Melchor Rodríguez
Melchor
Rodríguez nació en 1897 en Triana, trabajando inicialmente de
calderero, siguiendo luego la carrera de torero, truncada por una cornada.
En Madrid se afilió a la anarquista CNT, siendo encarcelado durante
la etapa del general Primo de Rivera por la oposición de su organización
a su gobierno, apoyado por el PSOE.
Durante la Guerra Civil, siendo Ministro de Justicia el anarquista García
Oliver, y estando ya el gobierno republicano en Valencia, fue nombrado Director
de Prisiones, el 10 de noviembre de 1936.
Llegado a Madrid, dimite a los cuatro días al comprobar el absoluto
control del PCE y los asesinatos masivos de prisioneros por parte del Consejo
de Orden Público dominado por Santiago Carrillo con el beneplácito
del Ministro de Gobernación, el socialista Ángel Galarza.
García
Oliver vuelve a enviarle a Madrid, esta vez como Delegado General de Prisiones,
el 4 de diciembre, con plenos poderes. Al no estar dispuesto a participar
en el ambiente generalizado de matanzas y robos amparado por los partidos
y los organismos que ocupan, prohíbe terminantemente las “sacas”
nocturnas, y expulsa de los establecimientos penitenciarios a la Milicia
de Vigilancia de Retaguardia, llena de delincuentes.
El
mismo día de su llegada se persona en la cárcel de Porlier en
compañía de tres milicianos anarquistas y desarman y encierran
a los milicianos del tribunal comunista. Cuatro días después,
el ocho de diciembre, se enfrenta a una turba de 200 milicianos que pretendía
linchar a los más de 1.500 presos de la cárcel de Alcalá
de Henares con motivo de un bombardeo de la aviación franquista.
La última expedición hacia las fosas comunes de Paracuellos
del Jarama pudo desviarla Melchor Rodríguez en el puente de Ventas
pistola en mano.
Asimismo impone la normativa de que toda salida de prisión lleve su
firma y sello, para evitar ilegalidades y las complicidades de otras autoridades,
especialmente de Serrano Poncela, a cargo de la Junta de Defensa de Madrid.
Incluso exigió que, en caso de duda, se le telefoneara personalmente,
presentándose de madrugada en cárceles en varias ocasiones.
Ante esta situación, Carrillo cesa como Consejero de Orden Público
a los 20 días del nombramiento de Rodríguez.
Melchor Rodríguez no hizo ninguna distinción en el trato a los
presos, beneficiándose de su nobleza destacados derechistas como Serrano
Suñer, Muñoz Grandes, Fernández-Cuesta, Miguel Primo
de Rivera o Sánchez Mazas.
El dos de marzo de 1937 cesó en su cargo por las presiones del PCE,
denunciando los métodos del nuevo Consejero de Orden Público
de la Junta de Defensa de Madrid, José Cazorla.
El gobierno del general Casado le nombró alcalde de Madrid, en cuyas
funciones entregaría la capital a la llegada de las fuerzas franquistas.
Fue detenido y procesado, testificando a su favor numerosos ex-prisioneros
a los que salvó la vida el llamado “ángel
rojo”.
Condenado a seis años de prisión, al año y medio fue
puesto en libertad, sin haber renegado de su ideología anarquista.
Trabajó de empleado de seguros en medio del respeto general. Incluso
uno de sus escritos sobre la situación española llegó
a manos del general Franco a través del falangista Girón de
Velasco. Don Juan de Borbón le hizo también llegar su respeto.
Murió en 1972, y a su entierro acudieron tanto franquistas como anarquistas,
entonándose un padrenuestro seguido del himno de la CNT. Como desde
quince años antes había manifestado un acercamiento al cristianismo,
sobre su féretro se pusieron un crucifijo y una bandera anarquista.
Su proceder basado en la rectitud y la honradez queda
para siempre en la memoria de aquellos que le conocieron y a los que salvó
la vida.