Seamos sinceros, la situación de nuestra Fiesta Nacional, la Fiesta por antonomasia, receptáculo no sólo de una actitud y de un carácter sino de la evolución de un rito colectivo y simbólico, está hoy en peligro real.
Ese peligro es el de su exhibicionismo turístico, comercial y desvirtuado por las trampas de empresarios y toreros de modo sistemático.
Las causas y su devenir son varias:
La solución: recuperar la autenticidad, el control, la afición y el carácter de la Fiesta y de sus protagonistas: colectivo y simbólico.
La
adulteración de la casta brava del toro es tanto más grave cuando
que es una creación de las ganaderías a través de la selección
de las reses, basada en la observación y la intuición, cambiando
su naturaleza a partir de estos descendientes del uro europeo, desaparecido
definitivamente en el siglo XVII. Y nace con la lidia, en el siglo XVIII.
En los inicios del toreo a pie, la bravura se medía de modo exclusivo ante el caballo de picar. Los ganaderos querían nada más que sus toros tomasen muchas varas y matasen muchos caballos. Y así fue hasta mediados los años 50 del siglo XX.
También hay que aclarar que hace un siglo los caballos eran escuálidos y desprotegidos, y el picador, más inseguro en su montura, picaba además con una puya de limoncillo, con encordado curvo que sólo permitía la entrada de la punta metálica, con lo que poco dañaba al toro, que apenas sangraba. Pero tampoco el toro de entonces tenía la selección de bravura de hoy.
De hecho, mientras las monturas pertenecieron a los picadores, estos evitaban la entrega del animal, pero cuando pasaron a ser propiedad de la empresa de la plaza quedaron en manos de los acuerdos entre esta y el torero dominante. De ahí la práctica del sorteo de las reses, impuesta en 1900, para evitar privilegios para algunos.
Aunque hoy pueda parecer primitivo, sirvió en su momento como modo eficaz de medir y fijar la bravura. Esto, junto con la tienta como método primordial de selección de los reproductores, frente a otras más primarias y aleatorias, y la utilización de un único semental para un lote de vacas, con lo que se fija una genealogía de la casta.
En cuanto a los toreros, también es cierto que buscaban su seguridad, como hoy, pero con la diferencia que entonces no se les trataba como a divos, dándoseles todas las concesiones. Fue con Guerrita que el torero empezó a obtener ciertos privilegios, pudiendo evitar este casi siempre los toros castellanos y navarros, más desabridos.
Con la desaparición de Guerrita, Machaquito y Bombita, termina la etapa del periodo decimonónico y se inicia la etapa del toreo de nobleza, con Joselito “el Gallo”, decisivo en la evolución del toro de lidia, un fanático del toreo y del encaste de Vistahermosa. Él fue el que impuso, mucho más que Belmonte, la selección de una res que permitiera el lucimiento de la muleta.
Cuando
muere, el 16 de mayo de 1920, con 25 años de edad, el toro de lidia ha
logrado un equilibrio entre bravura y nobleza, con fuerza y casta, evolucionando
más que en todo el siglo anterior. Los encastes actuales se configuraron
entonces, con la incorporación de las pequeñas y desconocidas
ganaderías salmantinas.
Por la época de la Dictadura de Primo de Rivera, en 1928, se incorpora el peto para el caballo, para paliar la mortandad de este, aunque más corto que el actual, levanta grandes protestas de los picadores.
Con la Guerra Civil de 1936, la cabaña brava es literalmente exterminada por las milicias de la zona republicana, y se generaliza el afeitado de los escasos novilletes que quedan. Esta situación llega hasta 1973.
Y no fue lo peor de la situación del toreo bajo el franquismo; este permitió todos los caprichos de los toreros y sus apoderados, y estableció como fijo ese toro facilón que tan bien conocemos hoy. No obstante, ese novillete mantenía aún la casta y el empuje intactos.
Con la llegada de El Cordobés el toro se descasta totalmente por sus exigencias. La afición y la crítica reaccionaron y este se retira millonario en 1971. El daño ya estaba hecho.
