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Por la insurrección nacional

Como ya hemos dicho éste régimen político ha posibilitado que los distintos gobiernos se hayan comportado de un modo auténticamente subversivo respecto al propio Estado que "regentan", tolerando el incumplimiento de las leyes (particularmente la deforme Constitución) e incumpliéndolas ellos mismos; en consecuencia aún dentro de cierta "legalidad" (y casi que ni eso) carece de "legitimidad".

La democracia, degenerada en partitocracia, ha sido un fracaso descomunal: en lo político (se ha creado una verdadera "casta" de politicastros parásitos que habitan un limbo alejado de la población donde todo les está permitido, y en su vileza, también han arrastrado y pervertido a jueces, fiscales, tribunales etc.), en lo social (la degradación borreguil de la sociedad, el hedonismo a ultranza, la depravación y la corrupción de la juventud con un sistema de enseñanza ponzoñoso) y en lo económico (el saqueo y chantaje por los nacionalistas y la corrupción extrema, han profundizado enormemente la crisis económica en España).

No hace falta mucho para darse cuenta de que la situación ya es irreversible, que no hay nada que reformar ni regenerar; en la amalgama del poder no hay verdadera oposición (sí hay batalla interna, y muy dura, por hacerse con las sillas y las prebendas que conllevan) y la población, irresponsable, embrutecida e insensibilizada,  se encandila con los productos basura del ocio y la evasión y se reconforta jugando cada cuatro años con las etiquetas (vacías) de la "derecha" y la "izquierda", esos rollitos buenistas  o izquierdosos que están lastrando todo, o por lo menos "todo" lo que aún podría levantar la cabeza y actuar con responsabilidad.

El único camino que nos queda es romper con todo esto. Una simple frase, pero  que convertirla en una realidad no es tarea fácil (tampoco imposible) ni rápida, al contrario, se requiere un elevado grado de maduración del movimiento de resistencia que desemboque naturalmente en una insurrección nacional.

La extensión y consolidación de la "resistencia" como movimiento, es decir como actitud y acción consciente, sistemática y constante, es la condición previa e ineludible al posible alumbramiento de una organización capaz de derrocar a éste régimen ilegítimo y traidor a la Nación Española.

Las formas que pudiera tomar no son ni predecibles ni planificables. Se han conocido diversas trayectorias de los movimientos insurreccionales y diversas combinaciones entre ellas sin conclusión alguna; los obstáculos y  las oportunidades que aparezcan en el camino irán trazando la ruta. El único criterio a seguir es hacer, en cada momento, lo estrictamente necesario en pos del resultado, guiados siempre por los principios básicos en que se basan la refundación del Estado y la defensa de la Nación.

 

El derecho a la insurrección.

En la cultura y el pensamiento político europeos, el derecho a la desobediencia al gobernante, y a la rebelión, está bien establecido desde antiguo.

En los escritos políticos se reafirman y afianzan las ya antiguas ideas de "consentimiento" y de "pacto"o "contrato social" (imágenes ficticias pero que se sustentan en el "acuerdo aceptado por una mayoría") como fundamento de la "legitimidad" de quien ejerza el gobierno. Y como corolario expreso, se impone que el gobernante "no puede arruinar ni atentar contra el propio país, ni destruir el estado o la unidad de la sociedad previa".

Es con respecto a la violación de estos principios, y a las situaciones de abuso y prevaricación, que permanentemente se ha afirmado el "derecho" a la desobediencia, a la resistencia, a deponer al gobernante, al tiranicidio, al regicidio y a la rebelión.

El largo proceso evolutivo de la teoría, y la práctica política, que culmina con la "democracia" y el sistema representativo, por el que el pueblo (reasumiendo el poder que de él emana) puede modificar el gobierno cuando este actúa de modo contrario a la "confianza en él depositada", parece hacer innecesarios esos procedimientos, pero sólo lo parece, no es así la realidad, porque la "democracia" no se ha revelado como un bálsamo milagroso,  y ya no se discute el derecho ni la necesidad de recurrir a ellos.

Hoy, en nuestro caso, concurren todas las condiciones que justifican la insurrección nacional: deslealtad a la Nación y desprotección del Pueblo (corrupción, separatismo, mala gestión, inmigración salvaje, degradación moral, disolución social, potenciación de la delincuencia, destrucción de la educación...).

El actual régimen además de profundamente corrupto y degenerado en partitocracia (con la farsa democrática como coartada legal) alberga, y reafirma, la aberración autonómica y el cáncer separatista que nos expolia, arruina, y oprime (reprimiendo incluso nuestro idioma y cultura), y ello con el colaboracionismo de todos los partidos en la tarea de disgregar y destruir la Nación española.

