Existe otra Leyenda Negra antiespañola, aparte de la histórica contra nuestra nación y nuestro pueblo. Es la referida a nuestra supuesta incapacidad para engendrar tanto pensamiento como ciencia.
Evidentemente no nos referimos a una supuesta esencia tradicionalista en el seno del pensamiento español y en su historia. Pero si el campo del pensamiento puede ser universal, o estar enfocado hacia este, no es menos cierto que el marco en el que se desarrolla la ciencia o el pensamiento es otro más reducido y concreto.
Ese marco puede ser un país, una institución o una época. En el caso del pensamiento y ciencias españoles hacemos referencia a una realidad histórica denominada España y que consideramos que, a efectos históricos, tiene una antigüedad de 50.000 años y en cuanto a los límites cronológicos del pensamiento filosófico comienza su existencia como parte diferenciada del Imperio Romano, del que llegó a ser cabeza política y cultural con emperadores como Trajano y Adriano y hombres de letras como Séneca o Quintiliano.
Posteriormente
San Isidoro, Juan Hispano (“Liber de Causis”)
o Gundisalvo (“De Unitate et Uno”)
serán el primer pensamiento histórico europeo.
Los dos primeros autores que vieron impresas sus obras en vida, en latín y editadas en Roma, fueron españoles: Juan de Torquemada (“Meditaciones”, 1466) y Rodrigo Sánchez de Arévalo (“Speculum Vitae Humanae”, 1468, y la “Compendiosa Historia Hispaniae”, 1470).
Es una actitud muy extendida, y amplificada por la Leyenda Negra antiespañola antigua y moderna, la que niega la existencia de un pensamiento español con características propias y autónomas, tanto en la etapa medieval como en la moderna. Esta misma actitud define de manera sistemática cualquier manifestación cultural española como mera rama o copia de movimientos exteriores al marco nacional, sin dignarse siquiera a explicar el modo interno en que se gestaron tales movimientos en España.
Cuando reconocen la existencia de un pensamiento español (siglos XVII-XIX) lo hacen en base a clasificarlo desde las categorías del pensamiento “europeo”, dotado de privilegio previo. Como si no existiera un atomismo propio, incluso anterior al de Juan de Nájera, Abendaño o Diego Mateo Zapata, presente en, por ejemplo, Pedro Dolese, antes de que naciera Descartes.
Durante los siglos XVI-XVII domina el pensamiento escolástico, que es fundamental en la historia del pensamiento europeo. En los siglos XVII-XVIII será la lucha contra el nominalismo y el mecanicismo, el atomismo y el individualismo, en defensa del unitarismo ontológico y político.
Toda esta Leyenda Negra ha sido y es aún atizada por la izquierda intelectual, que insiste en sus tópicos y prejuicios sacados tanto del marxismo como del nacionalismo periférico (separatismo), y que consisten en caracterizar ciertos periodos y actitudes históricas como totalmente negativas en base a interpretaciones políticas de tipo lineal y monológico, historicistas y trasnochadas. Es la base del mito del “histórico atraso español”, hoy contestado tanto desde nuestra historiografía como desde reputados hispanistas.
Esta
interpretación enlaza con el europeismo ciego y mítico, no sólo
político sino también cultural: Lutero como vanguardia frente
a Trento, cuando el protestantismo fue profundamente reaccionario y genocida;
Descartes o Kant como el supremo nivel de pensamiento y no como la representación
de sociedades individualistas de tipo burgués e industrial (pero no como
ejemplo de esos avances científicos, ausentes en su pensamiento aún).
O la adoración a Erasmo, cuando su pensamiento, la crítica de
las supersticiones, e incluso la de las instituciones, era habitual en la cultura
española.
Nos encontramos que esta impugnación del
pensamiento y ciencia españoles autónomos parten de actitudes
maniqueas (tradición absoluta/progreso absoluto) en el
interior, y de posturas bastante chauvinistas (por ejemplo Heidegger) en el
exterior.
No puede negarse que Suárez o Calderón son tan influyentes en la Europa de entonces y posterior como el pensamiento europeo no-científico, lo que la reciente historiografía (singularmente la alemana) ha demostrado.
El primer argumento que utilizan es la ausencia del idioma español en los inicios del pensamiento nacional, del siglo VIII al XIII, y la utilización del latín.
