Un fantasma recorre los EEUU: el fantasma del “poder hispano”. Bajo la excusa del peligro de disolución de los “valores anglo-protestantes” (¿valores “arios”?), se esconde en realidad el miedo a la pérdida de poder de la mayoría anglo-protestante (y no sólo a niveles directivos), un poder reforzado permanentemente por la estructura del Estado y de las prácticas sociales para autolegitimarse.
La
situación de los hispanos en EEUU es similar a la de la población
española leal, hispano-hablante, en zonas como Cataluña o Vasconia.
En ellos se registran tasas de abandono de los estudios y de fracaso escolar
más altas que los estudiantes cuyo idioma nativo es el inglés,
o el catalán en nuestro caso.
Y quizás se trate precisamente de eso: de perpetuar las posiciones de privilegio de la población anglo y catalana-hablante en la sociedad mientras se relega a “los otros” a puestos de baja categoría, peor pagados, porque les faltan los requisitos de formación exigibles.
Por otra parte, el aprendizaje de otra lengua y su utilización exclusiva no implica abandono (más que de modo superficial) de la situación de subordinación social tanto de los individuos como del grupo étnico-lingüístico.
De
lo que se trata a nivel sociológico es de un proceso de autovaloración
de las poblaciones antiespañolas de ambos lados del Atlántico
que les sirve para superar sus complejos de inferioridad cultural y psicológica
y apuntalar así su dominación económica y política.
Porque la población anglosajona ha sido la más depredadora (y no sólo en América), que construyó su sociedad sobre el genocidio y el racismo más evidente, y que aún hoy subsiste en su mentalidad de “fuerte asediado” (“stockade mentality”). Desde los indios y mexicanos hasta los emigrantes irlandeses e italianos y los negros esclavos.
¿Por qué ese miedo en un país que ha esgrimido el “melting pot”, la asimilación como forma de organizar una sociedad multiétnica (a duras penas)?.
En primer lugar porque la ideología de lo “políticamente correcto” está ahora implantada y favorece, como reacción, un nuevo integrismo, además beligerante e intolerante, contrario a la antigua aparente integración.
En segundo lugar porque los hispanos poseen unas características que los diferencian de otros grupos inmigratorios que se integraron más o menos en el sistema norteamericano, a costa de disolverse como tales comunidades y culturas.
Los hispanos son ya el 13 % de la población (37 millones), de los cuales casi 20 son mexicanos, y para el año 2050 serán el 25 %.
A pesar de tener los peores empleos, la mitad de las familias poseen su casa en propiedad, a diferencia de minorías como la negra.
Pero
el factor crucial para su pervivencia como comunidad
es la voluntad de mantener las tradiciones culturales y sobre todo el idioma,
el español, que desean transmitir a sus hijos.
Según una encuesta del principal operador de Internet, AOL, America On Line, el 70 % de los hispanos habla español en su casa y el 95 % lo apoya en la educación, sin desechar el aprendizaje del inglés. Un nexo similar a la religión entre la “umma” de los musulmanes.
Esto no se dio en ningún otro grupo inmigrante, y esto es el verdadero nexo y poder de la comunidad hispana, porque la diversidad nacional de los grupos hispanos genera problemas entre ellos (especialmente entre cubanos y portorriqueños).
No obstante, la diversidad cultural es también una ventaja, porque se nutre de tradiciones cosmopolitas del Sur y Centroamérica que poseen influencias (en diverso grado) tanto judías como musulmanas, católicas como indígenas, africanas como españolas.
Es el fecundo mestizaje que generó España. La América española jamás fue colonia ni se la trató como tal, pese a la Leyenda Negra Americana que construyeron nuestros enemigos.
Esta comunidad además, en sus diferentes subgrupos, mantiene viva la relación con sus tierras y poblaciones de origen; otra característica diferencial.
A todo ello se une el hecho de que ese 70 % de hispanos emigrantes e hijos de emigrantes se instalan en tierras que son suyas históricamente (California, Tejas y Nuevo México), mexicanos y españoles antes, y que les fueron arrebatados por los norteamericanos a través de la violencia organizada, la expropiación ilegal y la segregación racista.
La comunidad hispana siempre fue definida como no-USA, no asimilable, una definición negativa, de lo que no se es (“defining out”).
Ahora
bien, la situación real (y condicionada) de muchos hispanos, como son
la situación de pobreza, ilegalidad, discriminación, falta de
educación y suburbanismo, favorece la automarginación y la deslegitimación
de las propias metas sociales, formando una interiorización de la inferioridad
social hispana, que también se da en Europa (y en España, fomentada
por los nacionalismos separatistas).
Una inferioridad construida sobre la visión interesada que los EEUU han forjado sobre su “patio trasero”, fuente de mano de obra barata, exotismo y miseria. Pero esta imagen es falsa en buena parte.
Los países hispanoamericanos se encuentran en una situación intermedia. Entre las naciones en transición sólo una, Haití, pertenece al grupo de los países menos avanzados (PMA), junto a muchos asiáticos y africanos (pero con un ingreso per cápita igual a más del doble del de Chad o Etiopía).
La mayoría de los grandes tienen economías semi-industriales (con una industria de un 20-30 % en la composición del PNB), y los tres más grandes (Brasil, México y Argentina) se sitúan entre los nuevos países industrializados (NIC).
Los indicadores de modernización colocan a Brasil, México, Chile, Colombia, Cuba y Venezuela por encima de los países africanos y de la mayoría de las naciones de Asia. Argentina y Uruguay se hallan entre los países avanzados.