Ya no queda otra alternativa. No se puede seguir con la acción política normalizada dentro de este régimen.

La insurrección nacional, imprescindible, es independiente de cualquier ideología; no se trata de una revolución ideológica para cambiar o transformar las estructuras sociales. Ni tampoco es la subversión por la subversión, más bien lo contrario: es necesaria para atajar la subversión con que la casta política, insidiosamente en unos casos y abiertamente en otros, está destruyendo la Nación española, el Estado, y arruinando a España. No es una insurrección antisistema porque no pretende la quiebra de las instituciones del Estado.

 

La insurrección nacional está dirigida exclusivamente a defender la pervivencia y unidad de la Nación española, refundar el Estado al servicio del pueblo español, y a dotarlos de una nueva Constitución democrática que lo garantize.

 

La insurrección

La insurrección es una dinámica política, y una forma de acción colectiva, que tiende a socavar y deslegitimar a un régimen con la finalidad de provocar su derrumbe, derrocarlo y abrir la posibilidad de su sustitución cuando, como es el caso, el sistema "legal" vigente no es reformable ni regenerable.

Poner en pie una acción popular significativa exige superar las dificultades de comunicación, y de organización, de numerosos individuos o grupos dispersos de ámbito local (con frecuencia débilmente organizados), y romper la tendencia, muy arraigada, a la aceptación, al consentimiento, y al sometimiento a "minorías exclusivas" organizadas institucionalmente, que conformando la "clase política", en apariencia ostentan un poder real.

Esa actitud es el camino a la desobediencia cívica, a la no colaboración con los "poderes" públicos, a la oposición activa, que desemboca en la resistencia, proceso básico en el que se ha de crear y extender, en todos los sectores de la sociedad, el ámbito de las nuevas referencias, es decir el discurso que legitima la movilización para promover la democracia y que desvele inequívocamente la ilegitimidad del sedicioso, degenerado, y corrupto estado partitocrático y constitucional actual.

La maduración, interiorización, y extensión de nuestro discurso, y la consiguiente ruptura del discurso hegemónico presente, como etapa de "aprendizaje y forja de la acción colectiva", es esencial, y es el resultado de una intensa labor de propaganda, de persuasión, y de organización que simultáneamente teja una red de relaciones, en principio descentralizada (partiendo de núcleos mínimos que actúan con total autonomía -"resistencia sin líderes"- pero que se coordinan con otros para acciones de mayor amplitud), y que progresivamente busque la cohesión desde la base apoyándose con total lealtad, sin la mínima doblez u ocultación de intenciones, en los objetivos anteriormente citados.

La insurrección es la meta de la "resistencia" en un proceso contínuo en el que se solapan las actividades de organización, propaganda, información y acoso, a través del cual un régimen se deslegitima, se desvela su corrupción, se conciencia a la población y se le derriba; para ello requerirá de toda clase de métodos de acción directa, desde las formas de organización, a las estrategias y a las tácticas.

La meta de la insurrección no es, obviamente, la participación en la política institucional (que otros ya hacen con un perfil más bajo) ya que sus objetivos, innegociables, no tienen cabida en el ámbito de la oligarquía política establecida, sino crear, hacer emerger una situación alternativa que excluya a dicha oligarquía, alternativa para la que no tenga respuesta y se vea obligada a replegarse sobre sí misma, a cerrar filas sobre el sistema que ella misma se ha creado (... y eventualmente recurrir a la represión que aún la deslegitimaría más).

El proceso insurreccional en sí siempre será tortuoso y hasta cierto punto imprevisible, por la magnitud del obstáculo a que se enfrenta y por sus propias limitaciones inherentes.

Ante sí tiene: el muro del discurso dominante, la "legalidad" (subvertida) que le ampara y le confiere un aura de "autoridad", la sumisión acrítica de gran parte de la población a lo que "ya está dado", el poder económico que detenta (mediante el que se asegura un cierto consenso social a base de sobornos, chanchullos y subvenciones), y la comodidad exenta de riesgos (y fatigas) que supone la resignación complacida y el oportunismo.

Pero tanta solidez es engañosa, los regímenes, los sistemas, se desploman con asombrosa facilidad cuando se dan las circunstancias apropiadas (crisis económicas, sociales, guerras...), en general víctimas de sus propias contradicciones, ineficiencias, y corrupciones, y de ello hay abundantes ejemplos. No quiere decir que basta con esperar a que los acontecimientos vayan por sí solos, sinó precisamente lo contrario, el movimiento de insurrección tiene que estar preparado mediante un largo y duro trabajo de concienciación, de organización y de cohesión, para asestar el golpe certero en el momento oportuno.