Ciertamente, el hecho de ser España el puente a través del cual se recuperó la cultura clásica griega y romana tras el acoso de los bárbaros germánicos y los musulmanes, ya desde el siglo XI, no se debe sólo a su vecindad (conflictiva) con el mundo islámico y la asimilación por parte de ese mundo de la cultura clásica, sino también a la íntima relación del idioma latino con el español antiguo (tanto el ibero como el hispano), del que damos cuenta en otro artículo.
Será el nuevo idioma español, forjado en el siglo IX-XI, y no más tarde como pretende la miope teoría tradicional, el medio del primer pensamiento filosófico en la cristiandad europea, que será traducido al latín. En nuestro idioma es, de hecho, imposible no filosofar. Ningún otro posee tal caudal de vocabulario filosófico.
El español romance se convertirá en un verdadero idioma intercultural de transmisión del pensamiento, del que la Escuela de Toledo de Alfonso X el Sabio será centro privilegiado en el siglo XIII, en la que estudiosos judíos traducían del árabe al latín o al romance la filosofía griega. En ningún caso el uso del latín, verdadero idioma del Occidente cristiano medieval, supondrá un arrinconamiento del español romance (las Partidas de Alfonso X, el Lucidario de Sancho IV).
Una de las interpretaciones negativas de esta imbricación tanto del latín como del pensamiento escolástico en el pensamiento español, de que impidió el desarrollo de este en su propia lengua, queda así refutada. Del mismo modo que Bacon, Descartes o Leibniz escribieron muchas de sus principales obras en latín.
La otra argumentación principal contra la existencia del pensamiento español es la ceguera ante el pensamiento de otros países, especialmente con respecto al alemán; ya se ha demostrado la influencia fundamental del pensamiento español en él (Suárez, Arriaga, Oviedo, Vázquez, Vitoria…), especialmente en su idealismo.
Lessing, Schopenhauer, Schegel o Nietzsche beben de los autores de la literatura española, los cuales ejercieron una influencia reconocida en ellos.
La filosofía europea moderna no es más que la expresión ideológica del individualismo propio de las sociedades industriales, hoy definitivamente autodisuelta excepto en ciertos aspectos formales. Un pensamiento, por cierto, en absoluto a la altura de ese tipo de sociedad científica.
Se sigue sin entender que el análisis de un pensamiento nacional requiere hacerlo en base a su marco cultural. El pensamiento escolástico no fue sino un modo de defensa ante el avance del mecanicismo nominalista tanto en el plano filosófico como político (el Imperio). Calderón no fue inferior a Leibniz, Pascal o Hobbes.
Tal es el caso del “erasmismo” y el “cartesianismo” españoles. El primero sirve para englobar un bloque importante de pensadores del siglo XVI (Valdés, Guevara…), pero diversos y con orígenes intelectuales distintos. El cartesianismo es una etiqueta colocada por Ramón Ceñal para definir al movimiento filosófico del siglo XVII que con sus teorías ponían en solfa la teología cristiana en temas como la transubstanciación.
Filósofos estos últimos (Avendaño, Diego Mateo Zapata…) que se definieron más como continuadores de una tradición representada por los aristotélicos como Pedro Juan Nuñez o Pedro Simón Abril, luchadores contra las interpretaciones escolásticas y que influyeron en el mecanicismo y el corpuscularismo francés.
Aún es más absurdo hablar de pre-erasmistas o pre-cartesianos en pensadores que nada tuvieron que ver con esos dos filósofos ni con sus movimientos, y que vivieron antes que él (Martín de Osma o Nebrija en el caso erasmista, Francisco Sánchez y Gómez Pereira en el cartesiano).
El caso más palmario es el de la Ilustración. Lo que se ha interiorizado es la definición que los propios ilustrados ofrecieron de ella (Montesquieu o Kant), y esa visión prejuzga su importancia e incluso la posición secundaria de los propios ilustrados españoles (Feijoo, Jovellanos, Mayans…), ignorando la evolución gigantesca de la sociedad española del siglo XVIII.
El Espíritu de las Luces alemán, el Empirismo británico o el Racionalismo francés no son más que cánones autoimpuestos, arquetipos de “filosofías universales” con sus fetiches (Kant, Descartes...), que lo son más por la coyuntura histórica de los países en que surgieron que por ellos mismos.