Los intentos por aparentar una integración a través de unas minoritarias elites y dirigentes hispanos responden sólo a la necesidad de captar esos millones de votos y consumidores, considerados un bloque aunque sea, como ya se ha dicho, diversa culturalmente.
Y
es aquí donde España puede jugar un papel fundamental en la construcción
de la identidad hispana en los EEUU. (Según propias declaraciones del
ex-presidente J.M. Aznar, la implicación en la guerra de Irak de España
junto a los EEUU se debió, consideraciones de prestigio y económicas
aparte, a la presencia hispana en ese país. Ignoramos la veracidad de
ese argumento, pero ha sido publicado).
Y no hablamos sólo de la “conexión europea” que supone España y el formidable flujo en ambas direcciones, tanto a nivel cultural como económico, sino de la labor que realizan organismos como el Instituto Cervantes, de extensión y (sobre todo) prestigio del idioma común, más allá de la especificidad de los territorios donde está implantado.
En este sentido, Internet cumple el papel de territorio de unión y expansión, de comunicación e intercambio que nuestra comunidad cultural requiere.
Dejando
a un lado los EEUU y Japón, y después de Italia, el idioma que
más crece en Internet es el español. Dentro del español,
los hosts que más aumentan son los españoles, seguidos de los
uruguayos y los argentinos. En total son 4.700.000 hosts en 2003. Pero el inglés
ha perdido un 33 %, mientras que el español ha aumentado 125 % comparativamente
en un periodo de tres años (aunque partiendo de un nivel notablemente
más bajo).
España crea el 50 % de las páginas-web mientras que la siguiente es Argentina con un 10 % (el inglés es el 70 % de la Red). Los habitantes del entorno en español de Internet son un millón, y la mayor parte de las webs son hispanas de los EEUU, sobre todo de contenidos culturales.
Esto último es importante, porque significa que los internautas y generadores hispanos de la Red no la usan como medio comercial sino cultural, de mantenimiento y creación cultural.
Creemos que la base de las soluciones a la problemática de los hispanos, tanto en los EEUU y en los territorios hispanos hoy ocupados por los EEUU, como en Centro y Sudamérica, es la construcción de la Hispanidad, o comunidad hispánica mundial.
Una
comunidad unida por la cultura, por la lengua y por la Historia, en la que España
tendrá la función angular de librar a la América hispana
del yugo anglosajón.
Pero todo ello deberá hacerlo sin paternalismos ni imperios. No olvidemos que, en el conjunto de hispanos, los españoles somos una minoría. Ello implicará consecuencias fundamentales, incluso políticas, de imprevisible alcance.
Y previniendo las objeciones “europeístas” de demócratas, izquierdistas, integristas o racistas varios, diremos que Europa es una invención española, en cultura, población y definición territorial.
¿Y por qué ha de ser España la que adopte este papel?. No sólo porque le corresponde como protagonista europeo de la Hispanidad y de su singularidad.
Portugal está muy minusvalorado con respecto a Brasil, que cuenta con más población y territorio, y medios de comunicación más potentes; aparte de haberse volcado más en sus antiguas posesiones africanas, recientemente independizadas.
En cuanto a Francia, aparte de Québec (Canadá, en el que los francófonos han generado un proceso nacionalista/secesionista), sus pequeñas posiciones caribeñas las ha conseguido siempre a costa de España, más que de Gran Bretaña.
Por
lo tanto, no es el iberismo o la latinidad (la Unión Latina, a la que
pertenece España, y radicada en París, es más bien un instrumento
francés y de su lengua), el que se puede articular (en Brasil el idioma
que crece es el español), sino la Hispanidad, el hispanismo, un concepto
en absoluto reaccionario o trasnochado, sino purificado y cargado de futuro.
Pero tiene poderosos enemigos. Desde hace veinte años funciona “U.S. English”, dirigido por un renegado chileno, Mauro Mújica, que desea que se reconozca la inglés como única lengua oficial, diciendo “igual que el castellano en España, y que se perpetúe como idioma común”.
Mal informado está de la situación en nuestro país. Y lo más irónico es que este individuo fue traído a Barcelona por el gobierno separatista catalán para poder establecer una conexión con la ideología nacionalista local y su campaña de hegemonía de su dialectillo. Otro grupo es “English First”, liderados por un líder religioso de extrema-derecha y presuntamente vinculados al KKK.
Se han dado casos de despidos por hablar español entre compañeros en el trabajo, o sanciones por lo mismo. La “inmersión” también se practica en California, y el uso de inglés exclusivamente en las dependencias oficiales se está implantando en dos docenas de Estados.
La Asociación Americana de Libertades Civiles ha denunciado la medida “porque discrimina a los inmigrantes, atenta contra la libertad de expresión y contribuye a crear un clima hostil en el trabajo”, así como a la Fundación Puertorriqueña para la Educación y la Defensa Legal.
Y
eso no sólo pasa en los EEUU. En Gran Bretaña fue despedida de
la empresa Billing&Edmonds (venta de uniformes escolares) una empleada española,
Pilar Giménez, a causa de su nacionalidad, porque “la
naturaleza extravertida de su cultura entra en colisión con el espíritu
de nuestro sistema educacional”. Es decir, fue despedida por
sonreír, por reír, por hablar con los clientes, por no ser un
pedazo de pescado disecado. Esta es, sin duda alguna, una batalla cultural.
En los EEUU, todos están de acuerdo en que las razones no son sólo racistas o culturales, sino también políticas: el miedo de los conservadores hacia los hispanos por verlos como una amenaza a su poder.