Siglo XIX: Monarquía y liberalismo

El régimen de Fernando VII, establecido tras la Guerra de la Independencia, en marzo de 1814, se destacó por ser el reflejo de un conservadurismo que no había tenido cabida en la Historia española anteriormente, producto de la reacción contra los liberales, la Constitución de Cádiz y el temor a la Revolución francesa y el bonapartismo.

Fernando VII representó el absolutismo que no existió jamás antes en España.

La falta de apoyo de las élites e ideología liberales les llevó a la clandestinidad y la acción conspirativa, fue fundamentalmente militar; es la era de los pronunciamientos, alzamientos militares.

Este nuevo papel del Ejército se debe a varios factores; el ascenso en la jerarquía de gran número de hijos de obreros y de no-nobles debido a la Guerra de la Independencia, la participación masiva del pueblo en la lucha, que supone su entrada en la escena política, y el enfrentamiento con el carlismo, que hacen del Ejército el valedor del régimen liberal y de la Monarquía.

Uno de ellos logra en 1820 forzar la convocatoria a Cortes y abre paso al “Trienio Liberal”, régimen que sufrirá una progresiva radicalización, acosado por partidas guerrilleras “realistas” que prefiguran el carlismo.

Este golpe militar, inicialmente comandado por el jefe de la expedición de apoyo al general Morillo “el Pacificador” en América, general O´Donnell, que se retraerá y lo abortará, lo llevará a cabo el teniente coronel Riego, que se convertirá en un símbolo. Tendrá como efecto el fracaso de la intervención contra las fuerzas criollas al no llegar las tropas.

La llegada al poder de los liberales “exaltados” (radicales), su incapacidad para resolver los problemas y el auge de las partidas guerrilleras en el País Vasco y Cataluña (el reaccionarismo de estas regiones y los intereses económicos de sus élites prefiguran su ideología nacionalista posterior), harán que una intervención militar francesa, los “Cien Mil Hijos de San Luis”, con intereses políticos y económicos en España, derribe el régimen liberal.

La represión arrecia; el mítico guerrillero de la Guerra de la Independencia, Juan Martín “el Empecinado”, es ejecutado el 28 de agosto de 1825, se reorganiza la policía para establecer un gran sistema de delación, “purificaciones” de los empleos públicos, “bandas de la porra”...

Tras los primeros años represivos de la llamada “década ominosa” de la restauración fernandina, se instaura un reformismo absolutista, en medio de los fracasos de las conspiraciones liberales de 1826 y 1830, y del nacimiento de los realistas intransigentes, que depositan sus esperanzas en el infante Carlos María Isidro, hermano del rey y su heredero hasta que se publicó la “Pragmática Sanción” a favor de Isabel II, hija del rey. Es el nacimiento del carlismo.

Tras la muerte de Fernando VII viene la Regencia de María Cristina y la primera guerra carlista (1833-1840). Mientras, se van afianzando las posiciones liberales al mismo tiempo que estos se dividen. Su apoyo y el de los sectores militares afectos suponen la supervivencia del régimen cristino y su misma definición política. La población encuadrada lo hará en los Voluntarios Realistas, en un bando, y en el otro en la Milicia Nacional.

La ideología carlista, la más reaccionaria de Europa, no tendrá ninguna conexión con las tradiciones españolas (el regalismo, por ejemplo), sino que será tributaria del pensamiento reaccionario francés (Altar y Trono).

Sus divisiones políticas posibilitarán el fin de la guerra.

La Constitución de 1837 instaura el parlamentarismo en España, y como en toda Europa, es el resultado del pacto entre las clases socio-económicas dominantes y las ascendentes. Mientras, los “moderados” sustituyen a los “progresistas”.

La presión política del Ejército, en la persona del general Espartero (hijo de un obrero), a favor del progresismo provoca la dimisión de la Regente y el inicio de la regencia de Espartero en 1840.

En 1843 acaba la experiencia progresista a manos de una coalición anti-esparterista, animada económicamente por los industriales vascos y catalanes, contrarios al librecambismo del régimen y al apoyo a las burguesías rurales. Se hace a través de un golpe militar dirigido por Narváez y O´Donnell, “moderados”.