Las limitaciones de la insurrección son correlativas a los puntos fuertes en que se sustenta la oligarquía política, pero hay algunas, significativas, que exigen una preocupación especial: la ausencia de valores morales que esteriliza la capacidad del individuo para emprender una actuación abnegada, la falta de constancia ante un proceso largo sin resultados inmediatos, y la frecuente contaminación con la violencia (publicitada como "lucha armada") por obra de minorías extremistas obedientes a intereses y finalidades ajenas a las postuladas, con resultados desastrosos.

La insurrección no es necesariamente violenta y es importante no confundirla con la "lucha armada". La lucha armada trata en realidad de la conocida "espiral de violencia" en que siempre gana la represión; siempre y cuando sea igual de brutal que la del adversario. Por otra parte la realidad es que ningún acto terrorista ha movilizado a “las masas”, ni ha motivado la participación "popular".

La lucha armada degenera siempre en la guerra convencional de desgaste que conduce a la derrota, o al enquistamiento en el mero terrorismo. Aún así, en el mejor de los casos, los actos terroristas podrían socavar a un régimen y servir de detonante de una situación en la que el trabajo político de los grupos urbanos y el aislamiento político del régimen, su corrupción y desmoralización, son condición necesaria y no siempre se da (nota 2).

Una vez iniciada la fase insurreccional, cuando el régimen es percibido como ilegítimo entre amplias capas de la población,  cuando la sociedad empieza a descoyuntarse desentendiéndose de su antiguo consentimiento y el régimen empieza a mostrar señales de debilidad, son válidas todo tipo de actividades, tanto “legales” como " ilegales".

Toda forma de acción, sea cual sea su naturaleza, es esencialmente propagandística, y por ello debe entenderse como un medio y no como un fin, porque  el fin es siempre político. Se trata no solo de destacar y visualizar la voluntad de luchar de una población y el antagonismo real, sinó de generar acontecimientos y de influir a través de ellos, de hacer propaganda, de ser y estar (nota 3).

La insurrección se nutre básicamente de los errores del enemigo, de la deslegitimación de su régimen, y en nuestro caso de su descarada política represiva de lo nacional español. En España, hoy, concurren todos los factores: régimen corrupto, castas políticas enquistadas, colaboración con la subversión separatista y su terrorismo, infiltración en el seno del régimen de éstos, democracia falseada, crisis, derrumbe social y moral agitado por un régimen antinacional, saqueo de las instituciones y caos económico agigantado por la inútil aberración autonómica …

 

La insurrección nacional

Como tal, la "insurrección nacional" no puede tener, ni tiene, deudas con el pasado, ni con nadie, y se sitúa fuera del ámbito, y al margen, de las "ideologías" y creencias, porque sus objetivos son la defensa de la unidad nacional y la democracia como forma de convivencia.

Por lo tanto se dirige a todo el pueblo, no a facciones o sectores sociales, y surje del cansancio, del asco, del agobio, contra todos los separatismos, contra el régimen autonómico corrupto que los ampara y sus manipuladores caciques políticos que nos oprimen y roban. Ese es el enemigo. Nada más. Sobran tanto las egolatrías, colectivas o individuales, como las retóricas ideologícas que distraen, divergen y restan; sobra la palabrería.

Se trata, en definitiva de pensar en España, sin complejos. Tenemos que acabar definitivamente con ese afán destructivo del autodesprecio implantado por los siervos intelectuales y sus amos separatistas, esa leyenda negra que genera entre nosotros cohortes de renegados y pusilánimes y que hace que nos gobiernen los peores.

Esta insurrección no pretende el derrocamiento de un "gobierno" o un "partido" en particular, sinó el de toda la oligarquía política, la partitocracia, que, como hemos dicho, domina el poder "legalmente" bajo una máscara democrática en el seno de un Estado que aún denominándose "de  Derecho" no es tal cuando las leyes (ni la misma "Constitución") y las decisiones de los tribunales no se acatan y cumplen, y cuando esa misma judicatura está, descaradamente, al servicio del poder político de turno, central o local. Y estando el poder fragmentado entre los feudos autonómicos, algunos dominados por nacionalistas, es contra todos ellos, independientemente de la facción que los ocupe y de los grupos de presión que los parasite, que debe arremeter el movimiento insurreccional.