La reacción contra movimientos externos no fue de ignorancia, pero tampoco de imitación, fue de crítica, y ahora podemos decir que justificada y fundamentada. ¿Siempre hemos de situarnos en las posiciones extremas de las “dos Españas”, la que margina sistemáticamente lo propio o lo niega, y la que se enrosca en su propio eje asfixiándolo y tomando sus prejuicios por el carácter de la sociedad o la nación? (y no olvidemos que buena parte del pensamiento reaccionario español moderno bebe directamente del francés –Maurras- y que el progresista -por ejemplo, el krausismo-, es un mero plagio de su maestro europeo).
Esta
característica permanente en el seno del pensamiento español nos
introduce en la que es quizás su eje: la interrogación permanente
sobre su definición, el tema de España, cómo si la importancia
de nuestra nación en el conjunto mundial o europeo fuera excepcional,
por sus orígenes y su Historia.
Es una pregunta filosófica, y no simplemente política o histórica. Cómo si esa pregunta contuviera una interrogación sobre el Hombre o su Origen. Y esto ha sido así también por circunstancias históricas: España cómo eje del Imperio Romano, cómo frontera del Occidente europeo, también del mundo cristiano, cómo eje de la unidad europea, cómo puente entre continentes, como origen de Europa…
La respuesta esté tal vez en que ambas posturas sólo han mostrado hasta hoy sus enormes fallos y bajezas, a pesar de autoalabarse hasta descalificar al adversario, del que son simétricos. Hasta hoy mismo.
Asimismo, el argumento de la inexistencia de un pensamiento empirista en el seno de la filosofía española sólo puede sostenerse desde la ignorancia o la mala fe más profundas.
Se puede
señalar la existencia en España de una corriente de carácter
nominalista desde el siglo XV. Y si bien el nominalismo no es un sistema totalmente
igual al empirismo, es requisito para su desarrollo posterior. Hoy se ha demostrado
que las tesis fundamentales del empirismo inglés de la época moderna
estaban contenidas en los sistemas nominalistas de finales de la Edad Media.
El nominalismo se introduce en España, con el precedente de Guillermo
Rubió en el siglo XIV, a fines del siglo XV con pensadores como Jerónimo
Pardo, Antonio y Luís Coronel, Agustín Pérez de Oliva,
Juan Celaya y Gaspar Lax.
Pero el empirismo en sí aparecerá en España cuando se desarrollan específicamente las ciencias positivas, basadas en la experiencia y el método experimental, hipervalorando todos estos elementos y creando así una corriente empirista y un cientificismo que desvirtúa el papel del pensamiento filosófico. En la Edad Media no se produjeron estas circunstancias absolutamente en ningún país europeo.
Con la aparición del Renacimiento se van a originar en el pensamiento español algunas muestras más de empirismo: Luís Vives, Juan Huarte de San Juan y Gómez Pereira.
El campo de la filosofía española actual está bien dotado: materialistas, formalistas, positivistas, hedonistas, analíticos, cientifistas, historicistas.... Todos ellos sumidos en las actuales luchas por el protagonismo político-cultural entre las supuestas derecha e izquierda, “tradicionalistas y progresistas”, y sus ramalazos en el ámbito de los grupos mediáticos, los planes pedagógicos o el campo político-ideológico abiertamente. Lo mismo que en la filosofía alemana, francesa o italiana actual.
En
cuanto a la ciencia, el tópico más repetido sobre el supuesto
“atraso” cultural, científico y económico español
es el papel en él de la Inquisición.
Si embargo, un siglo después del establecimiento del Tribunal, la cultura, arte, literatura y lengua españolas dominaban en Europa. Y en ciencias como matemáticas, metalurgia o botánica, ningún país europeo podía compararse con España.
La Inquisición, por otra parte, jamás prohibió las obras de científicos como Copérnico, Galileo, Kepler o Tycho Brahe. Se ocupaba exclusivamente de la pureza del dogma católico. Lo cual no significa, como pretenden algunos autores reaccionarios, que el florecimiento cultural del Siglo de Oro sea obra de la vigilancia inquisitorial. Tampoco tiene nada que ver.