Bajo la jefatura del primero y tras una transición “progresista” de unos meses, en la que se disolvió la Milicia Nacional, Narváez inicia la etapa de estabilidad de los moderados, la “Década”, seguidas por un “Bienio Progresista” y los cinco años de la “Unión Liberal” de O´Donnell. Fue una etapa (1834-1868) de consolidación política del liberalismo, de estructuración del Estado y de organización social; Reforma (unificación) tributaria, organización territorial, sufragio directo y censitario, unificación del mercado, cohesión nacional, recuperación de las exportaciones, mejora de las comunicaciones, articulación del sistema bancario, estructuración de la Administración...

En 1833 se reforma la administración provincial por el ministro Burgos, en 1844 se crea la Guardia Civil como forma de implantación de la ley y la autoridad estatales, en 1845 se unifican los sistemas fiscales, en 1848 se promulga el Código Penal y en 1876 quedan abolidos los fueros vascos.

El gran fallo de esta reforma fue que respetó la denominación de las antiguas regiones medievales, aunque sin personalidad jurídica.

España tenía un ligero atraso en el proceso estatal de “nacionalización” de la población (escuelas...) y formación de las instituciones del Estado moderno (policía...) por ser una nación muy antigua, no necesitada de falsas emociones nacionalistas.

Pero esta circunstancia, al unirse a los desequilibrios territoriales (élites dominantes periféricas con apoyo del Estado) propició el surgimiento de los separatismos y la subversión de los extremismos de derecha e izquierda.

Ni subdesarrollo ni excepcionalidad en la evolución económica hacia la industrialización: disturbios políticos relacionados con la radicalización de uno y otro bando.

El hecho más destacado fueron las expediciones militares de O´Donnell a Marruecos, Cochinchina y México, como forma de incidencia en la política exterior frente a las potencias europeas.

La guerra de África en 1859-60 y el conflicto de las islas Carolinas con Alemania provocaron movilizaciones populares masivas y espontáneas, de contenido patriótico y de apoyo al Ejército. Especialmente multitudinarias fueron las de Madrid y Barcelona.

Símbolos de la fortaleza de ese sentimiento popular eran el arraigo del toreo y la zarzuela, obra de un grupo de músicos que investigaron las raíces españolas para la confección de una ópera nacional, que es hoy una de las mejores de Europa, aunque no tan conocida como la italiana.

No obstante, ni siquiera Cánovas, símbolo posterior de ese patriotismo, pasará de ser un moderado centrado en la realidad nacional, muy en la línea del populismo nacional de un escritor como Galdós (autor de “Episodios Nacionales”). Sería a principios del siglo XX cuando los resultados de esa labor política y fermento cultural se manifestarán, más nunca como nacionalismo.

Pero el régimen pierde sus apoyos políticos progresivamente y tras los intentos de rebelión del general Prim y otros, y la negativa de los progresistas a pactar, llega la represión de Narváez, y la muerte de este y O´Donnell.

Ese vacío de poder y la crisis financiera y de subsistencias lleva a la sublevación de 1868 y al “Sexenio Revolucionario”.

En su génesis (Pacto de Ostende) y en su evolución posterior confluyen todas las nuevas fuerzas políticas que van a ser las protagonistas: Unión Liberal, liderada ahora por Serrano, Partido Progresista, P. Demócrata y los Republicanos.

Los carlistas se reactivarán cuando se declare la libertad de cultos, aunque dentro del sistema parlamentario hasta la sublevación de 1872.

El primer paso del gobierno provisional (progresistas y UL) es disolver los Voluntarios de la Libertad (antigua Milicia Nacional ciudadana) y las Juntas Revolucionarias. Se proclaman varios decretos sobre los bienes de los jesuitas y los conventos. Dos meses después estallan diversas rebeliones campesinas en Andalucía, pronto reprimidas.

En 1869 se celebran las primeras elecciones a Cortes Constituyentes por sufragio universal directo, con mayoría gubernamental. La Constitución, muy avanzada, proclamará principios democráticos y la soberanía nacional, así como un sistema bicameral.

Impulsada por el general Prim, jefe de gobierno, se proclama rey el 2 de enero de 1871 a Amadeo de Saboya, descartados el resto de candidatos; durante su corto reinado, se le opondrán nobles, monárquicos, latifundistas, la izquierda y se le unirá la descomposición de los partidos de la alianza gubernamental, motivada por el carácter contradictorio del régimen.