En 1969 se inicia la campaña por la recuperación del toro de lidia. La Guardia Civil asiste a los herraderos y levanta acta de los becerros herrados y la envía al Registro. En el brazuelo del choto se ha de marcar la última cifra del año en que nace para certificar su edad y evitar la lidia de novillos. Novillos que en 1973 serían ya cuatreños adultos.
Pero en ese año se comprobó que el problema no era el peso o la edad, sino la casta, pervertida en los últimos 30 años.
No
es que el toro actual no tenga bravura: la res acude al caballo y no recula
nunca ante el tremendo castigo que allí se le infringe, y a pesar de
ello y del sobrepeso le sobra bravura para que el torero se luzca en la faena
de muleta, pero es una bravura ciega, sumisa, simplemente noble. Antes rehuía
la pelea, era manso, pero tenía casta, respondía a las agresiones.
Y la afición ha tenido parte de culpa en esta situación, puesto que para que las figuras de hoy y de ayer pudieran realizar una bonita faena de muleta, era necesario un toro así. Han necesitado del toro que se cae de hoy, sin casta.
Por eso la lista de ganaderías malditas se ha ampliado tanto. Los toreros capaces de estar a la altura de un toro bravo y encastado a la vez son poquísimos.
Otro problema es el tamaño. A partir de los años 70 se empieza a exigir el toro grande, por reacción al novillete de la etapa anterior. Una desproporción sustituyó a otra, porque el trapío, la presencia, no es el peso, y en esto la crítica y la afición también han tenido su porción de culpa. Así que los ganaderos utilizaron no al semental más bravo sino al más grande.
Y ya tenemos a una mole que, debido a su dificultad de movimientos por el peso, se cae pero se deja torear con engaños por abajo, como se hace hoy. Un toro de un encaste único, de peso y con pitones de metro, porque los demás se han plegado a él o se han resignado a ser relegados a las corridas menores.
Este toro, criado a base de piensos engordantes y sin ejercicio alguno, es víctima de múltiples patologías producto de esa crianza.
Por último tenemos el tema del tercio de varas. El tercio de varas tiene, tenía, la función de ahormar al toro, y no de sangrarlo brutalmente, y así fue hasta los años 70, cuando el tamaño del toro hizo aumentar la protección del caballo y el tamaño de este.
Pues
bien, ni se cita correctamente, ni se le da al toro la salida de la suerte,
ni se le pica con el fin adecuado. El tercio de varas, destinado a medir la
bravura, probar su fuerza y ahormarla, llegando a los siguientes tercios despierto
y limpio, pierde así su función, porque el toro no aguanta ni
una de estas sangrías, por no hablar de tres. Por cierto que la mala
costumbre de sangrar al toro la comenzaron dos picadores mexicanos.
Así que entre picadores, toreros y también ganaderos y políticos, el negocio sigue siendo fructífero y se atonta a la afición con montajes como los del de Ubrique o los del primer Cordobés.
¿Cuál es la solución?. Sólo puede ser una: el control de la Fiesta y su “nacionalización”, lo cual es una verdadera revolución política que jamás se ha intentado y que con la presente situación sería aún más revolucionaria.
Ello implicaría: recuperar la casta, reformar la suerte de varas, rebajar el peso de las reses, eliminar el afeitado, protección del toro y persecución de quien atente contra la existencia de la Fiesta Nacional, desde dentro o desde fuera de ella, control gubernamental de todos los estamentos de la lidia, creación de un organismo que sirva para tratar de todos los aspectos de la Fiesta y dar entrada y organizar la voz de las peñas y la afición.
Todo esto son medidas mínimas, pero el auténtico problema de fondo es el desinterés al que nos han llevado a los españoles los dos cánceres de la Nación: las Autonomías y sus nacionalismos, y la desidia de los partidos políticos que han convertido la democracia en una partitocracia corrupta y venal, y eso ha afectado, también, al mundo de los toros.