La escasez en la práctica científica fue debida a la ocupación de las Universidades (siempre centros de dogmatismo, no importa de qué signo) por parte de la nobleza, que desarrollarán los cursos que satisfagan sus necesidades, y dejarán perecer a las consideradas poco prestigiosas (matemáticas, medicina, física...). Los enemigos de la ciencia y de los innovadores “liberales” no estaban en el poder estatal, sino en las Universidades.
Como hoy, y a pesar de las apariencias, los intelectuales siempre están por sus privilegios y contra el pueblo y el Estado.
Este proceso se dio desde mediados del siglo XVI a mediados del siglo XVII. A partir de ese momento la reacción de monarcas como Felipe IV y Felipe V, el primer Borbón, inició una etapa de reformas como respuesta a la pérdida del poder militar en Europa y contra la mediocridad e ineficacia en que habían caído instituciones como la propia Inquisición y sus dirigentes.
Aparte del tema de la Inquisición, los otros argumentos sobre la ausencia de un siglo de oro en la ciencia española son el subdesarrollo industrial, ampliamente refutado en otro de nuestros apartados, y la disociación entre sectores estratégicos de la ciencia y la técnica.
Sobre esto último debemos desarrollar una secuencia de las etapas de la ciencia en España para matizarlo.
Empezaremos por uno de los objetivos favoritos de la Leyenda Negra en este aspecto (y en otros), Felipe II.
Felipe II fue un rey educado y culto, gran conocedor de las matemáticas, coleccionista de libros. Durante su reinado se llevaron a cabo avances y proyectos científicos de largo alcance: la creación de una academia de cosmografía y matemáticas, la formación de colecciones naturalísticas, la construcción de la inmensa biblioteca de El Escorial, de los jardines como el de Aranjuez, o la fundación de la cátedra de medicamentos simples (homeopáticos, minerales...) y de laboratorios de destilación en Madrid, Aranjuez o El Escorial. Estos avances figuran entre los más importantes de la Europa de entonces.
La
necesidad de organizar y mantener el Imperio, de grandes proporciones, en el
siglo XVI, fue un acicate para el desarrollo de la ciencia y la técnica
españolas, a través de la movilización
de todos los recursos materiales y humanos: ingenieros, arquitectos, pilotos,
cartógrafos, médicos, naturistas, cosmógrafos... procedentes
de todos los territorios de la Monarquía.
El desarrollo inusitado de estas áreas científicas produjo innovaciones técnicas importantísimas en campos como la construcción y técnica navales, la ingeniería y arquitectura, la minería, la botánica y la medicina...
En 1570 fue el médico toledano Francisco Hernández el enviado a América en una expedición científica con fines de investigación botánica, cuyas voluminosas conclusiones (3.000 plantas, 100 animales, 2.000 ilustraciones en 16 volúmenes durante 7 años) fue publicada en 1615. La primera expedición científica europea que fue la guía de la investigación de numerosos científicos europeos por décadas.
Con la llegada de la nueva dinastía borbónica, con Felipe V, la modernización nacional se afronta con la formación de técnicos. Se fundan academias militares de guardiamarinas en Cádiz, de ingenieros en Barcelona y de artillería en Madrid, que serían la base de la navegación, construcción naval, militar y de infraestructuras, y geografía.
De Cádiz partirían numerosas expediciones, de las decenas que se enviaron en el siglo XVIII, comandadas por marinos como Malaspina, Mendoza, Ciscar, Mazarredo..., que remozaron las relaciones con América. El sXVIII fue rico en realizaciones técnicas y científicas esdpañolas relacionadas, o derivadas, de las numerosas expediciones en descubrimiento o exploración de diversas zonas oceánicas. Fue, en consecuencia el siglo de la Botánica, la Zoología, la Geología, la Mineralogía, la Medicina y la Química, con notables exponentes en todas las áreas (Juan José Delhuyar, descubridor del Wolframio, Andrés Manuel del Río descubridor del Vanadio, etc...), y también aunque parezca de menor importancia, que no lo es, de la divulgación y difusión tanto del pensamiento científico como de los propios conocimientos y desarrollos teóricos.