Se formarán el partido constitucional, de Sagasta, conservadores y el radical de Zorrilla, progresistas. En dos años habrá seis gobiernos y tres elecciones generales que no lograrán estabilizar la situación.

El 11 de febrero de 1873, ante la abdicación de Amadeo I, se proclama la I República, de manos de una coalición de republicanos federales y radicales monárquicos, ante la falta de consenso sobre la persona del príncipe Alfonso de Borbón.

Tras dos golpes de fuerza frustrados de los radicales contra los republicanos federales, las elecciones dan la mayoría a estos, pero persiste la elevada abstención, el 60 %, debido al retraimiento de la mayoría de los partidos (incluidos los carlistas, en guerra).

Su desunión en tres tendencias, la errática labor legislativa y los alzamientos cantonalistas provocados por el ala “intransigente” del partido y por la Internacional, sofocados por tropas retiradas del frente carlista, ahora extendido también a Cataluña, y las agitaciones sociales provocan en enero de 1874 la disolución de las Cortes por el general Pavía y un año después la proclamación de Alfonso XII por el general Martínez Campos, adelantándose al plan de Canovas del Castillo.

La labor de esta I República, como lo será la de la II, es destructiva por lo radical y utópico de sus planteamientos, basados en prejuicios ideológicos.

La reorganización del Ejército para hacer frente a la guerra carlista, y las agitaciones de la izquierda fueron determinantes en la caída del régimen del Sexenio, así como la crisis del mercado financiero y del déficit público: 504,4 millones de déficit y 628,5 en créditos estatales.

La dependencia del extranjero se agudiza, una característica paradójica de la rapaz industria vasco-catalana, fanáticamente proteccionista. Cuando la inestabilidad se agudice por sus manejos monopolistas, serán ellos los que la extenderán, acusando al Estado de sus culpas. Utilizarán entonces los presupuestos del movimiento “Renacimiento” creado por intelectuales catalanistas deformando diversos elementos culturales e inventando otros con fines políticos.

Es precisamente en esta época cuando la oligarquía vasco-catalana pasa de la estrategia basada en inversiones especulativas sobre todo, a la del control de los recursos básicos y del mercado, que mantendrán cautivo y subdesarrollado con la hábil manipulación del "arancel" y el "contingente".

Los ahorros de las zonas agrícolas van a parar a las inversiones estatales en la industria vasco-catalana, que se retrae e invierte en propiedades urbanas o rústicas.

Es también la época de la libertad de enseñanza y pensamiento, de la autonomía universitaria y de los nuevos movimientos científicos y filosóficos. Se fundan sociedades y revistas. Pero la extensión de la educación entre el pueblo es aún débil, y ello contribuye a una falta de apoyo a las reformas y la ideología del Estado, agravado por la escasa preocupación de este en la construcción de monumentos, implantación de conmemoraciones o en la expansión de símbolos nacionales.

Cuando ello se dio fue ya casi a principios del siglo siguiente, de un modo ecléctico, moderado, quedando finalmente en manos de los conservadores, que habían comenzado a utilizar en esta época el patriotismo para legitimar su catolicismo y monarquismo y le dieron su versión reaccionaria (Nación= religión y monarquía tradicional), históricamente tan mentirosa como la liberal antimonárquica. Esta visión se implantaría definitivamente en el franquismo.

Es el comienzo del mito de “las dos Españas”, en realidad una fractura en la identidad nacional que los extremistas carlistas y republicanos, junto con la izquierda, contribuirán a fortalecer; dos caras de una misma moneda y por ello inencontrables.

Ello también nos libró de tener un nacionalismo español, sólo posible como integrismo religioso y por lo mismo inviable. Cuando surge algo parecido será con el advenimiento de la II República y lo hará como algo distinto, como fascismo.

Resaltar que este concepto reaccionario de nación, si bien unitarista, era protector de los tradicionalismos localistas, por pre-liberales y reaccionarios (de ellos nacieron los nacionalismos vasco-catalán).

La siguiente etapa será una pugna entre el deseo de estabilidad y la eclosión de fuerzas que lucharán por su predominio. Una época aún convulsa.

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