Cuando hablamos de política hablamos en realidad de los problemas de fijar la identidad política y de atraer y representar en el campo político a sectores de la población, con el fin lógico de conseguir votos, es decir de formar o movilizar una base.
La política consiste en el establecimiento de relaciones de comunicación entre los diversos sectores de la clase política y parte de la población. Esa relación se establece a través de llamamientos, de apelaciones a la población.
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Hasta ahora el lenguaje privilegiado en el campo político era el de "derecha/izquierda", pero la decadencia de la izquierda, el derrumbe comunista y la reaparición de los integrismos religiosos y del nacionalismo ha demostrado el indudable impacto de la manipulación política en las diferencias culturales.
La cuestión es que ciertas identidades políticas logran una base cultural que transforman en social, más allá de los términos clásicos de derecha/izquierda, aunque estos no se abandonen todavía. Lo más grave es que tales identidades políticas logran implantar su discurso de modo dominante y determinan todo el campo político debido a la claudicación de los partidos ante su discurso y el abandono de ese campo a nivel nacional y cultural.
El
ciudadano insatisfecho con su entorno social, al que no percibe más que
de un modo fragmentario a través de su experiencia cotidiana, no se convierte
en sociólogo o economista porque no es esa su labor ni puede ejercerla,
sino que, con los escasos datos que recibe y asimila, elabora una actitud y
una postura de rechazo que clama por ser positivizada por un grupo o por una
posición política que le proporcione una identidad y una coherencia
en su vida, que le de esa explicación y ese sentido perdido.
La política es hoy cultura y la cultura es política; por lo tanto el grupo político no se define por una determinada posición ante las actividades económicas, ni siquiera por sus posiciones sociales de clase o grupo, sino por la activación política de los signos culturales.
Así la política queda definida no sólo como la representación de los intereses socio-económicos sino también como el reconocimiento de actores sociales. Los votantes no tienen esa identidad cultural de antemano, sino que son socio-culturalmente construidos por una fuerza política con la que se identifican.
El valor de los símbolos y sus significados, de los medios, de los modos de relación con la población, aumentan considerablemente, muy por encima de los planes políticos concretos.
El nacionalismo se caracteriza por inventar y tergiversar elementos culturales, inventan porque no son y quieren llegar a ser, definiéndose siempre por oposición al contrario, del que se alimentan y que es su referencia.
Ese campo cultural se lo han dejado libre a los nacionalistas. La cultura española, de raíz netamente popular, de raigambre histórica, con una base nacional única en Europa por su antigüedad, está siendo derruida por los intereses políticos y la dejación de la derecha y especialmente de la izquierda, más claramente aliada con los disgregadores nacionalistas. Un proceso que comenzó a principios del siglo XX y que no ha cesado.
Debemos enarbolar esos valores culturales populares, abanderarlos y utilizarlos de maza política. Esos valores no necesitamos inventarlos porque ya están aquí desde hace siglos, existen y viven en el seno del pueblo español. Nunca jamás existió un nacionalismo español (excepto el encarnado en la aberrante extrema-derecha, fascista) precisamente porque la nación española existe y la cultura en ella encarnada tiene varios milenios de antigüedad. No necesitamos inventar ni tergiversar como hace el enemigo nacionalista, ni necesitamos oponerle otro nacionalismo. Nosotros somos, ellos no.
Se trata de asumir la realidad de la política y abandonar de una vez
el de las utopías y las ilusiones egocéntricas inútiles,
las ideologías.
Tal y como la define la sociología, la sociedad no es una cosa sino un proceso, con fases sucesivas de estructuración y movilización. Lo que importa entonces es la capacidad para estructurar y movilizar de modo efectivo.
La eficacia de las ideas, creencias o conciencias no depende de su verdad o falsedad, sino de su capacidad para determinar el comportamiento de la población. La eficacia depende del poder, es decir de la capacidad para imponer como verdad social una determinada forma de definir la realidad.
Así que la identidad colectiva es una manera de definir una realidad colectiva que no depende de su veracidad sino que es definida por unos y creída por todos los que se adhieren a ella a través de mecanismos sociales concretos. Puede crearse e insertarse en la sociedad por grupos con intereses específicos (el nacionalismo y las ideologías en general, producto de élites intelectuales), o puede tener un desarrollo histórico.
El discurso descalificador de una identidad colectiva, aún hecho desde el racionalismo o la veracidad histórica, no será más que otro de los discursos luchando por dominar socialmente. Por lo tanto, el discurso “democrático” no es un dique ni un lenguaje eficaz contra el nacionalismo. No está a su altura y es permisivo con él.
Por ese camino, los actuales grupos que despiertan las iras de los nacionalistas en el norte y el noreste de España, aún reconociendo su valentía, no lograrán sino dejar constancia de su malestar y de la timidez de su discurso. No basta. Sólo un movimiento que les niegue, que niegue su veracidad y sus conceptos, que nos reafirme frente a ellos y rechace el montaje político autonómico y partitocrático que les arropa y del que ellos se aprovechan, podrá triunfar.
Eso somos nosotros, porque nosotros... ¡somos!.
Con nosotros. Ahora.