Es imprescindible no dejarse confundir con las falsas rebeliones, ni con las falsas llamadas a la "democracia real" (como las del "15M") cuando verdaderamente no son más que orquestaciones subrepticias, pese a las apariencias, de una facción del sistema: la autodenominada "izquierda". Se trata de elementos aparentemente "antisistema" que se amparan y reciben apoyo, y estímulo, del propio sistema.

Igualmente se ha de distanciar del magma de grupúsculos de "aparente" oposición al nacionalismo, pero que realmente no se han atrevido a serlo, infiltrados de criptonacionalistas y colaboracionistas, de tibios, de escisiones, de miedo y complejos, de politiqueos de salón. Todo eso hay que apartarlo, denunciarlo, son palos en las ruedas.

Contrariamente la organización para la insurrección debe, ineludiblemente, dar una imagen (y un contenido real) de firmeza, seriedad y lealtad. Debe ser siempre una fuerza que ataca porque tiene razón y legitimidad. Y, una vez más, sólo un movimiento alejado de ideologías (del comunismo al fascismo, del liberalismo al socialismo), puede engendrar un proceso de renovación nacional democrático, contra la actual casta de partidos, contra la corrupción, contra la dictadura de los nacionalismos, fines que han de ser perseguidos firme y obsesivamente sin desviaciones, utilizando todos los medios y fuerzas a su alcance.

 

Ganar la decisiva batalla de la propaganda (esto es: implantar nuestro discurso frente al discurso dominante) requiere utilizar correctamente sus principios:

- definir a un enemigo único por reunión de todos los adversarios en una sola categoría, para orientar todas las luchas de la vida social, económica y política, enfocándolas hacia la culpabilidad demostrada de los nacionalistas y los partidos caciquiles que con ellos colaboran en la desmembración y ruina de España.

- la denuncia sistemática de grupos minoritarios que no representan a nadie, que expanden su basura pseudo-ideológica mientras hacen sustanciosos negocios (grupos de presión ecologistas, el loby gay, sindicatos chupópteros, etc.), legitimando al poder de esta casta política, y también de los tibios, porque no hay amigos si no empujan la causa hacia adelante.

- interpretar todo acontecimiento en base a ese adversario, aunar las luchas.

- la difusión a nivel popular de estímulos movilizadores que inciten a la solidaridad nacional .

- la repetición constante de consignas; deben estar siempre en la calle, formar parte de la vida cotidiana de la gente.

 

Por otra parte los objetos de la acción insurreccional, encaminada a la creación de un contrapoder, se centran en los diversos centros de poder y su estructura:

El Estado de las Autonomías y sus instituciones.

La dictadura del nacionalismo y sus métodos ("limpiezas", falsificaciones culturales, exclusiones etc.) con el ataque y sabotaje directo a sus símbolos y a sus imposiciones lingüísticas extendiendo su rechazo social y económico, así como a todos los grupos colaboracionistas (culturales, económicos, comerciales, deportivos, comunicativos, corporativos, asociativos...).

La oligarquía de partidos y sus falsedades ideologicas de aluvión, desde la falsa solidaridad (supuestamente) "izquierdista" al “tradicionalismo y/o conservadurismo” derechista y a los grupos de presión que viven del sistema e instauran la ideología asfixiante de lo “políticamente correcto” a la vez que son colaboradores del nacionalismo disolvente.

 

Crear un estado de opinión y unos márgenes políticos propios es la meta primordial hoy. No tiene sentido crear una organización que sólo pueda funcionar en condiciones ideales futuras.

Todo cambio brusco (no necesariamente violento) de régimen implica la desaparición de los componentes del anterior juego político (los partidos nacionalistas, la oligarquía política y sus sectas llamadas partidos con todos sus elementos, los actuales sindicatos parásitos...), pero no se debe ignorar que el movimiento es heterogéneo, y no todos perseguirán el mismo fin último, por eso el gran peligro para la insurrección es que tras la caída del régimen los cambalaches políticos entre las élites locales y partidos diluyan las metas.

Si es evidente que el régimen sólo puede morir por sus contradicciones, luchas internas e inestabilidad profunda, en la crisis que sobrevenga, sea cual sea y de la intensidad que sea, diversas fuerzas se moverán y la organización de lucha, el núcleo de activistas debe de estar ya ahí, activo y con un discurso listo, propagado y popularizado, que ofrezca la alternativa, el orden y la legitimidad más razonable a las fuerzas y grupos que deseen sobrevivir. Las fuerzas insurgentes deben estar organizadas y preparadas para la toma provisional del poder y deben haber socavado ese poder.