Del
Jardín Botánico de Madrid surgirían las importantes expediciones
de Ruiz y Pavón a Perú y Chile, en 1772-1788, de Celestino Mutis
a Nueva Granada, en 1783-1808, de Cuellar a Filipinas (1785-1798) o de Martín
Sessé y J.M. Mociño a Nueva España en 1787-1803.
Su labor de recopilación y transmisión de los conocimientos botánicos y zoológicos fue amplísima, y contribuyó a impulsar y organizar las iniciativas locales, además de, como portadores de instrucciones reales, reformar la administración, las instituciones, la sanidad, los medios políticos o la educación.
Ahora bien, esta relación estrecha entre las instituciones y planes del Estado y la ciencia, parece haber sido precisamente una limitación a la expansión de esta última y a su conclusión en el desarrollo técnico.
Quizás hoy esté solventándose este obstáculo. En el reciente manifiesto de científicos e investigadores del año 2004 se solicitaba mayor inversión estatal, y poco después se publicaba la noticia de que “una mínima inversión en ciencia colocaría a España entre la elite mundial”. Contradictorio, o quizá no tanto.
España dedica el 1 % del PIB a I+D, frente al 2,2 % de Francia o Alemania, pero es investigación de base y no de desarrollo, de 3º ciclo. Es pues, una cuestión de infraestructura y no de enfoque.
Pero seguro que los enemigos internos de siempre interpretarán sesgadamente las cifras y su posterior explicación. Hoy como ayer.
En cuanto
a la situación del pensamiento español actual es ambivalente.
Mientras que se dan acusaciones de seguidismo y adscripción al poder
a alguna de sus ideologías y estructuras políticas, también
se constata el protagonismo de esfuerzos individuales.
Esta situación de cercanía al poder o de cierta marginalidad de
su protección, ha generado un cosmopolitismo, que se combina con una
visión autónoma que indica de nuevo la especificidad de nuestra
tradición cultural, insoluble a la simple imitación de las corrientes
externas.
Es un buen momento, especialmente en las áreas de la estética,
la ética y la filosofía de la ciencia y el lenguaje, que inciden
de un modo claro en la realidad de la que surgen.
Sigue existiendo por lo tanto, un pensamiento español y en español.
Ambos siempre juntos. Porque si bien las afirmaciones de Ortega sobre la importancia
filosófica del idioma no pueden ser asumidas en su totalidad, debemos
recordar el consejo de Unamuno: pensar la lengua en que pensamos. Y que somos.
No hemos pretendido ser exhaustivos ni confrontar, en número o en calidad,
a la escuela nacional con las corrientes que conforman las de otros países
europeos.
Pero creemos haber demostrado que los sistemas sólo tienen un valor ideológico
relativo, como simples auxiliares del pensamiento, y no un valor estructural.
La filosofía española siempre se
ha caracterizado por interesarse más por la norma que por la idea, más
en la vivencia que en la abstracción.
No
hemos creído necesario remontarnos hasta la época clásica
romana citando la sobresaliente personalidad filosófica del españolísimo
Séneca, que incitó a "facere docet philosophia, non dicere",
y que si bien no es un metafísico, nos transmitió un caudal de
riqueza moral abundante, que ha sido guía de las posteriores corrientes
estoicas, llegando hasta Kant y Krause, que resucitaron su teoría de
la buena voluntad y del deber. Ni antes ni después de Séneca ha
existido un filósofo capaz de superarle como moralista.
Tampoco hemos necesitado profundizar en la obra de Mamerto Claudiano, Luciniano
de Cartagena, el Dumiense, de Tajón, San Isidoro o San Julián,
el más hondo pensador de la escuela de Toledo, de Juan Hispalense y Domingo
Gundisalvo. Ya se ha dicho que el influjo de las obras de este “domina
los numerosos tratados similares del siglo XIII”. Gundisalvo es el panteísta
más lógico y radical de esa época.
Y luego tenemos a Maimónides y Averroes. Desde los comienzos de la Edad
Media hasta bien entrado el Renacimiento, las doctrinas metafísicas y
psicológicas de los autores del "Fons vitae" y del "Comentator"
se encuentran en todos los sistemas vigentes, incluso los escolásticos.
