de las Juntas de Defensa militares llevaron a la crisis del sistema en 1917, pero las diferencias de todas estas fuerzas fueron utilizadas por el régimen para salvarse.

El sistema continuó hasta 1921, el Desastre de Annual, un fuerte en territorio marroquí arrasado por las kábilas rifeñas y con la guarnición asesinada; se exigieron responsabilidades militares y políticas que no fueron satisfechas.

La llegada al poder de los liberales supuso una serie de reformas económicas perjudiciales para las oligarquías (impuestos sobre beneficios de guerra y sobre bienes religiosos...), pero los motivos que propiciaron la Dictadura fueron en realidad la situación marroquí y las constantes provocaciones del nacionalismo catalán.

Los trabajos de la Comisión de Investigaciones, la resistencia del Ejército a esta y la agitación antibelicista de la izquierda (y de los nacionalistas) crispó la situación; el propio rey comenzó a plantearse una salida autoritaria a la crisis. La cual llegó el 13 de septiembre de 1923.

Encabezó el golpe Primo de Rivera (financiado y apoyado inicialmente por la burguesía catalana), capitán general de Cataluña, al no poder hacerlo el general de mayor rango, Aguilar, pero sólo le siguió Sanjurjo en Zaragoza, mientras los comprometidos en Madrid esperaban la reacción del rey.

Primo supo aparentar tener el control de la situación y presentarse como valedor del rey frente a la ineficacia de los políticos; la falta de oposición y el apoyo del rey le hicieron triunfar.

Su proyecto de regeneracionismo autoritario y desarrollista se encarnó en el partido que creó, la Unión Patriótica, pronto copado por caciques, aunque la represión no lograba terminar con la agitación estudiantil, izquierdista y catalanista.

La política abandonista que adoptó entonces hacia Marruecos fue compensada con el exitoso desembarco en Alhucemas, en una operación conjunta con Francia. El descontento del Ejército por la política de ascensos tuvo su punto máximo en la rebelión de los artilleros, que sólo fue secundada en Ciudad Real y Valencia, pero lo alejó del régimen y del rey, y evidenció el aislamiento de estos.

La crisis de 1929 se saldó con la inflación provocada por un ambicioso programa de obras públicas, especialmente hidráulicas y transportes, que provocaron una fuerte alza en los precios y en la producción y, sobre todo, en los beneficios de las grandes empresas.

La crisis no tuvo las características dramáticas de otros países (no afectó al salario obrero), siendo más bien el cenit del periodo de auge económico, pero impidió consolidarse al régimen a través de la implantación de una Asamblea consultiva (que alarmó hasta a los monárquicos). Abandonado por todos los grupos y clases, con sus diversos programas rechazados, Primo tuvo que dimitir ante la oposición hacia él del rey, el 28 de enero de 1930.

El gobierno de transición del general Berenguer demolió la obra política de Primo, pero no con la suficiente rapidez, lo que dio alas a la oposición izquierdista, alejó a los monárquicos y aceleró los efectos de la crisis del 29: descenso de la producción y las importaciones, aparición del paro masivo... Berenguer tuvo que dimitir el 14 de febrero de 1931.

Acaba así un periodo de expansión económica extraordinaria, de prosperidad, progreso e industrialización. Precisamente el inmovilismo político de la Dictadura era incompatible con esa revolución económica, tal y como 50 años después lo sería el régimen franquista.

Los principales beneficiarios fueron las grandes empresas, lo que hizo que el resto de la industria diese la espalda al régimen, y reformas tendentes a gravar las grandes propiedades, como la de Calvo Sotelo, fueron abandonadas ante la oposición y el temor de la oligarquía, ya bastante contraria a la política social de la Dictadura y a la necesaria subida de los impuestos.

Todos los sectores querían beneficiarse sin aportar nada. La primera en abandonarla y traicionarla políticamente fue la burguesía catalana, especialmente la FIN (Federación de Industrias Nacionales), agrupación de productores de electricidad y acero vasco-catalanes, que ahora no querían pagar los costes de su política. El representante más característico de esta actitud de doblez e hipocresía fue el financiero catalán Cambó, que diría posteriormente:

Destruimos un sistema y fuimos incapaces de construir otro alternativo”.

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