No se trata de una aventura porque afirmamos la continuidad histórica de España con proyección desde el pasado al futuro frente a quienes pretenden su desaparición, un proyecto que se sustenta en la lucha constante por la unidad, la libertad y el progreso del Pueblo y la Nación a lo largo de la Historia con diversas fases y formas.

¡Y no somos nacionalistas!; el nacionalismo es la ideología (de origen germánico y muy reciente) de los que no son, de los que inventan naciones y las imponen mediante procesos de ingeniería social, totalitarismo, represión, limpieza étnico-lingüística y cultural e invenciones históricas. Nada de todo eso necesitamos ahora, ni hemos necesitado nunca, los españoles; nuestra realidad histórica es más que milenariamente anterior a la aparición de esa doctrina.

Es perentoria la necesidad de formar un Frente de Salvación Nacional que aúne a todos los que se oponen a la actual situación de degradación nacional y política para hacer frente a los inminentes retos de la sociedad; no es el momento de discusiones ni de preocupaciones sectoriales, por muy importantes y legítimas que sean socialmente, porque son la consecuencia directa de éste sistema, más allá de las coyunturas económicas internacionales que no han hecho más que adelantar en el tiempo la crisis económica a que nos conduce, de un modo u otro, el aberrante estado autonómico y la corrupción inherente.

Siendo el momento de la unidad para la Insurrección Patriótica el militante debe renunciar a cualquier tipo de protagonismo y lucimiento personales y poner sus capacidades al servicio de la causa. El ingenio, la constancia, el esfuerzo y el ánimo son indispensables en una labor muchas veces solitaria y desesperante.

Trabajamos para el futuro de España.

 

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Nota 1

La evolución de las formas de gobierno impulsadas por una multitud de circunstancias fue a la par con las teorías políticas que desde diversos ámbitos se iban formulando. Progresivamente se dilucidaron y estabilizaron los conceptos relativos a: las leyes , los derechos , las jerarquías, las fuentes y fundamentos de la autoridad (la negación de su origen divino y la afirmación de su caracter secular: inherente al pueblo), la legitimidad, la legalidad, la limitación del poder, la separación de iglesia y estado, la separación de poderes en el estado etc., y, en especial, el alcance y condiciones de la "obligación y el deber" de los indivíduos ante el gobernante.

Encontramos ya en Sto. Tomás que la resistencia  a la tiranía, y su deposición, eran incluso un "deber"; también numerosos otros textos expresaron éstos mismos criterios: "Vindicia contra tyrannos" -1579, de autor no bien establecido- que se convirtió, en su tiempo, en una obra fundamental de la literatura revolucionaria, "De jure regni apud scotos" -George Buchanan, 1579 quien también justifica el tiranicidio- el "Pacto del Myflower" -1620-, "De rege et regis institutione" -1599, Juan de Mariana: la doctrina de derecho natural, que establece como causas lícitas para la rebelión, cuando ya no hay esperanza, además de la larga situación  de opresión, abusos, prevaricación, etc. la "destrucción del estado", o su ruina, por causa del gobernante-, análogas opiniones se dan en  Francisco Suárez, Hobbes, Locke, etc., hasta nuestros días: "Teoría de la revolución: Sistema e historia" -Felipe González Vicén, 1932-.

 

Nota 2

Ejemplos típicos de esta situación son los de Cuba o El Salvador. En cuanto a la "guerrilla" en los medios urbanos de países desarrollados se ha compuesto de los desengañados de la clase media ante la frustración de sus perspectivas socio-económicas, es decir, básicamente, estudiantes; no tuvieron “base obrera” y fueron minoritarios (las poderosas guerrillas argentinas tuvieron unos 6.000 efectivos y los famosos Tupamaros uruguayos no pasaron de 3.000).

La aparición del fenómeno violento bajo la forma de "lucha armada", tiene como efecto la marginación de la movilización social y su manipulación al servicio de las minorías organizadas que la dirgen. Es una estrategia errónea, y desacreditada, que hay que evitar.

 

Nota 3

El modelo aparentemente más adecuado a seguir es el del Irgún israelí de los años 1945-55. Una organización que no pretendía vencer militarmente sinó influir, ser actor político a tener en cuenta (como lo es el IRA), más que un partido parlamentario subversivo (como lo fue el nazi) o un ejército rebelde (tipo FLN). Ni el Irgún, ni el FLN argelino, ni el IRA, ni el Vietcong ganaron guerras ni batallas, pero plantearon un desafío permanente.