Como filósofos prerenacentistas podemos citar a Raimundo Sabunde, Pedro
Ciruelo e Hispano, el Tostado, Alonso de Cartagena, Francisco Eximenis y Fernando
de Córdoba. Y si el Renacimiento supone la vuelta a las fuentes grecolatinas
de la cultura, tenemos helenistas y latinistas de la talla ciclópea de
Arias Montano, el Brocense, Nebrija, García Barbosa, el Comendador, y
Páez de Castro, verdadero padre de la filología moderna.
Y
nada sería igual en la historia del Humanismo sin Luís
Vives, el más enérgico y exhaustivo de ellos.
Se le ha definido como el mayor reformador de la filosofía
de su época, precursor de Bacon y Descartes y una de las inteligencias
más luminosas del siglo XVI.
Si nos hubiéramos dejado guiar por la comparación de pensadores
de la época no estaría por encima en cultura ni siquiera Italia
en los siglos XVI y XVII: Sepúlveda, Juan Núñez y Gouvea,
Fox Morcillo, Gélida y Huarte, Vergara, Victoria, Cardillo de Villalpando,
Soto, Cano, Martínez de Brea y, sobre todo, Suárez, de quien dijo
Grocio que era el más penetrante de los filósofos y teólogos.
Platónicos como Judas Abarbanel, Morcillo, Miguel Servet y Fray Luis
de León. Psicólogos como Vallés, Sabuco de Nantes, Gómez
Pereira y, claro está, Huarte, que es quien de verdad merece el puesto
que tiene adjudicado Bacon.
Eclécticos de la talla de Francisco Sánchez y Pedro de Valencia.
Místicos como Santa Teresa de Jesús o Fray Luís de León
son pensadores de rango por medio de la ontología trascendente, precursora,
no lo olvidemos, de la introspección de la conciencia y la observación
psicológica.
Y
si el neoclasicismo español no se basó en el francés sino
en los propios autores españoles del XVI, el pensamiento de Baltasar
Gracián conecta las corrientes filosóficas de la época,
transformándose en el clásico europeo por excelencia. El
conceptismo de la España barroca, nunca bien ponderado, es un compendio
de saber utilizando las palabras justas.
El siglo XVIII, aún menor desde el punto de vista especulativo, da nombres
como los de Martín Martínez, Caramuel, Eximeno, Piquer, Pérez
y López, Juan Pablo Forner y Hervás y Panduro, el más destacado
de la filología de la época.
Hasta el siglo XIX, menos rico en ellos que el anterior, tiene a Mata y al marqués
de Seoane, a Mestres, Comellas, y Codina y Vilá, y, por supuesto, a Donoso
Cortés y a Balmes.
La tendencia política que pudieran tener algunos de estos pensadores
no desmerece su obra, como se ha reconocido en el caso de Donoso, Balmes, Forner
o Hervás. Hay una tendencia “progresista”
muy extendida que descalifica todo pensamiento no surgido del cuerpo central
de la evolución filosófica europea, y por lo tanto de la Ilustración,
y que abona el campo para esas “dos Españas”, tan iguales
en su cerrazón e intolerancia.
Es
cierto que el pensamiento reaccionario español bebe directamente de las
fuentes del reaccionarismo francés, principalmente de Barruel, y que
su vuelo intelectual es bien corto (Alvarado, Velez...), digan lo que digan
autores como Menéndez Pelayo o Suárez Verdaguer.
Pero no lo es menos que el pensamiento progresista,
es decir el liberal de entonces, hizo gala de un doctrinarismo que le impidió
ver el perjuicio que causaba al pueblo (eliminación de los derechos del
común en aras de la teórica perfección del mercado y los
“derechos humanos” generales) y a la nación (abandono de
los territorios americanos al rapaz imperialismo británico y a las explotadoras
élites criollas).
Ello posibilitó a
la reacción apropiarse de la cultura española y ponerle ilegítimamente
su marchamo político y religioso, como haría el franquismo después,
y los progresistas colaboraron al negar en bloque todo el pasado nacional. Esta
situación duró hasta la misma Guerra Civil Española y se
extiende aún hoy, atizada por una izquierda cultural y política
sin ideas que mira hacia el pasado y una derecha no menos desorientada.
En resumen, España se anticipó en tantas cosas a muchos países
europeos en cuanto a su producción intelectual y por supuesto, filosófica.
Para finalizar, unas palabras de Renán: “España
es, en el fondo, una nación tan filosófica como cualquier otra”.